La Semilla de Hierro (Hierro y Vacío 1) Capítulo 10 — El Testigo #3
61%

Capítulo 10 — El Testigo #3

La sala detrás de Nova permaneció en silencio operativo. Una alarma discreta, dos tonos suaves, repetidos, anunció el cese. Orion, desde su asiento, habló con la voz más tranquila de todo el encuentro.

—Fallo terminal inespecífico bajo interrogatorio —dijo Orion, y la frase le salió con la cadencia exacta de quien lee una casilla en un formulario estándar—.

El sujeto ha sucumbido al estrés extremo del estímulo emocional.

Soria, disponga la retirada del cuerpo por protocolo de cuarentena biológica.

Oficial médico, cierre de reporte con esa causa.

Iturbe, proceda al informe complementario y mantenga los datos de esta sesión clasificados a nivel siete.

Reyes, vuelva a su asiento. Esto no sale de la sala.

Corte marcial para quien lo discuta fuera de este vidrio. ¿Entendido?

—Entendido —dijeron los dos, Soria e Iturbe, en protocolo.

Nova observó a Iturbe. Iturbe estaba escribiendo en la tableta apoyada sobre la rodilla.

Apuntó tres palabras y las tachó. Después otras dos, las tachó también.

Probó una tercera vez. Cuando finalmente cerró la tableta, lo hizo con un gesto pequeño que para alguien sin entrenamiento militar no significaba nada: el pulgar pasó por el borde superior de la pantalla, sin apuro, dos veces seguidas, antes de pulsar el cierre.

Era el gesto que un oficial de inteligencia hace cuando guarda un registro que va a llevar consigo, no a archivar.

Nova lo había visto a Maren con un mapa de circuitos, y a Halevy con una bolsa de placa.

Era un gesto que no entraba en ningún manual.

Iturbe levantó los ojos. Cruzó la mirada con Nova durante medio segundo. Volvió a mirar la tableta. No dijo nada.

Nova también dijo que sí. No con la boca. Con el cuello.

Nova volvió al asiento sin decir nada y posó los ojos en Orion. Orion le devolvió la mirada; el cruce duró medio segundo.

—Gracias a todos —dijo Orion—. Sesión terminada.

* * *

A las 10:14 Nova salió de la sala. Bajó en el ascensor hasta la cubierta dos y caminó por el pasillo sin mirar a nadie.

Dos oficiales la saludaron al pasar; Nova devolvió el saludo sin ver quiénes eran.

Pasó de largo la puerta de ingeniería. No entró.

Los pasillos tenían cámaras, las cámaras tenían registro, y la cláusula de corte marcial que Orion había pronunciado minutos atrás seguía viva en el aire de la nave.

Si Nova entraba directa a ingeniería con la cara que llevaba, cualquiera que revisara la cinta iba a ver una transferencia de información de una sala clasificada a una ingeniera sin autorización.

Eso se podía ver incluso sin oír una palabra.

Nova caminó al comedor. Comió media ración de un guiso Mantyra de servicio rápido, proteína sintética con base de patata reconstituida, sin probar lo que comía.

Estuvo ahí veintitrés minutos, visible, saludando a dos cabos y a un suboficial de mantenimiento.

Cuando terminó, pasó por su camarote, se cambió el uniforme y se pasó la palma por detrás de la oreja derecha, como verificando algo.

Bajó a ingeniería con el paso de cualquier calibrado rutinario.

Entonces entró al módulo siete. No tocó la puerta. La empujó.

Maren la vio entrar, vio la cara de Nova, y vio además algo que Nova no iba a ver hasta más tarde: la cara de una piloto que acababa de ver morir a alguien bajo silla.

Maren dejó el destornillador y se puso de pie.

Caminó hasta Nova, la agarró del codo con las dos manos y cerró con seguro la puerta interior del despacho.

—Siéntate.

Nova se dejó llevar. Maren la sentó en el suelo del despacho privado, contra la pared. Le puso un jarro térmico en las dos manos. Dentro del jarro, té con miel. La holandesa. La buena.

Maren no preguntó. Se sentó al lado de Nova, hombro con hombro.

Nova tardó cuatro minutos en hablar. Bebió. Bebió otra vez. La miel le bajó caliente y se quedó ahí. Durante los cuatro minutos, Maren no dijo una palabra. Nova oía el zumbido bajo del circuito principal.

—Murió uno —empezó Nova. La voz le salió áspera—. Bajo silla. En sala clasificada. Con un médico al lado que no movió un dedo. Quiero contarte. Pero no sé por dónde.

—Empieza por la sala.

Nova empezó por la sala. La silla. Las correas.

La cara de Iturbe. El médico delgado detrás.

El timing del monitor, el doblez del cuerpo, la mano del médico ya moviéndose por la tableta antes de que el sujeto terminara de caer.

Cuando llegó a las palabras del sujeto, lo hizo en pedazos: no vinieron a matarles, vinieron huyendo.

Todos ustedes lo saben. Once mil también tenían.

La última palabra Nova la guardó un momento más antes de soltarla: la había oído nada más ella, por implante, no por el sistema de la sala.

Que Orion creía que el sujeto había susurrado ruido.

—Y al final —dijo Nova, muy bajo—, el implante me devolvió un fonema. Un nombre, creo. vosthrak . No sé si era nombre propio o título o algo más.

Maren respiró. No dijo nada durante medio minuto. Cuando habló, lo hizo con calma sin certeza.

—El collar no se activó.

—No.

—Eso también lo anotaron. Con mucho cuidado.

—Sí.

Maren bebió antes de hablar.

—Reyes, no sé qué pasó ahí. Un colapso así, en una especie que no conocemos, bajo estrés extremo, podría ser estrés.

Podría ser. Pero el timing me incomoda. La frase se cortó justo en el momento en que iba a decir algo concreto —no sabemos qué, no podemos saberlo, pero algo—.

Eso puede ser casualidad. Las casualidades existen.

No te lo voy a vender como prueba. Te lo cuento como mi incomodidad. Eso es lo que tengo hoy.

—Maren.

—Te creo a ti. Pero creerte a ti no es prueba. Vamos a buscar prueba.

Maren se puso de pie, caminó al filtro de humedad, lo abrió y sacó el cristal Kelso-4.

Volvió al banco, lo conectó al lector trasero y abrió varios documentos.

Nova la vio trabajar. Durante dieciocho minutos, Maren revisó registros, no órdenes de requisición; registros médicos. Nova, sentada en el suelo, esperó.

—Reyes. Ven.

Nova se levantó y se acercó al banco. En la pantalla había una lista: cinco entradas. Cinco actas de defunción de prisioneros bajo custodia de la Séptima Flota en los últimos meses.

—Llevo dos semanas auditando firmas de personal técnico desde lo de Prometeo —dijo Maren—. No te había contado porque no tenía nada aún. Estas cinco actas las dejé apartadas hace tres días. Hoy las miro otra vez.

Nova leyó los nombres. Ninguno le sonaba; Maren tampoco los reconoció en voz alta.

Eso, dijo Maren, ya era raro: en una flota de sesenta mil personas, los apellidos repetidos, los apellidos de cinco generaciones de servicio, los apellidos comunes, aparecían siempre.

En cinco actas no figuraba ni uno. Eran nombres limpios.

Demasiado limpios. Maren no insistió en nombrar la sospecha.