Capítulo 8 — La Semilla de Hierro #4
—Porque las marcas azules son demasiado frías para ser obsoletas. Y porque la junta inferior tiene una geometría de cierre que no pertenece a ningún manual humano que yo haya visto. Tampoco a la firma del Colectivo. Esto, Reyes, es de otra parte. Y los Rastrilladores no tenían cómo saberlo.
—¿Lo abriste?
—Esta tarde, después del combate. Tenía dos horas y rabia suficiente. Me costó mierda, también.
Maren hizo un movimiento con tres dedos contra una de las marcas azules en cierto orden, una secuencia que parecía aleatoria pero no lo era.
La junta superior cedió cuatro centímetros con un suspiro de presión negativa equilibrándose.
Adentro había un núcleo: una matriz de circuitería más cristalina que metálica, en geometría hexagonal apretada, con conductos finos translúcidos en patrones que a Nova le sonaron a redundancia masiva —la lógica de algo construido para no fallar.
En el centro de la matriz, alojado en un nicho hecho a su medida con cierres de cinco puntos, había una esfera pequeña.
Maren la sacó con pinzas finas, la apoyó en un paño limpio; después se quitó las pinzas y la tocó con la yema del índice.
La esfera era del tamaño de una uva. Geometría dodecaédrica, caras pulidas. Negra, con vetas de cristal que no brillaban, apenas reflejaban mate la luz amarilla del banco. Tibia desde dentro.
—No sé qué es —dijo Maren—. Lo que sí sé es que el cilindro era contenedor.
Esto es lo que protegía. Por la geometría de los cierres internos, no estaba pensado para guardar combustible ni explosivo.
Estaba pensado para guardar archivo. Esto es un objeto de almacenamiento.
De alguien que sabía que iba a tener que ocultarlo.
Nova la cogió con dos dedos. Pesaba cien gramos, quizá. Para algo del tamaño de una uva, era mucho. La cerró en la palma; la tibieza la atravesaba, no se quedaba en la superficie. No emitía luz. No zumbaba.
—¿De los nuestros, no?
—No.
Algo en el cuerpo de Nova le dijo que esa esfera no se quedaba en el módulo siete con el resto de las cosas guardadas.
—Me la llevo.
Maren la miró y asintió una vez.
—Bolsillo del pecho, no del traje. Hoy duerme contigo.
Nova la guardó en el bolsillo interno, no junto a las chapas, en el otro lado.
Maren cerró el cilindro, le devolvió la funda y lo empujó contra la pared.
—Me voy a descansar —dijo Nova—. Mañana toca boya norte.
—Bien.
Maren no le dio té hoy: había una sensibilidad en eso, hoy no tocaba. Nova no necesitaba dulzura; necesitaba que nadie le ablandara nada.
Nova salió, volvió a su camarote y se tumbó con las botas puestas.
* * *
La llamada llegó a las 22:40.
Sonó el interfono de pared del camarote con el tono de llamada oficial, no con el tono de llamada personal.
Nova abrió los ojos. Estaba tumbada boca arriba, con las botas puestas y con la lámpara baja de la litera encendida.
Las dos chapas estaban en la estrecha repisa metálica junto a la cabecera, donde Nova las dejaba cada noche para no dormir encima del titanio.
Se incorporó, se apoyó en el borde de la litera y descolgó el interfono.
—Reyes.
— Teniente . —La voz del secretario personal del General Orion.
Un oficial llamado Pellegrini, que Nova había visto dos veces en tres años y que hablaba siempre con la misma entonación plana, como si leyera las palabras en una cinta—.
El General la cita a su despacho mañana a las cero nueve cero cero.
Conversación informal, no grave. Solicita su confirmación de asistencia.
—Confirmo.
— Gracias, teniente. El General también me pide que le transmita lo siguiente, cito: Reyes, no traiga nada. Ni informe, ni tableta, ni chapas, ni nada. Solo venga usted. Fin de cita.
Nova tardó un segundo.
—Transmita confirmación, por favor.
— Transmitida. Buenas noches, teniente.
—Buenas noches.
La comunicación cortó. Nova colgó el interfono.
Se quedó sentada en el borde de la litera.
Ni chapas. Carajo . La frase había sido citada con la precisión neutra del secretario, pero venía firmada por Orion.
Nadie en la Séptima sabía lo de las chapas: Nova las llevaba en el bolsillo del pecho desde hacía dieciocho años, ahora con la de Kai al lado, y nunca se las había mostrado a nadie excepto a Maren.
Y aun así Orion había pedido que no las trajera.
Nova no tenía cómo interpretar eso sin equivocarse, y ninguna de las maneras de leerlo era buena. La peor: que Orion estuviera marcando, con la frase, que tenía ojos en partes del cuerpo de Nova que ella consideraba privadas.
Nova se tumbó de nuevo y examinó el techo: las diecisiete vigas, la muesca en la tercera desde la izquierda.
Tarareó dos notas. La tercera se le quedó. La cuarta, atravesada.
Levantó la mano y palpó el bulto de las dos chapas en la repisa metálica junto a la cabecera.
No las apretó contra el pecho. No las metió en el bolsillo.
Las dejó ahí, sobre el titanio frío, donde Orion no las podía ver ni pidiéndolo.
Era una protesta breve. Una negación menor.
Pero era suya, y Nova nunca antes en doce años se la había permitido.
Mañana respondería como pudiera. Esta noche, las chapas se quedaban donde Nova decidiera.