La Semilla de Hierro (Hierro y Vacío 1) Capítulo 10 — El Testigo
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Capítulo 10 — El Testigo

El Testigo

Por oficio, el ala posterior del nivel nueve estaba bajo cuarentena biológica desde hacía tres semanas: un derrame de toxina cubicular, decía el aviso pegado en cada acceso.

La tripulación lo evitaba por reflejo. Algunos técnicos, en tono bajo, decían cosas distintas, un experimento Z-class, un nuevo cultivo bacteriano, un cuerpo encontrado a la deriva, pero la teoría más popular era simple: en esa zona había algo que el alto mando no quería nombrar, y la curiosidad allí abajo se pagaba con baja honorable. Nadie hablaba demasiado del tema.

La sala interior era un semicírculo de nueve metros.

Cuatro asientos dispuestos en arco, todos mirando hacia una pared frontal que no era pared: era un vidrio reforzado, tratado con un filtro que le daba un leve tono verdoso.

En ese momento el filtro estaba en modo opaco: la superficie mostraba un ligero tono gris mate, sin dejar ver lo que había del otro lado.

Sobre el vidrio, en la esquina superior derecha, una luz roja parpadeaba con extrema lentitud: indicaba al ocupante de la cámara interior que estaba siendo grabado y monitoreado —un protocolo legal estándar de las salas de interrogación.

Lo que se decía dentro de la cámara llegaba a la sala por dos altavoces empotrados en el techo, calibrados para reproducir voz humanoide con fidelidad.

En sentido inverso, la sala podía abrir o cerrar a discreción un canal de audio hacia la cámara: el prisionero oía a los oficiales nada más cuando los oficiales lo decidían.

Nova no lo había aprendido en la academia, sino a los catorce años, en las novelas de criminalística que le prestó Pasos, su profesor de teoría de vuelo, en Tycho: detalles que entonces le parecieron pintorescos y hoy se le volvían operativos.

Los asistentes ya estaban sentados.

Orion en el centro, con la espalda recta, el uniforme planchado, el cabello blanco retirado hacia atrás, se lo había cortado desde ayer.

A su izquierda, el teniente comandante Soria —el que firmaba las órdenes de Orion.

A su derecha, uno de los coroneles de inteligencia de los que Nova había oído el nombre pero nunca había tratado en persona: Iturbe.

Uniforme distinto al de operaciones, con la banda lateral del pantalón en color gris oscuro en vez de negro.

Inteligencia era una subsección aparte. Nova se había cruzado con él una vez en el comedor, hacía meses, sin hablar.

Tres asistentes. Y Nova, cuarta.

Cuatro asientos. Nadie más iba a entrar.

—Teniente Reyes. —Orion se enderezó—. Bienvenida. Siéntese.

Nova se sentó en el asiento del extremo izquierdo. El más alejado del centro. Desde ahí se veía todo, salvo lo único que importaba: el vidrio frontal seguía en modo opaco, un gris mate uniforme.

—Empecemos —dijo Orion.

Orion no se puso de pie. Desde el centro del arco, con las dos manos unidas sobre el regazo, empezó a hablar. Su voz era grave, pausada, pedagógica.

—Oficiales. Gracias por acudir. Lo que van a ver en los próximos sesenta minutos es información clasificada al nivel siete. Nada de lo discutido aquí sale de esta sala. Teniente Reyes, lo mismo aplica para usted.

—Recibido, General.

—Hace tres semanas, en el sector 11-C, una operación encubierta que no figura en los registros públicos capturó a un sujeto perteneciente a la fuerza con la que la Séptima Flota viene combatiendo.

El Halcón quince del escuadrón Mantis lo trajo a bordo bajo custodia.

El sujeto está en esta nave desde entonces.

En la cámara contigua. Es, según nuestros analistas, un nodo de conciencia colectiva del Colectivo del Vacío.

No vamos a usar nombre —durante las tres semanas de cautiverio el sujeto no ha vocalizado nada que el sistema haya podido catalogar como tal, y nuestros analistas todavía no tienen una identificación clasificable.

Lo llamamos el sujeto . Hemos intentado comunicación en tres modalidades. Sin resultado. Permanece en silencio.

Orion pronunció una palabra de mando que el sistema de la sala reconoció como orden de transparencia.

El vidrio frontal, que hasta ese momento había estado en modo opaco con su tono gris mate, se aclaró en cuatro segundos hasta quedar translúcido.

La luz roja parpadeante de la esquina superior derecha siguió parpadeando, ahora con un destello visible también desde la cámara: el sujeto sabía que lo grababan; ahora sabía, además, que lo veían.

Nova respiró despacio. Cuatro cuatro seis.

La cámara interior tenía cuatro metros por cinco.

Las paredes eran blancas, lisas, sin decoración.

El techo tenía una luz constante, fluorescente, que no dejaba sombras.

En el suelo, cerca del vidrio, había un drenaje circular del tipo que se usa en las salas donde hay que lavar líquidos con cierta frecuencia.

Alrededor del drenaje, una mancha oscura muy tenue, que se había intentado borrar pero que, al cuarto o quinto fregado, deja un contorno fantasma en el suelo.

Sangre vieja. No reciente. Semanas. Meses.

En el centro de la cámara, una silla de contención de prisioneros, con correas para las cuatro extremidades y un respaldo alto con soporte para la nuca. No era una silla para recibir visitas, sino para estar atado mucho tiempo.

Sentado en la silla, atado por las correas, el sujeto.

Era humanoide en el sentido más amplio de la palabra.

Cuerpo bípedo, dos brazos, cabeza sobre torso.

Pero las proporciones no eran humanas: los brazos más largos, el torso más estrecho.

La cabeza más ancha en la parte superior, con dos crestas óseas curvadas hacia atrás en lugar de una sola como kaelvorn.

La piel era de un gris-verde oscuro, con bandas más claras en los antebrazos y el cuello.

Los ojos eran cuatro: dos grandes, verticales, en la zona frontal; dos pequeños, horizontales, en las sienes.

El pequeño de la izquierda estaba cerrado, con una cicatriz transversal antigua que no se había curado bien.

La boca era delgada, similar a la de kaelvorn, con labios finos.

Alrededor del cuello, ceñido, un collar metálico grueso con tres lucecitas rojas parpadeando lentamente.

El inhibidor neural.

Nova había visto uno antes. La Flota los usaba en los pocos prisioneros que mantenía en custodia, era un equipo estándar.

Consistía en un anillo que emitía pulsos eléctricos contenidos a nivel del nervio vago y, en dosis altas, podía detener funciones vitales.

Estándar no significaba benigno. Significaba autorizado.

El sujeto estaba vivo pero se notaba mal.

El torso se inclinaba un poco hacia el lado derecho: algo roto en las costillas, Nova lo supo por la manera en que el brazo derecho estaba más próximo al costado, como protegiendo.

La piel del antebrazo izquierdo tenía varias marcas redondas pequeñas, algunas ya cicatrizadas, algunas recientes.

Cicatrices de sonda o de pinchazo o de quemadura, Nova no podía diferenciarlo desde este lado del vidrio.

Pero había también otras cicatrices más antiguas: tres líneas simétricas en la frente, dos en cada mejilla, un patrón deliberado. Cicatrices rituales, no de guerra.

El sujeto miraba al techo. Hasta ese momento había estado mirando vidrio negro: no podía saber que del otro lado había nadie. Ahora, con la luz parpadeante delatando el cambio, los dos ojos grandes bajaron con lentitud, se enfocaron en el vidrio, y se quedaron ahí. La cabeza no se movió.

Algo en él le recordó a kryx. Era la postura. La quietud. La forma de estar sentado: una elección, aun con las correas. Había también, debajo del ojo grande izquierdo, una marca negra semicircular. Nova la apuntó mentalmente, sin hipótesis.

Quieta, siguió con los ojos en el sujeto.

—Estamos aquí porque hemos decidido probar una cuarta modalidad.

Orion clavó la vista en Nova. Nova sostuvo la mirada.

—Teniente Reyes, usted derribó al disco de combate de su comandante hace dos semanas.

Usted oyó su transmisión final. Sea por lo que sea, usted es la única persona viva en esta flota que tuvo contacto sostenido con un miembro de esta especie segundos antes de su muerte.

No le pedimos análisis biométrico —los analistas eso lo tienen.

Le pedimos que lo mire. Que esté en la sala.

A veces lo que un sujeto no le dice a un técnico se lo dice a un piloto. La presencia importa.

—Con respeto, General. Estoy aquí.

—Bien.

Orion tocó un panel del brazo de su asiento.

Una pantalla lateral dentro de la cámara del sujeto se encendió y mostró una imagen.

Nova la reconoció, por lejos, por borrosa, por distinta a la que ella había visto aquel día: era el disco de combate de kryx, segundos antes de la destrucción, tomado desde una cámara externa de la Hécate.

—El sujeto reaccionó a este estímulo en una sesión anterior, hace cinco días —dijo Iturbe en tono de nota al pie; fue la única reacción registrada en tres semanas—. Quería ver si la repetición sostenía el patrón con la teniente en la sala. Por eso usted está aquí, Reyes.

El sujeto giró la cabeza.

Fue la primera vez que se movía. La cabeza giró hacia la pantalla como quien arrastra un peso antiguo, y los dos ojos grandes se enfocaron en la imagen.

Durante tres segundos, miró. Después cerró los ojos grandes.

Los dos pequeños, el sano y el cerrado, quedaron igual.

El torso se inclinó una fracción más hacia el lado izquierdo.

Una respiración audible, amplificada por el sistema de altavoces, salió del pecho del sujeto.

Una sola inspiración profunda. Después otra. Después silencio.

—Sujeto reacciona a estímulo visual conocido —dijo Iturbe—. Repetición confirmada. Patrón sostenido.

Orion afirmó.

—Reyes. ¿Algo?