Capítulo 8 — La Semilla de Hierro #3
Movimiento 5130-F. Fecha de ejecución: T más siete días.
Personal afectado: Alférez técnico Yolanda Acosta.
Alférez técnico Pedro Juanes. Alférez técnico Rivka Goldstein.
Destino: Centro de Evaluación Estratégica, Tycho Sur.
Motivo: rotación programada de personal experimentado.
Duración: indefinida. Firmante: Tte. Cmdte. R. Soria Castillo.
Nova leyó los tres nombres: el segundo le sonó a medias, el tercero no, el primero tampoco. Miró a Maren.
—¿Quiénes son?
—Acosta lleva quince años en ingeniería.
Juanes doce. Goldstein diecisiete. Los tres, entre los más antiguos de nuestra cubierta.
Los tres, los que más saben de Prometeo.
Goldstein fue parte del equipo que instaló los sellos de presión originales de Prometeo-Orbital hace quince años.
Esa mujer —Maren la señaló en la pantalla con el dedo índice— sabía dónde estaban los sellos de presión de verdad.
No los que figuran en el manual. Los que de verdad estaban. ¿Entiendes?
—Entiendo.
—Los tres se van a Tycho Sur. En siete días. A un centro que existe pero que no pide gente con experiencia de campo: pide analistas jóvenes. Los tres, con media vida en la Séptima, se van a un sitio donde no los van a volver a necesitar. ¿Me sigues?
—Te sigo.
—La rotación programada es ese tipo de palabra que los formularios usan cuando no quieren decir otra.
Reasignación. Archivo. Retiro blando. Lo que sea, lo que no quieren decir.
La Flota tiene, por política, no despedir a nadie de golpe.
Pero sí tiene la costumbre de moverlos a sitios donde no puedan contarle a nadie lo que saben.
Tycho Sur, como destino de un oficial de ingeniería de diecisiete años de servicio, es eso.
Nova volvió a leer los tres nombres y los memorizó: Goldstein. Acosta. Juanes.
—A mí Tanaka me mandó a tierra después de Prometeo —dijo Nova despacio—.
Dos semanas mínimo. Lo escribió en el expediente.
Pero hay una directiva firmada por Orion, vigente desde hace casi un año, que obliga a Tanaka a reincorporar a cualquier oficial de combate a menos que esté con criterio clínico terminal.
Tanaka firmó bajo protesta. Yo seguí volando al día siguiente.
Si Orion mueve a Goldstein a Tycho Sur por saber demasiado, Maren, a mí me mantiene volando por la razón opuesta: no quiere soltarme.
Maren la observó un segundo largo e inclinó la cabeza una vez, sin apuro. No respondió en palabras; giró hacia el filtro de humedad.
—La firmó Soria.
—La firmó Soria.
—Siempre Soria.
—Siempre Soria en el papel —dijo Maren—.
Nunca arriba, en ninguno de los documentos que me importan.
—Se limpió las gafas con el faldón del mono, sin mirar a Nova—.
Pero el que toca los borradores antes de que los firme Soria, Reyes, no puede ser Soria.
Soria está en otra cubierta cuando los tocan.
Eso lo dice el metarregistro. El que los toca está en la cubierta nueve.
Y en esa cubierta, de madrugada, hay tres credenciales posibles.
Dos están fuera, verificadas. Queda una.
No lo voy a decir en voz alta. Ya sabemos cuál es.
Nova cerró los ojos.
—Lo voy a poner en el cristal —dijo Maren.
—Ponlo.
Maren abrió el filtro de humedad, sacó el Kelso-4, lo copió al cristal con otro volcado en frío, lo devolvió, cerró el filtro y se lavó las manos en el esterilizador.
Nova la observó moverse. Maren lo hacía con una eficiencia callada: no hacía movimientos de más, ni miraba a los lados.
En los últimos quince días, Nova había empezado a notar esa eficiencia: la sentía deliberada.
Maren había reducido sus gestos al mínimo porque estaba economizando.
Maren no tembló, no dudó, y cerró el filtro antes de sentarse frente a Nova con la misma calma con que se sentaba en cualquier pausa.
—¿Cuánto has archivado ya? —preguntó Nova.
Maren alzó la vista hacia ella.
—Más que antes. Menos que después.
—No me digas cuánto.
—No te iba a decir.
Silencio. Nova se puso de pie, caminó hasta el filtro y apoyó la palma abierta contra la carcasa fría.
Un gesto sin función mecánica. Maren no le preguntó qué hacía.
Nova no lo sabía del todo. Era una forma mínima de decirle al cristal detrás del moho yo también .
Una forma de no dejar a Maren sola en lo que estaba haciendo.
Nova retiró la mano, volvió al banco y se sentó.
Maren no se movió.
—Hay otra cosa más.
—Dime.
Maren se inclinó debajo del banco. Sacó algo que Nova no había visto al entrar, porque estaba cubierto con una funda térmica gris empujado contra la pared. Retiró la funda. Lo que apareció debajo no era equipo estándar.
Era un cilindro del tamaño de un torso humano.
Negro, pero la negrura de un metal que llevaba mucho tiempo expuesto a algo, con vetas de óxido cobrizo subiendo desde la base en patrón de hoja muerta.
En la mitad superior, marcas ligeramente azuladas —no pintadas, integradas en la aleación, en figuras geométricas que no eran del todo escritura ni del todo ornamento.
Pesaba: la base reposaba sobre dos tacos de espuma técnica para no rayar el suelo del banco.
Nova lo miró sin tocarlo.
—¿Esto es de hoy?
—Lo trajeron los Rastrilladores hace dos semanas.
Lote consolidado de Prometeo, los restos peinados después de la batalla.
M.O.I.R.A. lo catalogó como fragmento estructural sin asignación, posible blindaje obsoleto .
Halevy lo derivó como baja prioridad. Lo desviaron a mí por amistad —equipo de Rosenberg, logo ≡◇. Lo tengo desde hace nueve días.
—¿Y por qué aquí?