Capítulo 11 — La Auditoría
La Auditoría
La noche anterior, antes de acostarse, Nova había bajado al módulo siete con el bolsillo del pecho abierto. Le había entregado la semilla a Maren envuelta en un trapo limpio.
—Guárdala tú esta noche.
—¿Por qué?
—Por nada. Por costumbre.
Maren la había recibido con dos dedos. La había guardado detrás del filtro de humedad, al lado del Kelso-4, sin comentar.
Nova había subido al camarote por la escalera principal, con las manos vacías.
No había razón concreta para dejarla abajo: apenas el reflejo, después de doce años en la flota, de viajar ligera cuando el aire del pasillo amanecía denso sin motivo.
A veces el reflejo no servía de nada. Se acostó sin pensar más en ello.
La notificación entró a las 04:17.
Nova estaba dormida sin estar dormida, ese estado de los pilotos en turno alterno, donde el cuerpo se apaga pero deja una luz piloto encendida en la corteza, y la vibración del comunicador contra el muslo la sacó del medio sueño con la precisión de una alarma de cabina.
Abrió los ojos. La litera baja estaba a oscuras.
La litera de arriba, vacía esa semana (su compañera de camarote había rotado a Tycho hacía ocho días), le hacía de techo a tres palmos de la cara.
Nova había aprendido a dormir mirando ese techo sin verlo.
A las 04:17, no era ni mancha ni símbolo. Era oscuridad.
Nova alargó la mano y pulsó el comunicador. La pantalla chica le iluminó la cara con un brillo verde apagado.
Tte. Reyes, E. Convocatoria a sesión administrativa de auditoría operativa rutinaria. Sala C-12, cubierta cuatro. Hora: 06:00. Asunto: revisión de métricas de combustible y telemetría posteriores a la prueba de propulsores 4471-G. Asistencia obligatoria. Firma: Cap. Ibáñez, M. R.
Nova leyó dos veces.
La prueba de propulsores 4471-G era el código de calibración que Maren había generado para encubrir el vuelo no autorizado a la Arboleda.
Las métricas de combustible, la telemetría.
Auditoría operativa rutinaria. Las palabras estaban dispuestas con cuidado de funcionario.
Rutinaria . La palabra estaba elegida para que no significara nada, que era exactamente lo que significaba.
Apagó el comunicador y la litera volvió a estar a oscuras. Nova se quedó treinta segundos sin moverse, contando el aire que entraba por la nariz y salía por la boca, sin contarlo en cuatro cuatro seis: lo contaba solo. Una respiración. Otra. Una. Otra. Y se levantó.
* * *
A las 05:42 Nova estaba sentada en el comedor de oficiales con una lata de Vyrak Pulse y una barra Mantyra de proteína comprimida que el dispensador automático le había servido sin pedirle confirmación.
El comedor tenía cuatro personas a esa hora: dos técnicos del turno nocturno terminando su jornada, un teniente de logística leyendo formularios en una tableta, y una cocinera que trasladaba bandejas de un lado a otro con la lentitud aprendida de los años.
Las luces estaban en modo amarillo bajo.
El sistema de termorregulación zumbaba en una frecuencia que Nova reconocía ligeramente alta, un rodamiento del módulo siete pidiendo aceite, lo había mencionado Maren tres días atrás, y nadie parecía notarlo.
La energizante le entró fría y le subió rápido a la frente.
Cuando uno va a entrar a una sala donde le van a hacer preguntas que no quiere responder, lo primero es darle al cuerpo lo que necesita, calorías, electrolitos, calor, para que después el cuerpo no se distraiga pidiéndoselo.
Maren se lo había enseñado en la primera semana de servicio. Reyes, no hay piloto buena sin energía.
A las 05:51 Nova se levantó y llevó la bandeja a la canaleta de retorno.
Caminó hasta la cubierta cuatro, y el ascensor la subió en silencio.
La cubierta cuatro era la cubierta administrativa: pasillos más anchos, alfombra gris adherida al suelo metálico, paneles de luz blanca uniforme.
Nova caminó por el pasillo central. Cruzó a un par de oficiales que la saludaron con un asentimiento mínimo. Llegó a la sala C-12 a las 05:57.
La puerta estaba abierta.
Adentro, una mesa rectangular de aleación fría, tres sillas, una pantalla mural apagada y la capitana Ibáñez sentada al fondo, con una libreta física, cuero negro, esquinas gastadas, abierta delante.
Junto a ella, A. Quiroga, la misma analista de inteligencia con la que Nova había transcrito el núcleo de registro de fase de kryx días atrás: pelo castaño recogido, uniforme gris, la placa al pecho.
Quiroga tenía una tableta sobre la mesa y una cara de no haber dormido.
Era la cara de no haber dormido distinta a la de Maren, la de Maren era un cansancio acumulado durante años; la de Quiroga era un cansancio fresco, de turno nocturno terminado.
Nova catalogó ambas caras. Las dos caras le servían de información distinta.
—Reyes —dijo Ibáñez sin levantarse—. Pase.
Nova entró. La puerta automática se cerró sola detrás de ella, con el siseo bajo de la junta de presión. Se sentó frente a Ibáñez.
Ibáñez había servido en cuatro flotas. Tenía fama de ser la única capitana en la Séptima que firmaba sus formularios con tinta y no con código digital, por una manía privada que nadie se había atrevido nunca a cuestionar.
Su mirada, cuando se posaba en alguien, no se movía. Era una mirada que esperaba.
—Buenos días, Capitana.
—Reyes. —Ibáñez juntó las manos sobre la libreta—.
Esto es una sesión administrativa rutinaria.
La transcripción se archiva, no se difunde.
Estamos aquí para revisar las métricas de combustible y telemetría asociadas a la prueba de propulsores 4471-G ejecutada por usted hace dos días en el sector 9-Sur.
No hay denuncia formal. No hay acusación. Es revisión de números. ¿Entendido?
—Entendido, Capitana.
—Quiroga le va a presentar las métricas. Yo voy a hacer preguntas. Usted va a responder. Si en algún momento desea solicitar representación legal, puede hacerlo y suspendemos. ¿Lo desea?
—No, Capitana.
—Quiroga.
Quiroga giró la tableta hacia Nova. La pantalla mostró un gráfico de telemetría con tres líneas de colores: verde para consumo de combustible, azul para señal del transpondedor, amarillo para vector de aproximación.
Nova reconoció todo. Conocía cada pico, cada valle.
Maren los había calibrado uno por uno con la paciencia de quien borra una mancha pequeña con un pincel pequeño, en el buffer secundario que M.O.I.R.A.
marcaba como lectura exclusiva para mantenimiento: el único sitio donde se podía reescribir telemetría sin que el sistema central disparara alerta.
—Teniente Reyes —empezó Quiroga, con una voz menos firme de lo que probablemente ella hubiera querido—.
La prueba 4471-G se registró desde las 11:42 hasta las 14:05 anteayer.
Combustible consumido: dentro de parámetros para una prueba de propulsores estándar.
Vector de aproximación: dentro de parámetros, con leve desviación al sector 9-Sur compatible con protocolo de calibración en zona vacía. Hasta aquí, todo dentro de normal.
—Sí —dijo Nova.
—El punto que hemos marcado para revisión es la señal del transpondedor.
—Quiroga deslizó el dedo sobre la pantalla.
Hizo un acercamiento. La línea azul mostraba un tramo de cuatro minutos cuarenta y dos segundos donde la señal había caído por debajo del umbral de visibilidad de la red—.
Cuatro minutos cuarenta y dos segundos de latencia de respuesta del transpondedor, durante los cuales la nave no figuró en la red de la flota.
La causa que usted reportó al volver fue calibración defectuosa de fase de la baliza, solicito revisión a ingeniería .
—Correcto.
—Ingeniería revisó. La baliza estaba en perfecto estado.
Nova recibió el dato como quien recibe la hora. Ni un grado de la cara se le movió. Por dentro tachó una casilla: la primera, la que Maren había dicho que iban a abrir primero.
—Lo sé, Capitana. Cuando volví verifiqué con el técnico de turno: la baliza respondía a sus propias pruebas con normalidad. Mi hipótesis es que la falla fue intermitente, y esas son difíciles de reproducir en banco. Lo dejé reportado.
—¿Y durante esos cuatro minutos cuarenta y dos segundos? —preguntó Ibáñez. Su voz era plana. Su mirada no se había movido—. ¿Mantuvo silencio operativo voluntario?
—No, Capitana. Intenté reportar la pérdida de visibilidad por canal secundario.
El canal secundario tampoco respondió. Atribuí los dos eventos a una posible perturbación electromagnética localizada en el sector.
El sector 9-Sur tiene un campo de polvo cargado que ha generado eventos similares en otras patrullas. Eso también figura en mi reporte.
—Sí. Lo leí.
La mirada de Ibáñez se mantuvo en ella.
Quiroga buscó a Ibáñez con la vista. Ibáñez no le devolvió la mirada. Quiroga, después de tres segundos, anotó algo en la tableta y regresó a la pantalla.
—Una pregunta más, Reyes. —Ibáñez abrió la libreta.
La pluma de tinta, tinta azul oscuro que tendía a negro, quedó suspendida un segundo sobre la página—.
Durante esos cuatro minutos cuarenta y dos segundos de invisibilidad, ¿el Halcón ejecutó alguna maniobra que no esté reportada en el archivo de telemetría?
Nova sostuvo la mirada de Ibáñez.
—No, Capitana.
Una palabra, sin la frase de más que el cuerpo pide poner cuando una pregunta así te encuentra. La boca cerrada después.
Ibáñez la estudió cinco segundos.
Cinco segundos le devolvió la mirada.
En el silencio, algo se decidió detrás de los ojos de Ibáñez sin que los ojos se movieran. Cuatro flotas, treinta años, una libreta de cuero llena de auditorías cerradas a tiempo.