Capítulo 7 — El Ajuste #3
El gato del vecino apareció por la valla, gris, viejo, con una cojera leve de la pata derecha que Liss había empezado a curarle el verano pasado sin pedirle permiso a nadie.
Maulló sin convicción. Liss le tiró media galleta de avena.
El gato se la comió y se fue. Era la única visita que iba a tener en todo el día.
Desde el patio, bajo un cielo de nubes bajas y viento de abril, una estrella que hacía ocho días que no existía aún no se había apagado en el relato de Liss, porque a ella no se lo habían dicho.
Es bueno estar entre las estrellas , le había dicho Alejandro la última vez, con la voz de quien se avergüenza un poco de ponerse poeta, pero yo prefiero una vida pisando la Tierra .
Liss se había reído entonces. Alejandro, también.
* * *
Aterrizó en el hangar dos a las 15:18. El controlador le dio la aproximación con el mismo tono monótono.
Cuando las compuertas se cerraron detrás del Halcón y la presión se normalizó, Nova se quitó los guantes sin prisa y dejó el casco en el soporte.
Bajó por la escalerilla y tocó suelo con las dos botas.
Y entonces lo vio.
El General Orion estaba de pie, junto al panel de control del hangar, con las manos cruzadas a la espalda.
Había dos técnicos detrás de él, haciendo como que revisaban un portapapeles digital pero a las claras sin hacer nada.
El hangar dos, a las 15:18, no tenía motivos para tener al General presente en persona.
Era un hangar secundario, un turno menor, una aterrizada sin escuadrón.
Era justo el tipo de aterrizada en que nadie se fijaba.
Por eso Orion estaba ahí.
Nova caminó hacia él con paso firme. Ni lento ni rápido, hubiera sido demasiado evidente. Paso de piloto que regresa de misión y sabe que le toca saludo al superior presente.
—General.
—Teniente Reyes. Bienvenida.
—Gracias, General.
—¿Rutinario?
Orion sonreía. Apenas la comisura derecha.
El mismo gesto que Nova había visto antes en él, sin que entonces le pareciera importante, y que ahora volvía a verlo, sin testigos.
Era un gesto menor. Se podía negar. Nadie podría demostrar más tarde que Orion hubiera sonreído; era una sonrisa a nivel sub-gestual, de los músculos más finos de la cara, de los que no entran en los análisis de lenguaje corporal de los manuales de combate.
Nova mantuvo los ojos fijos en los de él. Dos segundos. Tres.
—Rutinario, General.
Orion movió la cabeza con una leve lentitud. La respuesta no le sorprendía; la esperaba.
—Bien, Reyes. Buen trabajo.
Orion hizo entonces lo de siempre con una variación leve: la palma izquierda esta vez, no la derecha; el hombro izquierdo, no el derecho; sin apretón, apoyo nada más. Un gesto espejo del de hacía siete años, en la insignia, y del de hacía dos semanas, en el briefing.
Nova sintió bajo la palma, por primera vez en los doce años de ese gesto, una cosa concreta.
Quietud.
No el peso vivo de una mano que recién se levanta para apoyarse, con ese leve temblor de pulso al hacer contacto.
Este era un contacto quieto, asentado, que había estado descansando en otra parte y llegaba al hombro de Nova ya en reposo.
La mano del General Orion no acababa de entrar en este hangar.
Llevaba ahí un tiempo, quieta, esperando.
—Reyes.
—General.
—Siga así.
—Sí, señor.
Orion retiró la mano, dio media vuelta y caminó hacia la compuerta interna del hangar dos. Los dos técnicos que fingían revisar el portapapeles se pusieron firmes al pasar. Orion no les dedicó una mirada y salió.
Nova se quedó donde estaba. Tres segundos sin moverse.
Luego dio el primer paso, un paso suave, de piloto que se aleja del Halcón tras aterrizar limpio, y caminó por el hangar hacia la escalera lateral.
El buffer verde con las sesenta imágenes estaba debajo del panel, al alcance del técnico de cabecera.
Maren se encargaría más tarde. Nova tenía una cosa ahora. Una cosa sola.
Se llevó la mano derecha al pecho del traje, donde estaba el bolsillo interno.
Apoyó la palma. A través del aislamiento no sentía las chapas una a una, el traje era demasiado grueso, pero sentía el bulto compacto de las dos juntas, contra su pecho.
Apretó. Apretó más. Las chapas, debajo, se le clavaron a la piel a través de la camiseta interior.
No iba a marcársele. Ya se había marcado antes.
En el hombro donde Orion había apoyado la mano, la sensación de quietud tardó dos minutos en disiparse. Nova contó los dos minutos. El despegue, el desfase del drive, los segundos del canal de Maren: en estos días casi todo le llegaba con un número pegado.
Llegó a la escalera, bajó dos cubiertas.
Fue al baño de la cubierta dos, el mismo baño de la aleación fría, el mismo donde el día del Explorador había vomitado café y bilis y nada, y se apoyó con las dos manos en el borde del lavabo.
Se observó en el espejo. Se vio pálida, con una sombra violeta bajo los ojos y el pelo aplastado por dentro del casco.
Se vio también otra cosa, nueva: una pequeña dureza en la boca, una línea fina que en dos semanas se le había ido dibujando en la comisura izquierda sin que ella la pidiera.
La orden la firmaba Soria. Pero el lugar al que la habían mandado no era casualidad.
Alguien arriba sabía qué había allí, porque alguien arriba acababa de salir de allí: el eco no tenía dirección, pero tenía dueño.
Y desde el punto que marcaba la orden, las dos firmas quedaban fuera de alcance.
La habían mandado a mirar nada —monoplaza, canal apagado, ocho horas sin testigos— para leerle el reporte a la vuelta.
No importaba qué viera. Importaba qué dijera haber visto.
Si no veía nada, el rastro estaba limpio; si veía y callaba, era de las que callan.
Les servían las dos respuestas. El desfase de Maren le había dado ojos que la prueba no preveía, y aun así Nova había vuelto diciendo Rutinario, General .
Para alguien que sabía qué buscar, era la respuesta correcta. Por hoy, eso bastaba.
Se echó agua fría a la cara. Dos manos llenas.
Sacó las chapas del bolsillo. Las puso en la palma izquierda. Miró la de Kai Morales, K. Le pasó el pulgar por la letra grabada.
—Kai. Voy a volver mañana. —La voz le salió ronca, casi sin sonido.
No explicó qué. No hacía falta: lo sabía Nova, lo sabía la chapa. Si los muertos escuchaban, y Nova, desde hacía quince días, había empezado a sospechar que a veces sí, lo sabía Kai también.
Guardó las chapas.
Salió del baño. La luz blanca del turno diurno seguía constante.