Capítulo 8 — La Semilla de Hierro #2
El visor la registró en el canal de comunicaciones civil, un canal bajo, antiguo, que ninguna nave de combate tenía activo por defecto, no como señal de combate ni como descarga electromagnética.
El canal apenas se había activado porque Maren, semanas atrás, había configurado el Halcón de Nova para registrar señales en todos los espectros sin filtrar.
Lo que llegó por ese canal durante dos segundos fue música.
O algo lo bastante cerca de la música para que Nova no supiera nombrarlo de otro modo.
Una serie de tonos, once, Nova los contó después, con una progresión clara, intervalos irregulares y una textura que no tenía nada de aleatorio.
Los tonos subían y bajaban en un arco, sin azar.
En los últimos medio segundo, los tonos se aceleraron, se apiñaron, y el canal se cerró.
La nodriza cuatro se apagó. Los fragmentos se dispersaron en órbita.
—¡Reyes, ¿qué mierda estás haciendo?! —Kessler, furioso—. ¡Vuelve a formación!
—Recibido.
Nova retomó la formación. Siguió combatiendo.
Siete minutos más. Dos corbetas enemigas neutralizadas por ella, una compartida con Arteaga.
Más cascos cayeron durante el resto del combate: dos por Kessler en conjunto con otros dos Halcones, dos por el escuadrón de Vasilenko —Halcones doce y trece coordinados con la fragata Aurora —, uno por el crucero Tordo en una pasada larga.
La Séptima había neutralizado dos nodrizas, un puñado de corbetas y el grueso de sus enjambres de drones; las dos nodrizas las había cerrado Nova.
El enfrentamiento terminó a las 10:34 con disolución parcial del Colectivo.
Los restos se retiraron al sector 14-C. La Séptima regresó.
En el camino de vuelta, Nova no habló. Arteaga tampoco.
Nadie hablaba tras un combate. El silencio que seguía era una tradición que se había instalado en la Séptima sin que nadie la declarara: un silencio de respeto, de recuento, de no saber qué decir.
Nova, detrás de su visor, iba con los once tonos repitiéndose en la memoria. Nova no los tarareó. No se atrevió.
* * *
Aterrizó a las 11:07, pasó por el vestuario y se duchó sin pensar.
El agua caliente le escoció los nudillos; tenía tres nudillos raspados por el contacto con el bordillo del panel durante una maniobra brusca a los dieciocho minutos del combate, y no lo había notado hasta ahora. Se puso ropa de descanso. Salió.
En la puerta del corredor sur la esperaba Kessler. Tenía la cara de llevar un rato eligiendo las palabras y aún no las había terminado de elegir. La hizo entrar a una sala de briefing vacía. Cerró la puerta. No se sentó.
—¿Tú sabes lo que hiciste hoy, estúpida?
Nova tragó saliva y esperó a que siguiera.
—Te voy a decir lo que hiciste. Dudaste medio segundo frente a una nodriza en posición ofensiva.
Medio segundo. Sandoval cayó en el mismo enfrentamiento.
¿Te acuerdas de Sandoval, Reyes? Tres años con Renata, un hijo de tres en órbita lunar.
Y a Irati la perdimos hace dos semanas, en el sector nueve.
Y a Kai, antes, en Prometeo. Diecinueve años.
¿Quieres que siga? Tengo nombres para diez minutos más.
Cada uno cayó porque alguien dudó medio segundo.
Y hoy, mi mejor piloto, te quedaste mirando una luz bonita en la cúpula de una nave enemiga con ojos de cadete de primer año. Como una idiota.
Nova bajó los ojos. La barbilla le tocó el pecho del uniforme.
—Si vuelves a hacerlo en mi escuadrón te bajo del Halcón yo mismo. Y esta vez no firmo en protesta. ¿Me oyes?
—Sí, líder.
—Quiero saber qué viste.
Ahí Nova guardó silencio. Pensó en el parche detrás de la oreja, en el buffer verde con la grabación, en las once notas.
Pensó en lo que pasaría si soltaba la palabra música delante de Kessler.
No era a Maren a quien echarían primero —eran las dos.
Reasignación al instante. Tycho Sur. La grabación borrada.
Maren había dejado de existir como ingeniera jefa antes del fin del turno.
Y a Nova la mandaban a tierra el mismo día.
La duda y el silencio empataban en el peor de los marcadores.
—Distorsión en el visor, líder.
Kessler la sostuvo cinco segundos largos, quietos. Después inclinó la barbilla una vez, despacio.
—Distorsión en el visor —repitió—. Anotado.
Nova entendió que Kessler no le creía. Kessler entendió que Nova lo sabía. Y los dos, en ese silencio, decidieron sin decirlo dejar la cosa donde estaba. Kessler abrió la puerta y salió. Nova esperó tres segundos y salió detrás. Bajó a ingeniería.
Maren estaba de pie frente al banco, con los goggles bajados, limpiando con alcohol un cable que parecía funcional. No había nada en el banco que necesitara limpieza con alcohol. Nova lo registró. No dijo nada.
—Cierra —dijo Maren sin girarse.
Nova cerró la puerta. Echó el seguro.
—Siéntate.
Nova se acomodó en el taburete. Maren dejó el alcohol, el cable y el trapo.
Se quitó los goggles y los subió a la frente, se acercó a Nova y puso las dos manos abiertas sobre el banco, delante de ella, con las palmas hacia abajo.
Respiró. Nova la había visto respirar así antes: era la respiración de quien va a recibir una herramienta pesada con los dos brazos porque con uno no se puede.
—Cuéntame.
—Hoy, en el combate —dijo Nova—, una nodriza dejó de dispararnos.
Todas las baterías pasaron a defensiva pura.
Interceptaba plasma entrante en lugar de devolverlo.
No se acercó a atacar. Maniobraba para sobrevivir.
Kessler me dio orden de derribarla. Dudé.
Poco. Medio segundo. Apreté el disparador. Ya se estaba rompiendo cuando apreté.
Nova respiró por la nariz.
—En los últimos dos segundos, la nodriza emitió una señal. Canal civil. Se grabó sola en el Halcón porque tú me pusiste la captación sin filtros. La tengo en la grabación de cabina. Creo que nadie más la captó —el canal civil no estaba en la escucha estándar de la flota— pero no lo puedo confirmar.
Maren bajó la cabeza una vez.
—Tráela.
Nova salió al hangar. Volvió con el cristal de extracción del buffer, un pequeño disco de cuarzo del tamaño de una moneda.
Maren lo insertó en el lector trasero del banco, el que no dejaba log.
La pantalla verde del banco se iluminó. Maren desplegó la forma de onda: once tonos, intervalos irregulares, un orden que no era casual.
Reprodujo la grabación varias veces, a distintas velocidades.
La última escucha la hizo con los ojos cerrados.
Nova la contempló escuchar. El perfil de Maren, con los ojos cerrados, con los goggles sobre la frente y el pelo medio suelto, le recordó por un segundo a otra cara que Nova no había visto nunca en persona: la cara que Nova imaginaba de Ixa, la hermana de Maren, a la edad a la que Ixa había muerto.
Maren abrió los ojos.
—Ponlo otra vez —dijo.
Nova lo puso otra vez. Lo escucharon juntas.
Maren fue identificando, en tono bajo, cosas que Nova no habría sabido ver.
Le dijo: primer tono y séptimo son la misma frecuencia, con un corrimiento mínimo; eso es rima .
Y más tarde: el último medio segundo se acelera porque alguien apretó el botón de envío antes de terminar; se envió incompleto .
Al final: Reyes, esto no es una señal de combate.
No tiene estructura militar. Tiene estructura…
civil. O ceremonial. O las dos cosas. No lo sé.
—¿Qué es? —preguntó Nova.
—No lo sé.
—Maren.
—No lo sé. No tengo categoría para esto.
Podría ser una advertencia, una rendición, una canción de despedida.
O una transmisión rutinaria que alguien activó en ese momento porque no tenía otro canal.
No tengo manera de decidirlo sin comparar con otras señales del Colectivo, y no tengo otras.
Tú eres la única persona de la Séptima que ha grabado una así.
—¿Militar no es?
—No. Eso sí te lo puedo decir.
Nova bajó los párpados y los volvió a alzar. Respiró mal: el aire le entró cortado.
—Entonces.
—Entonces, chiquilla —Maren bajó el tono hasta el límite de lo audible—, tú disparaste a algo que estaba intentando decir algo que no era fuego .
Lo que decía no lo vamos a saber nunca. Mandó la señal incompleta.
La única que sabía morirá en esa nave. Y ya murió.
Lo que sí te puedo decir es que no era estructura militar.
Y eso es lo que vas a tener que cargar tú. No el medio segundo. La pregunta.
Nova no dijo nada y bajó los ojos a las manos.
Tenía un nudillo sangrando, un hilo de rojo.
Maren lo vio. Sacó del bolsillo de la bata una tira adhesiva fina, Maren tenía siempre tiras adhesivas en la bata, Nova no se había preguntado nunca por qué, la despegó, se la puso a Nova en el nudillo con la delicadeza con que se pone un sello en un documento. No comentó.
—Maren.
—Dime.
—No quería disparar tarde.
—Lo sé.
—Quería disparar en el momento correcto. No antes. No al final.
—Lo sé.
—¿Y si el momento correcto no existía?
Maren la observó dos segundos.
—Entonces, has hecho lo que hemos hecho todas. Disparar en el momento menos malo.
Nova bajó la cabeza.
Se quedaron un rato. Maren guardó el cristal en el cajón de tornillos dispares.
Después lo sacó de ahí, no, aquí no , y lo guardó detrás del filtro de humedad, al lado del Kelso-4 y la piececita iridiscente.
Tres cosas, ahora, detrás del moho verdoso.
Nova lo siguió con la vista al cerrar el filtro.
—Hay otra cosa —dijo Maren al fin.
—Dime.
Se sentó frente a Nova. Sacó del bolsillo de la bata la tableta táctica personal, la suya, no la de ingeniería, y le mostró una pantalla. Nova leyó. Era un movimiento de personal fechado esa mañana.