Capítulo 9 — La Arboleda Errante #4
kaelvorn y Nova hablaron durante cincuenta minutos más.
kaelvorn intentó contar lo que sabía de los vraaz.
La palabra ya había salido entre los dos en la transmisión inicial; el traductor la había devuelto sin equivalencia.
Era la etiqueta. Lo que había detrás de la etiqueta, ahí empezó la dificultad.
— De los vraaz no tengo palabra que tu máquina sepa traducir —dijo kaelvorn. Las dos manos de tres dedos largos se abrieron en abanico y se cerraron sin tocar nada—. Llegan por donde un mundo se descuidó, por lo que nadie nombra, y lo que tocan se olvida de sí.
La cresta se apagó del todo, un gris cercano a la muerte que Nova no había visto antes en ningún cuerpo vivo.
— Vacían. Lo que tocan pierde el nombre. Una familia deja de recordar a los suyos sin saber que dejó de hacerlo.
Después de un silencio largo, la cresta volvió al oro despacio.
— El Colectivo huyó de eso. Son los que se tropezaron con tu flota.
Nova escuchaba, tragaba, asentía. Al final, kaelvorn le hizo una pregunta directa.
— ¿Tu flota sabe esto?
—No. No de esta forma.
— ¿Y los que firman tus muertes?
Nova dudó.
—No lo sé. No como lo contaste tú. Pero —Nova tragó— sé que algo saben. Y no lo dicen.
kaelvorn inclinó la cabeza dos centímetros. La cresta pulsó dos veces despacio.
— Entonces propongo acuerdo.
—Escucho.
— Tu flota no va a aliarse con nosotros. Lo entiendo, y no lo pido. Pido menos: que cuando dispare, deje por dónde huir a los que no disparan. A cambio, lo que sabemos de los vraaz. Lo pagamos caro. Te lo damos.
Nova le dio la razón. Se tomó un largo rato para responder.
—kaelvorn. No puedo comprometer a la flota.
— Lo sé.
—Puedo comprometerme a mí. Lo que hablemos tú y yo es información.
La información en tránsito nadie la controla.
Lo que yo haga con ella dependerá de lo que vaya viendo.
No te puedo prometer pasillos. Te puedo prometer que voy a mirar con los ojos que traje hoy aquí, y no con los que traía hace dos semanas. Es lo que tengo.
kaelvorn la miró. Los ojos amarillos, verticales, sostuvieron los de Nova. La cresta pulsó tres veces lentas. Después, algo que Nova no logró interpretar al principio: la cresta cambió de color. Pasó del oro pálido a un verde azulado, durante cuatro segundos, y volvió al oro.
— Eso basta. No es un tratado. Yo lo recordaré.
—Lo recordaré.
— Los datos están dentro de la semilla que traes contigo. La leerás cuando tengas la herramienta apropiada. Recuérdalo: no la enseñes a nadie que no conozca tu nombre entero.
—¿De quién hablas cuando dices tu nombre entero ?
kaelvorn sonrió. Fue la primera sonrisa Zynari que Nova presenció: la boca delgada se curvó hacia arriba, las escamas de los pómulos se distendieron, la cresta pulsó en un ritmo más ligero.
— Cuando llegué a tu canal hace dos semanas, mi mensaje llegó entero. Alguien lo recibió con cuidado; lo noté en la señal.
Nova no respondió en voz alta.
—Recibido.
— Ve. No te hagan preguntas a la vuelta.
Nova se puso de pie. Se inclinó una vez.
kaelvorn hizo lo mismo. Antes de que Nova caminara al pasillo, kaelvorn levantó una mano.
Llamó por nombre Zynari a alguien que esperaba afuera.
Un operario más bajo que kaelvorn, mismas escamas, cresta más corta, túnica de servicio gris, entró con una caja pequeña en las dos manos.
La abrió. Adentro, sobre tela oscura, había un objeto del tamaño de un grano de arroz: plateado, con dos hilos finísimos en un extremo, imperceptibles al ojo.
— Implante traductor —dijo kaelvorn—. Subdérmico, detrás del lóbulo. Calibrado para firmar como tejido cicatricial en escáneres humanos. Si llevas el parche externo te lo van a notar la primera revisión médica. Si llevas esto, te harán veinte revisiones y ninguna lo encontrará.
Nova tomó el implante. Se apartó el pelo de detrás de la oreja derecha (la izquierda ya tenía el parche de Maren), se aplicó anestésico tópico y se colocó el implante con un instrumento fino. Sintió presión, no dolor. El sellador biocompatible cerró la incisión sin dejar rastro. Cuarenta segundos.
— Ya está. Funcionará en cualquier canal abierto cerca de ti. Latencia medio segundo. Suficiente para conversaciones, insuficiente para ritual fino.
kaelvorn no se apartó todavía. Tomó de la caja que el operario aún sostenía un segundo objeto y lo puso en la palma de Nova. Plano y oscuro, del tamaño de una baraja corta, una sola cara lisa. Pesaba poco.
— El implante es para que oigas. Esto, para que te oigan. —La cresta pulsó una vez—. Los míos te entienden por lo nuestro. Habrá otros que no tengan nada. Le hablas a esto en tu lengua y sale la de ellos. En la mano, no bajo la piel.
Nova cerró los dedos sobre el aparato. Frío todavía.
—¿Cuándo lo voy a necesitar?
— No lo sé. Por eso lo llevas tú.
—Gracias.
— No agradezcas. Vete.
Nova caminó hacia el pasillo. Antes de entrar, se giró. kaelvorn seguía de pie junto al asiento, con la cresta pulsando en oro pálido. Nova abrió la boca.
—kaelvorn.
— Dime.
—La canción. kethana nivra . ¿Se puede terminar?
kaelvorn tardó mucho en responder. La cresta se le apagó un instante.