La Semilla de Hierro (Hierro y Vacío 1) Capítulo 9 — La Arboleda Errante #3
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Capítulo 9 — La Arboleda Errante #3

El aire de la Arboleda le llegó antes que la visión.

Aire denso, cálido, con un leve exceso de humedad y un olor a biomasa bioingenierizada: una base vegetal sintética, parecida a hierba recién cortada, con una nota ácida tirando a amarga por encima.

Respiró. La nota ácida le entró por la garganta y le sacó una tos seca, una sola, que Nova no esperaba y no pudo controlar.

— Tu órgano del aire protesta —tradujo el aparato, después de un segundo. La voz al otro lado era kaelvorn, aún oculto detrás del recodo del pasillo—. Es normal. El nuestro protestaría con tu aire.

Nova carraspeó. Respiró otra vez, con más calma. La sostuvo y bajó.

La compuerta interior de la Arboleda se abría a un pasillo que no era pasillo: era más bien un túnel ondulado, con paredes cubiertas de la misma corteza exterior, iluminado desde arriba por una cascada de luces naranjas que subían por los surcos del techo como gotas de miel cayendo al revés.

El suelo era firme, algo blando, como corcho tratado, y no hacía ruido al pisar.

Nova caminó por el pasillo cinco o seis metros.

El pasillo se abrió a una sala oval de unos diez metros de diámetro, con una plataforma circular baja en el centro, de unos veinte centímetros de altura, y sobre la plataforma un asiento que parecía crecido del suelo.

Al lado del asiento, de pie, una figura alta.

Más de dos metros. Delgada, de proporciones alargadas, con las extremidades finas pero firmes.

La piel tenía un color pardo grisáceo, con vetas más oscuras en las articulaciones, una textura recubierta de escamas pequeñísimas que únicamente se veían de cerca.

En la cabeza, una cresta ósea bioluminiscente recorría la línea media desde la frente hasta la nuca: pulsaba en oro pálido a una frecuencia baja y lenta.

Nova no había visto una cresta así en ningún ser vivo —ni en holografía— y la mente, sin pedirle permiso, comparó la pulsación con el latido de un pez de profundidad de los acuarios de Fobos, el único referente cercano que tenía.

Los ojos eran cuatro, dos a cada lado: los de arriba grandes, amarillos, de pupila vertical; los de abajo más pequeños.

La boca era delgada, de labios finos. El cuello llevaba un pequeño anillo de metal trabajado con filigrana, del que salía una proyección delgada hacia el pecho.

Nova entendería, dos minutos más tarde, que ese anillo era el traductor del cuello.

Tenía que ser kaelvorn. Nova no lo había visto nunca, pero kaelvorn había hablado con ella por canal hacía dos semanas, y la nave era la suya, y nadie más estaba en la sala. Era él.

Nova se detuvo tres pasos antes de llegar a la plataforma.

kaelvorn se inclinó. La inclinación fue marcada, formal, con las dos manos, de tres dedos largos cada una, unidas a la altura del pecho. La cresta pulsó tres veces seguidas al inclinarse. Un saludo.

Nova, dudando qué hacer, se inclinó también: una leve inclinación de cabeza, la única forma de saludo formal que conocía, no la reverencia completa de kaelvorn.

kaelvorn habló. La voz grave, cantada, salió del pecho y no de la boca. El traductor del cuello resonó medio segundo después en un castellano mesurado.

— Me llamo kaelvorn del Clan Dhalshen. Honor al encuentro. Mi pueblo ha esperado cuarenta ciclos. Yo, desde mi edad adulta.

Nova tragó saliva. Estaba a punto de decir soy Reyes , como había dicho mil veces ante mil oficiales humanos, cuando algo, la inclinación absoluta de kaelvorn, una intuición que vendría desde otra parte del cuerpo, le dijo que ahí, frente a esa cresta de oro pálido y a esa lengua cantada, los apodos no servían.

Los Zynari nombraban entero o no nombraban.

Ella no lo sabía aún como regla, pero el cuerpo lo entendía.

—Elena Mila Reyes Novak. Teniente, Séptima Flota Terrana. Casi todos me llaman Nova .

El oro de la cresta de kaelvorn se avivó un instante y volvió a su ritmo lento. El traductor del cuello tradujo, con un cuidado mayor del habitual, una sola línea:

— Bien dicho, Elena Mila Reyes Novak. Mi pueblo agradece los nombres enteros. Quien los entrega los recibe.

Pausó.

— Tu nombre es largo. Mi traductor lo va a tropezar dos o tres veces antes de aprenderlo. Te pido paciencia con la máquina.

Al oír el nombre, la cresta se aceleró un momento y se aquietó. kaelvorn avanzó medio paso. Las dos manos abiertas, ofrecidas, hicieron un gesto breve hacia el centro de la sala.

Pero antes Nova hizo lo que había venido a hacer.

Sacó del bolsillo interno del traje, no del bolsillo del pecho, la esfera negra que Maren había extraído del cilindro el día anterior. La apoyó sobre la palma izquierda y la sostuvo a la altura del pecho.

La cresta de kaelvorn cambió de color de inmediato. Pasó del oro pálido al azul grave en menos de un segundo, y volvió al oro despacio, con cadencia de respiración profunda. Las dos manos largas se quedaron quietas a los lados del cuerpo Zynari. El traductor del cuello demoró en encontrar palabras.

— Esa pieza es nuestra. Eso es trabajo Zynari. Cristal isotópico hiperdenso, de las matrices arqueológicas. Estas piezas se alojan siempre en nichos de cinco puntos, fabricados en la luna Vhareth con aleación específica. ¿Cómo llegó a tus manos?

Nova respiró por la boca.

—De los restos. Restos de un casco del Colectivo destruido por mi flota. Lo recuperaron nuestros equipos forenses, los Rastrilladores, hace dos semanas. Estaba dentro de un cilindro de blindaje que ningún manual humano supo identificar. Nadie de mi flota sabía qué era. Yo tampoco. Vine a saber.

kaelvorn cerró los ojos un segundo. Cuando los volvió a abrir, los sostuvo en los de Nova más tiempo del habitual.

— Entonces la traes con peso. Esa pieza estaba dentro de un casco que tu gente abatió.

Era memoria que un refugiado llevaba consigo, archivo que su clan había encargado a alguien que se subiera a una nave huyendo.

El que la cargó no era piloto militar. En nuestra lengua hay un nombre para esa función: cargador.

Uno de los que se compromete a salvar dato cuando los cuerpos ya no se pueden salvar.

Tu flota no sabía. Quien disparó, tampoco.

El peso no lo decidiste tú. Lo decidieron otros, antes. Pero pesa igual.

Nova no respondió en voz alta. Algo, en el pecho, se hizo más pequeño.

— La llamamos semilla de hierro. No semilla como tu gente la siembra: dentro va guardado lo que fuimos. La pieza que tienes en la palma es de ese cargador, no mía. Ahora la cargas tú.

—¿Cómo se abre?

— Necesita un terminal aislado, sin red, y manos que sepan calibrar. Te dejaré los parámetros antes de que regreses. Sin interrupción, durante horas. La esfera responde al calor de la mano y a un código. Si se fuerza con uno equivocado, se cierra para siempre. Ten cuidado.

—Lo tendré.

— El calor que sientes es su propia densidad. Si se rompe, se cierra como un sol pequeño. Cuídala. No la enseñes a nadie que no conozca tu nombre entero.

—Gracias.

Nova la guardó otra vez. En el mismo bolsillo interno del traje, no junto a las chapas. Las chapas tenían peso propio. La semilla tenía otro. Por ahora seguirían en bolsillos distintos.

kaelvorn se retiró medio paso. Señaló con la mano la plataforma y el asiento crecido.

— Siéntate. Hablemos.

Nova se sentó. El asiento era más cómodo de lo que había esperado, cedía un poco bajo el peso, no rígido como un asiento de nave humana, más parecido a un árbol bajo al que se trepa un niño.

kaelvorn se sentó al otro lado de la plataforma, en una banqueta baja crecida del mismo material que el asiento de Nova, con las piernas largas plegadas hacia un costado.

Nova se había preparado para una conversación formal, protocolar. Lo que siguió no fue del todo eso.

— Empezaré con verdad —dijo kaelvorn—. Tu flota mata a los que mi pueblo intenta proteger. Eso es hecho. No te pido disculpa por hecho que no decidiste tú. Te pido solo que me oigas.

—Escucho.

— Esos a los que tu flota llama enemigo, los que combates en este sector, no son invasores.

Son refugiados. Su mundo fue destruido por los vraaz hace tres ciclos.

De los vraaz hablaré después. Los restos huyen.

Once mil huyeron. Algunos están armados, otros no.

Los que están armados defienden a los que no.

Casi ninguna es nave de guerra: en su mayoría son civiles reconvertidas. No tienen ejército.

Nova bajó la barbilla con calma. El puño izquierdo se le cerró contra el muslo.

— Mi pueblo se contaba por cientos de millones. Hoy cabemos en siete naves grandes y unas pocas chicas. Esta nave, esta voz, es de las últimas. Ya no somos los que empiezan. Somos los que quedan para que se nos nombre después.

Silencio. Nova no encontró qué decir.

— Yo perdí a mi cría menor, Yinta, hace dieciocho ciclos. En la caída de la luna Vhareth. Ella tenía cinco años, en tu cuenta. La llamamos por su nombre en cada ritual de los caídos.

La cresta de kaelvorn pulsó tres veces al decir el nombre. Después volvió a la frecuencia baja.

Nova tardó en responder. Cuando respondió, lo hizo con una cosa que no había planeado decir. Lo hizo porque, sentada ahí, le pareció la única cosa justa.

—Hace dos semanas —dijo Nova, y la voz le tembló—, en la caída de Prometeo, murió una piloto joven conmigo. Tenía diecinueve años. Se llamaba Kai Morales. Estaba empezando. Me cantó una canción corta antes de morir. La dejó sin terminar.

kaelvorn bajó los párpados. La cresta pulsó cuatro veces lentas, dos largas y dos cortas, en un patrón que Nova no entendió pero que se le grabó. Se quedó con los ojos así varios segundos. El traductor del cuello no tradujo nada. Cuando kaelvorn habló otra vez, lo hizo con lentitud.

— En mi lengua, una canción interrumpida tiene nombre propio. kethana nivra. Significa… El traductor hizo una pausa. …la nota que espera.

Nova repitió la frase en tono bajo.

— kethana nivra .

— Eso es.

Nova se la guardó. La quiso aprender bien. La iba a necesitar.