Capítulo 9 — La Arboleda Errante #2
Maren estaba en el banco, con los goggles bajados, trabajando en una pieza que Nova no reconoció, una especie de anillo de aleación con cinco orificios regulares. Levantó la vista al entrar Nova, le observó la cara, bajó los goggles del todo y los puso sobre el banco.
—Cierra.
Nova pasó el seguro y tomó el taburete.
—¿Qué te dijo?
—Una promoción. Asesora táctica del puente. Condición: revisión de lealtades con subordinados. Plazo, dos semanas para responder.
Maren apretó la mandíbula. El clic seco. Se lo había oído Nova mil veces. No dijo la palabra que le subió a la boca, Nova supo cuál era por la mueca mínima que se le cruzó a Maren, la boca abierta un milímetro antes de cerrarse y tragar. Lo que dijo fue otra cosa.
—¿Qué vas a hacer?
—No lo voy a aceptar.
Maren respiró, y la respiración le sacudió el pelo sobre la frente. Cerró los ojos medio segundo y los abrió.
—Reyes.
—Dime.
—Gracias.
—No me des las gracias.
—No lo hago por educación.
—Lo sé.
Maren dejó el anillo de aleación sobre el banco y se limpió las manos en la bata. Nova la registró así, después de mucho tiempo sin verla de ese modo, sin los goggles encima, el elástico le había dejado la marca roja de siempre en la sien izquierda.
—Necesito el canal nuevo —dijo Nova.
—Dímelo.
—Los Zynari. kaelvorn. Siguen esperando respuesta.
—Lo sé.
—Quiero ir.
Maren no dijo nada. Bajó la barbilla, apenas.
—Sola.
Maren demoró. La mirada se le fijó en un punto del banco, a la altura del anillo. La cabeza de Maren trabajaba con una lentitud deliberada, Nova ya sabía reconocerla, el tipo de lentitud que una ingeniera se permite cuando no quiere hacer el cálculo equivocado.
—Sola —repitió Maren. La palabra le salió plana, de calibrador.
—Si voy con otra gente, tengo que pasar por autorización. Y la autorización va a Operaciones, y Operaciones le pregunta a Orion. Y Orion va a oler que algo no cuadra en el vector. Y si huele algo, la conversación se rompe antes de empezar.
—Lo sé.
—No puedo llevar a nadie. Tiene que ser yo, una nave, una salida corta, un canal tres abierto contigo. Nada más.
—¿Tienes las coordenadas?
—Sí. kaelvorn las dejó en un segundo pulso dos días después de la primera transmisión, por el mismo canal civil antiguo. Peralta lo interceptó y me lo pasó en mano, sin subirlo a sistema. Las guardé en una hoja de fibra sintética en el forro interior del traje.
Maren tomó la tableta táctica, abrió el sistema de misiones del día y buscó una entrada.
Nova leyó por encima del hombro: Ventana 11:40–14:30.
Prueba programada de propulsores y reguladores tras combate reciente.
Abierta a cualquier Halcón de la 7ma que no esté en patrulla activa.
Autoriza: Operaciones. Clasificación: uno.
—No hay que inventar nada —dijo Maren—. La prueba está programada desde anteayer, y permite radio ancho: el piloto elige el vector dentro del aprobado.
Te inscribo con tu Halcón dos, vector cercano al máximo.
A esa distancia, en esa ventana, el salto al punto neutral te cabe en el margen. Sin un solo papel falso.
—Cuánto.
—Tres horas, de compuerta a compuerta. Noventa minutos con kaelvorn; el resto, ir, volver y cerrar el ejercicio registrado. El controlador cambia a las 14:00, y el que entra mira cosas que este no mira. Tres.
—Tres.
—Durante la prueba puedes desactivar las balizas de identificación; el protocolo lo permite para lecturas limpias, así que no apagas nada en modo contrabando: lo apagas por reglamento.
El combustible lo cuadro yo después; ajustar consumo tras una prueba de propulsores es mi trabajo, y nadie mira dos veces una corrección por desviación térmica del sensor.
Una pausa.
—Pero oye esto, Reyes. La curva gravimétrica del salto no la puedo borrar. Esa queda. Si alguien, cualquier semana, pide una auditoría cruzada de telemetría con vector esperado, la discrepancia aparece y caemos las dos. Nadie la pide por rutina. Pero existe. No te lo voy a maquillar.
—Entendido.
—Tres horas —repitió Maren.
—Tres —dijo Nova.
Maren inscribió el Halcón dos en la ventana de prueba, asignó el vector máximo permitido, cerró la tableta y se la guardó.
Miró a Nova a los ojos. No se dijeron más.
Nova se levantó. Maren le puso un instante la mano en la muñeca al cruzar.
Un contacto mínimo, de tres dedos, que duró menos de un segundo.
Nova no apartó la mano. Maren tampoco. Fue, pensó Nova después, lo más cerca que las dos habían estado de decir en voz alta la palabra que llevaban semanas no diciendo.
La palabra no se dijo. La palabra quedó en los tres dedos.
Nova salió, luego caminó al hangar y subió a su Halcón.
* * *
Antes del salto, Nova activó el módulo de spoofing electromagnético que Maren había montado en el motor dos durante la prueba previa.
Emitía una firma falsa de drive Zynari de antiguo modelo, en una banda que M.O.I.R.A.
catalogaba como no operativa por estar fuera del rango de comunicación moderna; lo que confundiría las patrullas de larga distancia durante noventa minutos: si alguien revisaba telemetría regional, la pista del Halcón dos quedaría registrada como contacto Zynari arcaico no clasificado en vez de como vector terrano. Después saltó.
A los veintiséis minutos del apagado, el sensor pasivo del Halcón detectó una firma de drive Zynari sublumínico, de baja amplitud, a noventa y seis mil kilómetros de distancia.
Una patrulla de reconocimiento Zynari. No la estaban buscando, estaban en vector programado hacia un sector distinto, pero su corredor pasaba a cincuenta mil kilómetros del vector de Nova.
Si la detectaban, Nova no podría explicar qué hacía ahí con la firma falsa Zynari de antiguo modelo.
No podría explicar nada. Se quedó quieta durante cuatro minutos, los propulsores en mínimo.
La patrulla pasó sin cambiar rumbo. No la vieron.
O si la vieron, decidieron que una firma Zynari de modelo antiguo no ameritaba correr.
Nova exhaló cuando el sensor marcó distancia creciente.
El sudor le goteaba por la espalda bajo el traje.
La cuenta cuatro cuatro seis no le llegaba desde los primeros cuatro minutos del apagado.
El salto al punto neutral duró veintidós minutos.
Las coordenadas que kaelvorn había dejado apuntaban a un punto vacío del espacio, a doscientos millones de kilómetros del arco de la Séptima, en un sector donde no había nada, ni planetesimales, ni boyas, ni ruido gravimétrico.
Era un punto elegido precisamente por su inexistencia.
Nova programó el reloj interno del Halcón para noventa minutos a partir del amarre.
Si el reloj llegaba a cero, saliera o no saliera el encuentro, Nova desamarraba y saltaba de vuelta.
Ese número era lo único no negociable de la mañana.
Cayó del salto y vio, a unos doce mil kilómetros, la nave de kaelvorn.
La Arboleda Errante .
El nombre que el traductor había dado dos semanas atrás no le había preparado para lo que Nova vio.
La nave tenía el tamaño aproximado de una fragata terrana, cien metros de eslora, pero ahí terminaba el parecido.
La forma no era angular: tenía una arquitectura que imitaba crecimiento vegetal, con pliegues que se entrecruzaban como la corteza de un árbol muy viejo y surcos más profundos por los cuales una luminosidad naranja se movía lentamente, como si la nave respirara.
A ambos lados, dos proyecciones curvas sugerían ramas largas rematadas en sensores o antenas o algo que Nova no tenía categoría para nombrar.
Era, pensó Nova, metal trabajado por alguien que ya no lo trataba como metal.
— Halcón terrano. —El canal civil antiguo se abrió.
La voz grave, cantada, de kaelvorn. El traductor automático del Halcón, ya familiar con la lengua Zynari tras la transmisión anterior, se acopló en medio segundo—.
Eres bienvenida. Aproxímate al gancho inferior izquierdo de la nave. Te abriremos la compuerta.
—Recibido —dijo Nova, y su voz le sonó más joven de lo que había sonado en semanas.
Nova aproximó. A medida que se acercaba, la textura del casco de la Arboleda se resolvía en detalles que la distancia había ocultado: patrones repetidos que no eran iguales pero sí relacionados, cada pliegue una variación sobre un mismo tema.
Los surcos naranjas se movían con un ritmo propio, que no coincidía con el ritmo del Halcón de Nova ni con ninguno que Nova conociera.
Savia , pensó Nova, y supo al pensarlo que la palabra era imprecisa y al mismo tiempo era la mejor que tenía.
El gancho inferior izquierdo se abrió. No se abrió con hidráulicos; se abrió con un movimiento que a Nova le recordó una flor cerrando y abriendo pétalos, pero al revés, una flor que se abre para recibir un insecto, una sola vez.
Nova ancló el Halcón al gancho. La presión se equilibró en cuarenta segundos.
El visor le marcó atmósfera compatible , con una pequeña advertencia: composición no estándar, revisar antes de retirar casco .
Nova esperó treinta segundos. La advertencia se mantuvo en naranja, no pasó a rojo.
La cabina ya tenía atmósfera Zynari rebajada en su circulación, sin daño aparente.
Aun así, antes de comprometerse, Nova entreabrió el sello del casco apenas un dedo y dejó entrar una bocanada de aire de cabina.
La garganta le picó, nada más. Contó hasta veinte.
El cuerpo no se rebeló. Solo entonces se quitó el casco: en una escena diplomática era una barrera, y eligió no tenerla. Abrió la escotilla.