La Semilla de Hierro (Hierro y Vacío 1) Capítulo 10 — El Testigo #2
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Capítulo 10 — El Testigo #2

Nova se quedó mirando al sujeto un largo rato.

Iturbe la miraba a ella, tomando notas con un estilete en una tableta apoyada sobre la rodilla; el estilete rodaba entre el pulgar y el índice cada vez que terminaba una línea.

Soria no hacía nada, se limitaba a observar el vidrio con una fijeza anestesiada.

Nova no quiso poner palabras técnicas. Cualquier categoría humana, luto, duelo, reconocimiento , sería proyección, y la proyección dicha en la sala quedaría registrada.

—No me arriesgo a nombrarlo, General —dijo Nova despacio—. Lo que sí puedo decir: ese hombre, o lo que sea, no nos teme. No está en agresión. Está en algo más callado. Lo que necesito es estar más cerca un momento. No para interrogarlo. Para mirarlo sin vidrio en medio.

Silencio en la sala. Iturbe levantó la vista de la tableta y la posó en Orion. Soria no movió un músculo.

Nova miró al sujeto. Había abierto los ojos grandes.

No miraba a la pantalla. Miraba a Nova a través del vidrio, directamente.

Los cuatro ojos, tres operativos, estaban fijos en ella.

Nova sostuvo la mirada. En los ojos grandes había algo que Nova no pudo nombrar en ese momento.

Lo iba a guardar para más tarde, en tono bajo, para Maren: me miró sin pedir nada.

—General —dijo Iturbe—. Con permiso. Si la teniente procede a contacto directo, tenemos que considerar la contingencia de pérdida.

El recurso comprometido está en estado de fragilidad biométrica.

Una neutralización accidental bajo interacción no controlada sería un resultado contemplable.

Sugiero protocolo de retirada asistida si los indicadores fisiológicos cruzan umbral.

Neutralización accidental. Nova memorizó la frase. Recurso comprometido. Contingencia de pérdida.

Soria no se movió. Orion guardó silencio un momento.

—Cinco minutos, Reyes. La sala escucha todo. Si el sujeto hace un movimiento brusco, se corta el canal y el inhibidor se activa en automático. ¿Entendido?

—Entendido.

—Pase.

Nova se puso de pie. Caminó hasta la puerta lateral de la sala, que daba a la antecámara del vidrio reforzado.

Una antecámara estrecha, con un escritorio bajo y un micrófono.

Nova entró, y la puerta se cerró a su espalda.

Se sentó en el escritorio y se acercó al vidrio.

La cara del sujeto quedó a un metro de la suya.

No sabía cómo hablarle.

Durante los primeros treinta segundos, no habló.

Se quedó mirando. El sujeto la miró de vuelta.

Ahora, de cerca, la cicatriz transversal sobre el ojo pequeño izquierdo tenía toda su profundidad.

Vio que las cicatrices rituales de la frente tenían, dentro de las líneas, pequeños relieves tallados, no eran cortes simples; eran diseños.

Que el inhibidor neural del cuello estaba apoyado directamente sobre una zona de piel que había desarrollado callo, había estado ahí mucho tiempo.

Y por último, una cosa que al notarla le cambió el ritmo cardíaco: en el pulgar derecho del sujeto había un pequeño tatuaje.

Una forma curvada, minúscula, de un color más oscuro que la piel.

Nova había visto un diseño similar dos semanas atrás, en un pliegue de la túnica de kaelvorn.

El tatuaje era del Colectivo; el trazo, Zynari.

En algún momento este sujeto había estado cerca de ellos.

Nova se inclinó un poco hacia el vidrio.

Y entonces hizo algo que la sorprendió incluso a ella. Tarareó.

Dos notas. La tercera. La cuarta atravesada.

El canto de Kai Morales, interrumpido en el canal aquel día de Prometeo. Las cuatro notas que Nova llevaba dentro de los dientes desde hacía dos semanas. Las tarareó con el volumen justo para que el micrófono de la antecámara las captara y las llevara a la cámara del sujeto.

El sujeto cerró los ojos grandes.

Durante tres segundos no hizo nada más. Los dos ojos pequeños siguieron abiertos, fijos en un punto del techo.

Después, como quien abre una cicatriz vieja, el ojo pequeño izquierdo, el cerrado, el de la cicatriz antigua, se abrió una fracción.

Nova vio el ojo detrás de la cicatriz, un ojo que hasta entonces nadie a bordo había visto.

Era pequeño, casi blanco, sin pupila visible.

Funcional apenas en parte. El ojo miró a Nova medio segundo y se cerró de nuevo.

Y las escamas bajo los ojos grandes empezaron a oscurecerse.

Nova no supo nunca por qué las cuatro notas habían funcionado. No era una canción: cuatro frecuencias en un intervalo. Quizá el sujeto había oído algo parecido años atrás. Eligió no averiguarlo.

No fue llanto. No había conductos lagrimales en su fisiología.

Fue algo más lento y más extraño: las escamas pequeñas que formaban medialunas bajo cada ojo se fueron llenando de sombra desde adentro, un oscurecimiento que seguía el trazo de las cicatrices rituales.

Las escamas bajo el ojo grande derecho se oscurecieron primero.

Después las del izquierdo. Dos medialunas negras, brillantes como obsidiana húmeda, bajo los cuatro ojos del prisionero.

El sujeto abrió los ojos grandes. Y susurró.

El susurro salió con muchísima dificultad.

Nova vio en tiempo real cómo movía la mandíbula para formar los sonidos, cómo el torso se esforzaba, cómo el cuello tiraba contra el collar inhibidor.

Los labios delgados se abrieron. Lo que Nova oyó durante los primeros tres segundos fue susurro: ruido bajo, sílabas extranjeras, sin sentido.

Después, sin transición, las sílabas se le tradujeron en castellano dentro del cráneo.

Alguien le hablaba muy cerca del oído, desde dentro de su propia cabeza.

Nova tardó un instante más en entender qué estaba pasando: el implante.

El que kaelvorn le había implantado el día anterior detrás de la oreja derecha, subdérmico, tres milímetros, indetectable.

Nova lo había olvidado. La traducción le entraba directo, sin pasar por el sistema de la sala.

Que el implante de kaelvorn sirviera para una especie distinta no debería haber sido posible; Nova lo anotó y siguió escuchando.

La sala detrás del vidrio oía el susurro en idioma original, sin traducción. Solo Nova lo entendía.

— …no vinieron… a matarles…

Pausa.

— …vinieron… huyendo…

Silencio. El sujeto cerró un segundo los ojos grandes, respiró dos veces corto, los volvió a abrir y siguió.

— …todos ustedes… lo saben…

Otro silencio. Más largo. Nova, a través del vidrio, miró los ojos sin parpadear. El sujeto sostuvo la mirada. La mandíbula trabajó. Las palabras que se formaron en los labios fueron tres, separadas, con un esfuerzo enorme entre cada una.

— …once mil…

Nova no apartó los ojos.

— …también… tenían…

La respiración del sujeto cambió de golpe: se frenó.

Siguió con la mandíbula abierta a medio camino de la siguiente palabra, la que iba después de tenían , pero no salió.

Lo que salió fue una inhalación rota, corta, de pecho que no lograba convocar el aire que se iba a necesitar.

Sobre la piel gris-verde, en la zona frontal, empezó a aparecer, a simple vista, rápido, una capa fina y plateada de sudor; no era agua, era un fluido pálido y opaco, más viscoso que el sudor humano.

Fluyó por las sienes y se juntó en la línea de las cicatrices rituales.

La respiración volvió a intentar meter aire.

El sujeto movió la mano izquierda contra la correa, un movimiento pequeño, de músculo, no de fuga, y la dejó caer.

El brazo derecho, el de la costilla herida, lo contrajo un centímetro hacia el pecho, con el gesto de quien busca una zona por dentro y no la encuentra.

El monitor biométrico lateral de la cámara emitió un chirrido bajo.

Las líneas vitales, que hasta ese momento habían llevado una frecuencia lenta y regular, se escaparon hacia arriba: el doble, el triple, después un patrón irregular que el sistema no logró catalogar.

La pantalla mostró, sin pretender precisión clínica: funciones vitales en colapso, comparable a fallo terminal humano avanzado .

El sujeto susurró una última cosa, una sola palabra, alargada, y el implante subdérmico de Nova tradujo con retraso. Lo que entregó esta vez no fue una palabra del Colectivo, sino, en castellano áspero, una palabra corta y dura. Un nombre que el implante interpretó como propio.

— …vosthrak…

Algo en la palabra le pasó a Nova por el espinazo antes de que la cabeza entendiera por qué.

Después el torso se inclinó. Las correas no lo sujetaron del todo: el peso cayó contra ellas y quedó ahí.

La cabeza se fue a un lado. Los cuatro ojos se quedaron fijos, sin parpadear, aún abiertos.

La cresta, que Nova no había notado hasta ese momento, se apagó de un color pardo apagado a un gris muerto en tres segundos.

El monitor biométrico saltó al plano. Una sola línea.

—El sujeto ya no vive —dijo desde la sala un oficial médico que Nova no había mirado hasta entonces: un hombre delgado con la banda de sanidad en el hombro, sentado en una silla baja detrás de Iturbe, con una tableta en el regazo.

La voz le salió plana, sin las inflexiones corteses con que Iturbe vestía los eufemismos de inteligencia.

El oficial médico no se levantó. Anotó algo en la tableta con una rapidez de funcionario—.

Funciones vitales planas. Tiempo, diez-once y veintidós.

Sujeto en fase de colapso terminal, lectura asumida por referencia humanoide. Registrado.

Nadie corrió a abrir la cámara, nadie hizo intento de reanimación. El oficial médico no lo pidió. Miró a Orion. Orion le devolvió una mirada breve. El oficial médico bajó la cabeza y siguió escribiendo.

El collar inhibidor neural seguía ciñendo el cuello del sujeto con sus tres lucecitas rojas en el mismo ritmo bajo de siempre. Ningún destello de descarga. Ninguna alarma de activación. El inhibidor no se había activado.