Capítulo 9 — La Arboleda Errante
La Arboleda Errante
El despacho del General Orion estaba en la cubierta uno, pasado el comedor de altos mandos y antes del puente, en un tramo del pasillo que tenía, por razones que Nova no se había parado nunca a cuestionar, una alfombra sintética color vino en lugar de suelo metálico.
La alfombra, a esa altura de la flota, era un gesto deliberado: hacía los pasos silenciosos.
Quien llegaba a esa zona llegaba sin anunciarse.
—Puede pasar, teniente.
—Gracias.
Nova abrió la puerta. La cerró con suavidad a su espalda.
El despacho del General Orion era una sala de quince metros por ocho, con un ventanal lateral que daba al vacío profundo del sector frente, sin un solo cuerpo cercano que rompiera el negro, un escritorio amplio de aleación oscura, dos sillones bajos frente al escritorio, un mueble de pared con un reloj mecánico antiguo que marcaba la hora terrestre estándar en cuatro zonas distintas, y una pequeña mesa lateral con un servicio de té de metal esmaltado.
El servicio era de seis piezas, aunque Orion nunca recibía a más de tres personas a la vez.
Lo tenía por estética. El escritorio tenía cuatro cajones, tres de ellos abiertos a media altura.
El inferior derecho tenía un cierre biométrico activo: un compartimento de armería personal.
La academia recomendaba tenerlo y rara vez se usaba, los oficiales solían dejar el arma de servicio en el armero del nivel. Orion no.
El General Orion estaba de pie junto al ventanal, de espaldas a la puerta, con las manos cruzadas atrás.
El cabello blanco lo llevaba algo más largo de lo normal para un militar, tres semanas sin corte, Nova lo calculó por ojo, y el uniforme, bajo el hombro derecho, tenía una arruga leve en la costura que sugería que Orion había dormido con el uniforme puesto la noche anterior.
Todo eso Nova lo vio en menos de dos segundos; después se puso firme.
—General. Buenos días.
Orion se giró y sonrió. La sonrisa de Orion, cuando la ponía completa, tenía una calidad que Nova le había visto muchas veces: una mezcla de cansancio y de calor, la sonrisa de alguien que lleva años conociéndote y te quiere un poco.
Era la sonrisa que Nova había conocido a los catorce en la academia preparatoria de Tycho —donde los cadetes iniciales de la Séptima pasaban cuatro años antes de pasar a Prometeo, y donde cualquier oficial de rango mayor iba una vez al año a conocer a la siguiente generación—, cuando Orion, entonces coronel, había sido invitado a dar una charla sobre liderazgo y había elegido a Nova para una pregunta práctica y la había felicitado en público por la respuesta.
La sonrisa no había cambiado en doce años.
Hoy, y no antes, la sonrisa le pareció a Nova una cosa hecha, con trabajo previo. La sonrisa que alguien se pone antes de una reunión porque sabe que la va a necesitar.
—Pasa, Reyes. Pasa. Siéntate.
Nova se acercó. No se sentó. Permaneció de pie detrás del sillón bajo, con la mano izquierda apoyada en el respaldo.
—Siéntate —repitió Orion, y el tono se le ablandó—. Por favor. Esto no es un interrogatorio.
Nova se sentó.
Orion caminó hasta la mesa lateral, levantó la tetera, aún humeante, y sirvió en dos tazas chicas de aleación esmaltada. Sin miel. La miel no estaba a la vista. Orion no preguntó a Nova si la quería con miel. Le tendió la taza a Nova con las dos manos. Nova la recibió.
—Té —dijo Orion, y sonrió de lado—. Sin miel. Nunca me ha gustado con miel.
Nova bajó la barbilla un milímetro.
—Gracias, General.
Orion se sentó en el sillón de enfrente, cruzó las piernas y, tras un sorbo breve, posó los ojos en Nova por encima del borde de la taza.
—Quería hablar contigo sobre tu carrera.
—Sí, señor.
—Llevas seis años en la Séptima. Cuatro como piloto de Halcón.
Has recibido tres reconocimientos, una mención especial después del combate con kryx, y tu índice de disparo-impacto ha estado en el cinco por ciento superior de la flota durante los últimos dieciocho meses.
Eres, posiblemente, la mejor piloto de Halcón que tengo.
Eso no se lo digo a nadie. A ti te lo digo porque es información operativa.
Y porque, Reyes, hay decisiones que hay que tomar.
—Escucho, señor.
Orion dejó la taza en la mesa lateral. Unió las manos sobre la rodilla.
—Estoy considerando ofrecerte un cargo.
La taza se le detuvo a medio camino de la boca.
—Asesora táctica directa del puente. Cargo que no está en el escalafón estándar; lo crea un General de flota cuando lo necesita.
Análisis en tiempo real desde el puente, acceso a información operativa de primer nivel.
Salida del combate activo. En términos de carrera, tu siguiente grado lo haces en dos años en lugar de seis.
En términos económicos, duplicas el salario base.
Cobertura médica de nivel uno para ti y dos dependientes declarados. Es, Reyes, una promoción real.
Nova se quedó en silencio y dio un sorbo al té. El té sabía a té verde, a algo un poco amargo, a nada muy caliente y nada muy frío. No le gustaba.
—Gracias, General. Lo agradezco.
—No lo agradezcas aún. —Orion levantó la mano dos centímetros—. Hay condiciones.
—Escucho.
Orion respiró. La respiración fue un poco más corta de lo habitual.
—Un asesor del puente opera en un círculo cerrado.
Lo que pasa por sus manos no se filtra. El protocolo exige revisar el círculo cercano del candidato.
Una lealtad emocional con personal de la misma nave —superior, par o subordinado, el protocolo no distingue— es un conflicto de interés.
Aceptar el cargo es aceptar gestionarlo.
El vínculo se suspende, o la persona se reasigna a otra nave. Depende del caso.
Nova no parpadeó; el corazón le subió dos pulsaciones y respiró sin mover el torso. Orion seguía hablando con el mismo tono mesurado.
—No te estoy pidiendo que cambies a nadie, Reyes.
Te estoy dando información sobre el cargo.
Las decisiones, al final, son tuyas. Pero tú entiendes que un asesor táctico del puente no puede mantener vínculos personales demasiado estrechos con personal de su propia cadena operativa.
El manual lo dice con palabras distintas.
Tú ya lo oíste con las mías. Entiendes por qué.
—Entiendo, General.
—Bien.
Orion dio un sorbo al té y dejó la taza. Miró a Nova con una cortesía tranquila.
—¿Quieres pensarlo?
—Sí, señor. Un tiempo.
—Me parece sensato. Tómate el tiempo que necesites. Una semana. Dos. El cargo no se abre en lo formal hasta dentro de treinta días. No hay prisa.
—Gracias.
—Una cosa más, Elena. —Orion se inclinó un centímetro hacia delante.
El nombre propio, en boca de Orion, era una cosa que no salía nunca: en doce años, Nova lo había oído de él tres veces, todas tres en momentos que después había recordado como bisagras—.
En estos años, tú y yo hemos desarrollado una relación que yo valoro.
No tengo hijos. No voy a tenerlos ya. A las personas que me han acompañado de cerca las he querido con el afecto que tengo disponible.
Tú estás en ese grupo. Lo que te estoy ofreciendo no es un movimiento burocrático sino una puerta que yo he abierto porque creo que tú mereces pasarla.
Y porque creo que la flota te necesita cerca, no lejos. ¿Me entiendes?
—Le entiendo, General.
—Bien.
Orion se puso de pie, y Nova se puso de pie también.
Orion dio dos pasos hasta ella y le puso la mano en el hombro.
Esta vez, el hombro sobre el cual apoyó la mano estaba cubierto apenas por la camisa de uniforme, sin el traje de vuelo.
El calor de la mano traspasó la tela. Nova no logró distinguir si la mano estaba caliente o si la temperatura de Nova era baja.
Ya no confiaba en su propio cuerpo como termómetro.
—Piénsalo con calma. Hablamos la semana que viene.
—Sí, señor.
Nova saludó, se dio media vuelta, salió y cerró la puerta a su espalda.
La alfombra color vino absorbió los pasos. Nova caminó hasta el ascensor sin girar la cabeza, entró, pulsó cubierta dos, y las puertas se cerraron. Y en ese momento, y solo en ese momento, Nova se permitió respirar del todo.
El aire le entró en una sola inspiración larga, apenas audible.
Había estado conteniéndolo quince minutos sin saberlo.
El ascensor bajaba sin prisa. Nova se apoyó en la pared, con las piernas temblando.
El susto venía primero; el cuerpo cobraba después, cuando ya no había nadie delante. Le estaba cobrando ahora.
Ya había entendido la oferta. Le habían ofrecido quitarle a Maren.
A la única persona de la flota en la que confiaba.
Sin nombrarla, Orion le había dicho que el precio de la promoción era que Maren dejara de ser Maren: sin estatus cerca de Nova, o reasignada, o cambiada de cubierta, cualquiera de las formas que el sistema tenía de sacar a una persona de en medio.
Nova no había dicho no ni sí : había dicho lo pienso , había dicho una semana, dos . Ese dos semanas era el margen.
Nova no iba a aceptar el cargo. Esa decisión la tomó dentro del ascensor, en el segundo y medio que tardó en bajar de la cubierta uno a la dos.
No la tomó con palabras. La tomó con el cuerpo: con la mandíbula, con la mano derecha cerrada en puño, con el pulso que, nunca en doce años le había pasado, empezaba a latirle por una cosa que no era la flota.
Y decidió algo más. Decidió que lo que venía ahora, lo que le había ofrecido kaelvorn en la transmisión de dos semanas atrás, lo que kaelvorn seguía esperando del otro lado del sistema, ya no podía pasar por el protocolo oficial.
Si el protocolo oficial era el que iba a quitarle a Maren, Nova no iba a usarlo.
Las puertas del ascensor se abrieron en la cubierta dos. Nova salió. Caminó hacia ingeniería con paso firme.
* * *