Capítulo 10 — El Testigo #4
Dos de los cinco eran humanos: desertores. Tres eran del Colectivo. Cinco firmantes distintos. Y en las cinco actas, el mismo nombre en la casilla del oficial médico responsable: Tte. Cmdte. H. Feren, Sanidad Militar, Inteligencia .
—Feren —dijo Maren—. El tipo delgado de hoy.
—Sí.
—Cinco muertes en pocos meses. Todas catalogadas por él.
Con variaciones cosméticas en cada acta, un lenguaje distinto cada vez para que ningún auditor perezoso viera patrón, pero al final de las cinco el mecanismo es el mismo: el sujeto murió bajo interrogatorio y no hubo nadie que intentara reanimación.
Tres especies distintas. En una flota con nuestra tasa de custodia, las estadísticas oficiales de la Confederación predicen, Reyes, una muerte en custodia cada cuatro años.
Una. Feren firma cinco en este intervalo.
Cinco en este intervalo no es azar. No es imposible. Es improbable.
—¿Podemos llevar eso arriba?
—Arriba, ¿adónde? Las firmas son legales.
Los diagnósticos son aceptados. Feren está en el organigrama de Inteligencia, no bajo Sanidad ordinaria.
No reporta a nadie a quien tú ni yo tengamos acceso.
Y no hay una orden firmada que diga yo mandé a envenenar .
Nunca la va a haber. —Maren se pasó la mano por la cara—.
Hay una correlación. Hay un patrón. Pero el patrón no es una firma. Todavía.
Nova no dijo nada.
Se miraron.
En los ojos de Nova, que en todo ese mes no la habían mostrado así, Maren vio la palabra que llevaba esperando no ver, sin que Nova la pronunciara y sin pronunciarla ella tampoco.
Las dos la miraron en los ojos de la otra, la dejaron ahí, y entendieron, con el mismo silencio con el que habían entendido tantas cosas, que pronunciarla ahora era abrir una válvula sin cerrar la de al lado. No era hoy.
Maren cerró el documento, guardó el cristal detrás del moho, cerró el filtro y volvió al banco.
—Otro té —dijo Nova.
—Otro té.
Maren sirvió. Nova bebió.
Pasaron dos minutos en silencio. Maren, que tenía siempre un archivo abierto en la cabeza que Nova no veía, lo abrió por un segundo y cerró otra vez.
Pero Nova la vio hacerlo, como se ve a alguien guardarse una carta en el bolsillo.
Hoy no era el día de esa carta. Hoy era el día del Testigo y de cinco actas.
* * *
Afuera, en el vacío, el cuerpo del sujeto, ya incinerado por protocolo, según disposición formal de la custodia, se había convertido en partículas.
La Séptima Flota seguía su curso hacia el sector 14-B con las banderas digitales en posición de navegación, los reactores en dos octavos de potencia, los turnos normales.
Los oficiales comían en el comedor. Los técnicos hacían sus rondas.
El sistema de luces pasaba del blanco al amarillo bajo con el cambio de turno. La vida de la nave continuaba.
Nova volvió a su camarote a las 14:30, cerró la puerta y se acomodó en el borde de la litera.
Sacó del bolsillo interno del uniforme la semilla de hierro y la puso en la palma izquierda.
Junto a ella, las dos chapas: idénticas en tamaño y peso, las chapas de la flota lo eran todas, por norma TungsForge clase dos, distinguibles por el relieve estampado y por la muesca en la esquina inferior izquierda de la del padre.
Tres objetos en la misma palma. Nova los contempló un rato. Pesaban igual. Nova no.
Nova cerró el puño sobre los tres y los apretó con la mano izquierda contra el esternón, por encima del pecho.
Inclinó la cabeza hasta que la frente tocó los nudillos, y tarareó muy bajo.
Dos notas. Tres. La cuarta, esta vez, la dejó sin terminar a propósito.
La dejó como kethana nivra . La nota que espera.
kaelvorn le había dicho que únicamente los que la habían oído podían terminarla.
Nova ya no estaba segura de poder terminarla sola.
Pero podía dejarla abierta. Podía no apagarla.
Los combates del sector 14-B empezarían en tres días.
Los análisis de operaciones preparaban briefings.
Los técnicos cargaban municiones. El General Orion firmaba informes en su despacho.
Ningún informe mencionaba a un sujeto muerto bajo silla en sala clasificada, ni once tonos de despedida grabados en el canal civil antiguo, ni a una ingeniera jefa que revisaba formularios a las dos de la madrugada.
Ninguno mencionaba a un Zynari de cresta oro pálido que pulsaba en un punto neutral del espacio esperando que una piloto humana recordara cómo se termina una nota.
Y Nova, sentada en el extremo de la litera, con tres objetos apretados contra el pecho, empezó a entender, no del todo, no todavía, pero empezó, que el hombre que le había puesto la mano en el hombro durante doce años no era el hombre que ella había creído que era.
Y que Maren, su ingeniera, su ancla, la única persona a la que Nova podía contarle todo lo contado hoy, era, en todos los sentidos que importaban, lo único firme que le quedaba en este lado del vacío.
Nova no dijo la palabra.
No la dijo esa noche. Tampoco al día siguiente.
Pero la palabra, dentro de ella, ya tenía sitio.
Nova apretó las tres piezas.