Capítulo 11 — La Auditoría #2
Ibáñez bajó la pluma. Anotó dos líneas. La pluma se detuvo sobre la página un segundo de más —el segundo en que una persona decide si escribe la tercera línea o no— y después anotó la tercera. Cerró la libreta sin releer lo que había puesto. Dejó la pluma encima del cuero, alineada con el borde.
Antes de que Ibáñez pudiera hablar, la pantalla de pared se iluminó: «Cierre en cinco.
Documento 7.2.1. Observación archivada».
El remitente era el Cnel. P. Mwamba, Inteligencia Técnica.
Mwamba escuchaba desde otra parte del nivel nueve.
Quiroga buscó a Ibáñez con los ojos. Ibáñez pulsó una tecla y la notificación quedó en recibido .
Nova memorizó el número. Otro para la lista.
—Bien, Reyes. —Ibáñez se puso de pie. Quiroga se puso de pie un instante después—. La sesión queda cerrada. Quiroga archivará el reporte como auditoría sin observaciones. Si surgen elementos adicionales, será convocada de nuevo. Por hoy, puede retirarse.
—Gracias, Capitana.
—Reyes.
Nova, ya levantada, se detuvo.
—Sí, Capitana.
—Cuando se reporta una falla intermitente de hardware, lo recomendable es solicitar revisión doble por dos técnicos independientes. Para que conste. Para que la próxima vez no haya que revisar telemetría a las seis de la mañana. ¿Comprendido?
—Comprendido, Capitana.
—Buen día.
—Buen día.
Nova salió de la sala y caminó por el pasillo hasta el ascensor, sin correr, sin acelerar el paso. Llamó al ascensor y esperó; cuando llegó, entró, pulsó cubierta dos y la puerta se cerró.
Adentro del ascensor, donde nadie la veía, Nova bajó las dos manos a los costados. Temblaban. No habían temblado ni un segundo en la sala C-12. Las miró temblar como se mira algo ajeno, hasta que la puerta empezó a frenar.
El ascensor llegó a cubierta dos y la puerta se abrió.
Nova caminó por el pasillo hasta su camarote, entró y cerró la puerta.
Se hundió en el borde de la litera, sacó del bolsillo del pecho las dos chapas, la de su padre y la de Kai, y las puso en la palma izquierda.
La semilla no estaba ahí: la tenía Maren, detrás del filtro de humedad, desde la noche anterior. Dos cosas. Las cerró en el puño.
Después fue a buscar a Maren.
* * *
Maren la estaba esperando.
No la estaba esperando físicamente —estaba inclinada sobre el banco, con un destornillador en la mano y un módulo de regulación de presión abierto delante—, pero la estaba esperando con la parte del cerebro que llevaba esperándola desde las 04:17.
Cuando Nova entró, Maren no levantó la cabeza. Siguió destornillando.
—¿Entera?
—Entera —dijo Nova—. La auditoría no fue concluyente.
—No iba a ser concluyente. Si fuera concluyente, no se llamaría auditoría rutinaria, se llamaría sumario. Y a esta hora yo ya estaría redactando tu obituario en lugar de cambiar un puto módulo de presión, así que felicitaciones por seguir respirando.
Maren apretó dos veces el destornillador. El tornillo cedió. Lo guardó en la bandejita magnética del lado derecho del banco sin mirar a Nova, lo cual era, en lengua Maren, una forma de sonreír.
—¿Quién la llevó?
—Ibáñez. Y A. Quiroga, de inteligencia.
Maren se enderezó. Levantó la mirada del lector y la posó en Nova.
—¿Quiroga?
—La misma de la transcripción del núcleo de kryx. ¿Sigues teniendo línea con ella?
—Tengo. Me debe un favor desde hace tres años que nunca he cobrado.
No es elección casual. Si Ibáñez la puso a tomar las métricas, es porque Ibáñez prefería a alguien que pudiera mirar para otro lado en el momento exacto.
—Maren se quedó pensando dos segundos. Después sacudió la cabeza un poco—.
Bien. Eso es bueno. Que no sea una servil de Soria es bueno.
—¿Alguien más con el que puedas contar?
Maren cerró los ojos un segundo.
—Tanaka. El comandante médico que te firmó la evaluación después de Prometeo.
Me manda copias ciegas de cada acta que firma bajo protesta.
No lo dice. No me las envía con firma. Me llegan como adjuntos fantasma al final de los informes de ingeniería, como si fueran diagnósticos de mi motor dos.
Llevo dos semanas recibiéndolas. Tanaka está, Reyes. No está con ellos.
—¿Y Ibáñez?
Maren cerró el módulo. Lo dejó sobre el banco.
Se limpió las manos con un trapo que tenía manchas de aceite acumuladas durante años.
Se sentaron las dos en el suelo de ingeniería, contra la pared, en el lugar donde se habían sentado tantas veces que la pared, en ese punto exacto, había desarrollado una mancha tenue del color del uniforme de Nova.
—Ibáñez —dijo Maren— es la única oficial decente que queda en esta nave por encima de mí.
Es buena. No es heroína, pero es buena. Si te citó, fue porque alguien la obligó a citarte.
Si no insistió, fue porque tampoco quiso encontrar lo que iba a encontrar.
Eso, traducido al idioma operativo, significa una cosa.
—¿Qué?
—Que tenemos cuarenta y ocho horas, calculo. Quizá menos.
Nova no respondió de inmediato. Cruzó los brazos sobre las rodillas y se apoyó contra la pared. La mano derecha tocó sin querer el bolsillo del pecho.
—¿Cuarenta y ocho horas para qué?
—Para sacarle a esa semilla todo lo que se le pueda sacar. Antes de que nos caiga otra auditoría. Antes de que a alguien se le ocurra que las semillas también son auditables.
Nova inclinó la cabeza, conforme.
* * *
Trabajaron durante tres horas.
El módulo siete tenía un terminal aislado, fuera de la red de la flota desde hacía siete años con la excusa documental de que era para análisis de muestras térmicas.
Maren lo encendió —cuarenta segundos en arrancar, discos de placa magnética antigua, una tecnología de la abuela—.
Lo que entraba en ese terminal no salía: era anterior a las contramedidas que M.O.I.R.A.
operaba en cada terminal moderno de la Hécate, de una generación que esas defensas ni siquiera sabían leer.
Por eso Maren podía clonar el cristal sin disparar una sola alarma.
Maren conectó la semilla.
La semilla era pequeña, del tamaño del primer hueso del pulgar de Nova, oscura, de un color que cambiaba según cómo le diera la luz.
A veces parecía hierro envejecido. A veces, en un ángulo distinto, dejaba ver hilos cristalinos del grosor de un cabello.
Cuando uno la sostenía un rato en la palma, la semilla se templaba, no como se calienta el metal por contacto, sino como se calienta un huevo recién puesto, con esa tibieza casi orgánica venida de adentro.
Maren la apoyó sobre el lector. El lector hizo dos clics.
Tres pitidos. Una pantalla menuda empezó a llenarse de caracteres.
Caracteres que no eran del alfabeto humano.
Caracteres que tampoco eran del registro Zynari escrito que Maren conocía por los fragmentos que kaelvorn les había enviado durante las dos primeras semanas.
Era otra cosa. Era una capa interna, un protocolo de bajo nivel, sobre el cual los datos Zynari se habían depositado.
—No se monta sola —dijo Maren—. Va a costar.
—¿Cuánto?
—No sé. Horas. Está cerrada con cosas que no son nuestras.
—Dio un golpecito al lector con el destornillador—.
Es como abrir una puerta cuya cerradura cambia de forma cada vez que metes la ganzúa.
La primera la abro: kaelvorn nos dejó por dónde.
Las de adentro, las voy tanteando. —Acercó la cara a la pantalla—. Tú quédate callada y déjame las manos.
Maren tecleó y el terminal procesó; los caracteres en la pantalla se reorganizaron. Después de cuatro minutos apareció una primera pantalla: un mapa.
Era un mapa estelar. Pero no era ningún mapa estelar que Nova hubiera visto.
Las estrellas estaban dispuestas en una geometría reconocible, sin duda nuestra galaxia, con los brazos espirales en proporciones familiares, pero las marcas, los rótulos, los códigos de zonas, todo estaba en una notación que ni Maren ni Nova podían leer.
En el cuadrante superior izquierdo, con todo, había cuatro puntos marcados con un color distinto al resto.
Cuatro puntos rojo apagado. Cuatro coordenadas.
Maren se quedó mirándolas.
—Estas cuatro… —dijo, despacio—. Estas cuatro están en sectores que la cartografía humana clasifica como vacíos. Espacio profundo de nombre sin actividad. Sin estaciones, ni ruta comercial, ni restos de batalla. Nada. Los cuatro son zonas que las flotas evitan porque no hay razón para entrar.
—¿Y qué son?
—No sé. Pero la semilla los marca. Y los marca en rojo, lo cual, en cualquier lenguaje de cartografía que yo conozca, no es decoración.
Nova memorizó los cuatro puntos sin pensarlo. El cerebro de piloto guardó las coordenadas como guardaba vectores, con la precisión muscular de quien sabe que un día va a necesitar volar a un sitio.
Maren tecleó de nuevo y pidió el siguiente nivel.
La semilla tardó un minuto entero en responder.
Después, en la pantalla, empezaron a desplegarse capas.
Datos crudos en columnas. Secuencias largas de coordenadas, fechas, identificadores.
Maren reconocía a medias los formatos: registros de eventos, parecidos a las bitácoras de combate de la flota, pero con muchos más campos.
Algunas entradas estaban marcadas con un símbolo que se repetía: una espiral pequeña con un punto en el centro.
Maren la fue contando. La espiral aparecía en doscientas trece entradas.
—Doscientas trece —murmuró Maren—. ¿De qué?
—No sé.
Maren lo anotó.
Siguieron.