La Semilla de Hierro (Hierro y Vacío 1) Capítulo 9 — La Arboleda Errante #5
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Capítulo 9 — La Arboleda Errante #5

— No sé. No por la muerta, eso sí. Quizá por los que la oyeron. Tú estabas ahí cuando se cortó.

Nova asintió, sin decir más. Caminó por el pasillo, subió al Halcón, cerró la escotilla y activó el desanclaje. La Arboleda Errante le soltó el gancho con la misma lentitud de pétalo con que la había sujetado.

El salto de regreso duró veintiún minutos.

En el Halcón, con el traje puesto, con la semilla de hierro en el bolsillo interno, tibia, guardando su reactor pequeño y sus millones de palabras, con la voz cantada de kaelvorn todavía flotándole en el oído, Nova no lloró.

Tarareó. Las cuatro notas. La cuarta, esta vez, no se atravesó.

Salió entera. Nova se dio cuenta recién al final, cuando vio que la había tarareado completa.

Se quedó con la última nota un segundo más. La dejó.

* * *

Aterrizó en la Hécate a las 13:58. Dos minutos antes del cambio de turno del controlador. Maren había medido bien.

Nova bajó del Halcón sin prisa y entregó el parte de vuelo de prueba al técnico de turno: todo en orden, regulador de plasma operando dentro de parámetros. El técnico firmó recepción sin preguntarle nada.

Nova caminó hasta su camarote, entró y cerró la puerta.

En el escritorio de pared, la tableta táctica parpadeaba con el indicador de un sobre digital en cola de clasificación siete. El sobre no se abría al tacto: pedía biometría combinada, retina más pulgar, antes de mostrar contenido.

Nova no lo abrió de inmediato. Primero se quitó el traje sin prisa.

Sacó la semilla de hierro del forro y la guardó en el bolsillo interno del uniforme de descanso, tibia todavía, con sus venas finas de cristal reflejando la luz baja del camarote.

Las chapas, la de su padre, la de Kai Morales, K.

, se las puso en el bolsillo del pecho del uniforme de descanso, como siempre.

Se apoyó en el filo de la litera y tomó la tableta.

Apoyó el pulgar en la casilla biométrica y acercó el ojo derecho al lector de retina. El sistema validó y el sobre se abrió.

Tte. Elena Reyes. Se le invita a una reunión convocada por el General L.

Orion para mañana, cero nueve treinta, sala de reuniones seguras nivel cuatro, cubierta nueve.

Asistentes confirmados: Gral. L. Orion; Tte.

Cmdte. R. Soria; Cnel. J. Iturbe; Tte. Reyes; un sujeto bajo custodia, identidad clasificada.

Asunto: evaluación operativa del sujeto.

Confirmación requerida antes de las 22:00 hoy.

Nova leyó el final dos veces. Sujeto bajo custodia, identidad clasificada. Nadie ponía esa etiqueta en una convocatoria salvo cuando el sujeto NO era humano. Nadie ponía esa etiqueta sin tener algo de peso en una celda.

La encriptación del sobre era nivel siete. Alta. Bajo custodia. Nova ya sabía contra qué iba a chocar al día siguiente, aunque aún no tuviera el nombre.

Nova cerró el sobre digital, se levantó, caminó dos pasos en el camarote, dio media vuelta y volvió a sentarse. Las piernas le volvían a temblar, otra vez, con la misma calidad asentada del cansancio que llega tarde. Era la cuarta o quinta vez que le temblaban en la jornada. Nova ya no contaba.

El Colectivo tenía un jefe, o un nodo, o un fragmento de la conciencia colectiva (Nova no sabía aún cuál de las tres) prisionero en la cámara de aislamiento de la Séptima Flota.

Llevaba un tiempo ahí. A nadie se lo habían dicho; nadie por debajo de coronel, al menos, había oído el nombre.

En dos semanas de combate, en tres enfrentamientos con bajas propias, en cuatro reuniones operativas, no se había mencionado a ese prisionero.

Ni en briefings ni en partes. Había estado ahí todo este tiempo, en esas semanas en que Nova disparó y dudó y oyó once tonos de despedida.

Mientras Nova mataba, alguien arriba estaba hablando con uno de ellos.

Nova apoyó la frente sobre las manos, los codos sobre las rodillas.

Durante dos minutos enteros no se movió.

Respiró ocho veces seguidas. Cuando levantó la cara, se vio a sí misma reflejada en la lámina de metal pulido que hacía de espejo en el camarote, un espejo malo, que deformaba, pero espejo.

La cara que vio no se parecía a la cara que había llevado al despacho de Orion hacía cinco horas.

La línea fina de la comisura izquierda, la que había empezado a dibujársele dos semanas atrás, se había acentuado.

La sombra bajo los ojos era más oscura. Los labios estaban tensos.

Nova pronunció, en voz alta, para sí misma, una cosa que no se había permitido pronunciar hasta ahora.

—¿Cuánto más no sé?

La frase se quedó en el aire del camarote. No se respondió. La respuesta esperaba al día siguiente, en la sala, en presencia de un prisionero con nombre en minúscula que Orion había tenido ahí desde hacía semanas.

Nova se puso de pie, caminó hasta el escritorio de pared y confirmó su asistencia. Cerró el sobre digital y apagó la lámpara de la litera.

En la oscuridad, la semilla de hierro del bolsillo interior pesaba lo que pesaba: cien gramos, quizá. Pero se notaba.