Capítulo 8 — La Semilla de Hierro
La Semilla de Hierro
Nova había volado once horas en tres días.
Patrullas de rutina. Barrido de boyas. Un turno largo de escolta a un convoy de suministros que venía de Ceres Sur.
Nada había pasado. Nada en el sentido oficial de la palabra.
En el sentido otro, todo estaba pasando: Nova sentía, sobre la mastoides, detrás de la oreja izquierda, la presencia del parche que Maren le había pegado, un peso mínimo pero constante bajo el pelo, que la mano buscaba sola; sentía, sobre el bolsillo del pecho, las dos chapas con una densidad nueva.
Once horas de vuelo. Cero conclusiones. Todo acumulándose, esperando.
La formación del Colectivo era la más densa que la Séptima les había visto, más contactos de los que solían sacar a la vez.
El briefing fue rápido y en voz baja. Nadie venía a tiempo: la Tercera seguía clavada en Saturno sacando civiles, y su avanzada estaba a horas; la Novena, contenida por política en el cuadrante ocho, no mandaba ni un Halcón.
La Séptima salía sola a las cero nueve cero cero.
Todos los escuadrones activos. Todos los Halcones al completo.
Combate en zona abierta. Y debajo de cada cifra, lo que ningún oficial nombró en voz alta porque no se nombran las cosas que no se entienden: nadie sabía contra qué iban a pelear.
Una concentración así, en el Colectivo, había precedido siempre a algo más.
Por los pasillos hacia el hangar dos se cruzaban técnicos con cargas de munición e ingenieros gritando códigos.
Nova divisó a Kessler hablando por interno con dos jefes de escuadrón.
Distinguió a Maren atravesando el corredor central con dos asistentes detrás.
La Hécate hacía el ruido sordo y grueso de una nave que sabe que sale a pelear de verdad.
Nova terminó el café, escuchó el briefing, se puso el traje y, sin mediar palabra con nadie, bajó al hangar.
El Halcón dos la esperaba con el casco reparado, el filtro de alta densidad montado, los dos depósitos de oxígeno llenos hasta el sello superior, y una marca diminuta de marcador térmico blanco que Maren había dejado sobre la placa de la barbilla, una equis diminuta que significaba revisado por mí .
Nova pasó la mano por la equis. La borró con el pulgar. Subió.
* * *
El enfrentamiento comenzó en el minuto tres.
Al salir del drive, Nova vio algo que el briefing no había mencionado: detrás de las corbetas de combate venían naves mucho más grandes.
La cabina las clasificó como naves-nodriza; parían enjambres de interceptores ligeros, los drones de cabina vacía que Maren había documentado tras Prometeo.
El Colectivo no las había desplegado antes: habían escalado, o se habían quedado sin otro recurso.
—Halcón dos, Reyes, Kessler en el canal. Flanco derecho, barrido de corbetas. Ignoras las nodrizas. No tenemos perfil de su armamento aún.
—Recibido.
—¡Cuidado con los enjambres que salen!
—Recibido.
Nova viró a cuarenta y cinco grados y, en el mismo segundo, Arteaga, Halcón nueve, el pediatra casado, se puso a su derecha a veinte metros.
Tres corbetas del Colectivo ya estaban en su perímetro de tiro.
Haces de partículas focalizadas azul-blancas empezaron a cruzar el panorama.
Tres haces casi simultáneos. Nova viró sobre el eje para evadir el primero.
El segundo le pasó a dos metros del ala derecha —sintió el resplandor del paso por el visor.
El tercero le rozó el escudo de fase y le bajó la reserva al setenta por ciento de golpe.
Tres haces, tres respuestas distintas, en menos de cuatro segundos.
Disparó una ráfaga de plasma. El regulador de la primera corbeta estalló.
La nave se apagó entera. Arteaga, en paralelo, disparó al segundo blanco: escudos agrietados, segundo pulso, impacto en la cúpula. Apagada.
A los doce minutos, Nova y Arteaga habían barrido una decena de cascos entre los dos, casi todos drones de cabina vacía que apenas esquivaban.
Era una cifra buena. Era una cifra demasiado buena.
Las pocas corbetas tripuladas que venían entre ellos se resistían con menos precisión que en enfrentamientos anteriores.
Parecían menos entrenadas, menos familiarizadas con el terreno.
O combatían a medias, con el grueso de la maniobra ocurriendo en otro sitio.
—Reyes, Kessler otra vez. Nodriza dos descendiendo al arco central. Halcón once y tú. Aproximación oblicua. Nosotros despejamos flanco.
—Recibido.
Nova aceleró. Halcón once se acopló a su flanco derecho a doscientos metros y empezó a barrer las baterías de fase laterales con ráfagas cortas mientras Nova buscaba el ángulo del motor principal.
La nave-nodriza dos era un casco compacto del doble de tamaño de una corbeta, con las dos cúpulas principales cerradas y tres baterías de fase girando en sus ejes articulados, sin prisa, de modo que Nova viró para acercarse por un ángulo que la ocultara el tiempo que tardara en colocarse.
El visor le marcó el punto débil a los sesenta mil kilómetros: el ensamblaje del motor principal, en la parte posterior, con el escudo de fase más delgado.
Mientras Halcón once mantenía ocupadas las baterías laterales, Nova apuntó al motor.
Disparó una ráfaga de plasma. Tres impactos.
El escudo se agrietó. Cuatro más. Escudo caído.
Dos tiros de plasma al núcleo del motor.
La nodriza se deshizo desde atrás hacia delante.
Los hangares internos se abrieron como cajones rotos.
Nova vio salir, justo antes del colapso, dos pequeños enjambres de drones interceptores, los defensores internos, que Nova supuso iban a salir al combate.
Los enjambres no atacaron. Se quedaron dispersos.
Uno viró y se fue en dirección al borde del sector.
El otro se perdió en la inercia y no respondió a nada.
—Nodriza dos, neutralizada —dijo Nova en el canal—. Los enjambres no están en combate activo.
—Confirmado —dijo Kessler.
A los veintidós minutos, Halcón once cayó.
Sandoval, Halcón once (Nova había cenado con él dos veces; le caía bien por cómo hablaba de su mujer en presente), tuvo un fallo de escudo y un impacto directo en la cúpula.
No gritó. El canal se cortó como se corta un cable que alguien pisa.
Nova lo registró sin tiempo de pensarlo. Siguió.
—Reyes, Arteaga, respirando rápido. Nodriza cuatro a tu siete. Setenta mil kilómetros. Se acerca.
Nova giró. La cuarta nodriza era similar a la segunda: cúpulas cerradas, baterías de fase, trayectoria recta a velocidad media.
Nova buscó el ángulo, lo encontró, apuntó al mismo punto débil y disparó tres ráfagas seguidas que agrietaron el escudo.
La cuarta lo bajó. Apretó el disparador para la quinta, y fue entonces cuando la nodriza cuatro hizo lo que no hacía ninguna nave del Colectivo que Nova hubiera visto.
La nodriza no apagó nada. Mantuvo escudos máximos, cañones en rotación evasiva, propulsores en corrección activa.
Y en medio de esa maniobra brutal, al borde de lo que su estructura podía aguantar, emitió durante trescientos ochenta y siete milisegundos una ráfaga comprimida en banda civil: once tonos encadenados a alta velocidad, modulados sobre la frecuencia portadora base de los comms del Colectivo.
Menos de medio segundo. El resto del tiempo se defendió con todo lo que tenía.
La ráfaga se repitió dos veces más durante el enfrentamiento.
La tercera vez, el Halcón de Nova ya estaba en posición de disparo.
Las baterías de fase dejaron de apuntar a los Halcones y pasaron a interceptar plasma entrante.
La luminosidad azul-blanca que siempre precedía al disparo de un haz ofensivo se transformó en un patrón distinto, más corto, más reactivo: pulsos cortos contra los proyectiles que se acercaban, no contra los Halcones.
La nodriza cuatro siguió avanzando, pero ya no buscaba blanco.
Apenas buscaba sobrevivir el tiempo justo para terminar la ráfaga.
El dedo, sobre el disparador, no bajó.
Fue un instante. Una fracción. La décima de segundo que un piloto de la Séptima, entrenado con la precisión brutal con que los entrenan, se permite rara vez.
Nova vio la nodriza acercarse sin disparar, vio las baterías apuntar al frente neutro, vio, creyó ver, más tarde nunca lo pudo confirmar, la cúpula delantera parpadear en una luz distinta, no de combate, más bien de comunicación.
Nova apartó el dedo del disparador por una fracción más.
—¡Reyes! —Kessler, en el canal común, con voz alta—. ¡Derríbala!
Nova volvió la mano al disparador, pero el cuerpo ya había hecho la pausa. La pausa había existido; no se podía deshacer.
—¡Reyes!
Otra fracción. Nova apretó. Dos ráfagas seguidas.
Impactos directos al motor ya agrietado.
La nodriza cuatro se abrió por el medio despacio: primero la cúpula delantera con tajo de cuchillo, luego el casco central, al final el motor.
Durante los tres segundos que tardó la destrucción, Nova sintió el peso de su propia pausa en los brazos, en el estómago.
Había disparado tarde. Por poco. Pero tarde.
En los últimos dos segundos antes del colapso, la nodriza cuatro emitió una señal.