Capítulo 7 — El Ajuste #2
Le volvió, sin que lo buscara, un nombre viejo: la capitana Okonkwo, que había pasado por el sector 12 hacía un par de años y poco después había dejado el combate por un destino administrativo en una cubierta lejana. Nova no lo había pensado en mucho tiempo.
El salto terminó con la caída de velocidad estándar: siete segundos de reposicionamiento, un leve zumbido en el soporte vital, y el panorama estático de vuelta. Debajo, otra vez, el sector 12-D.
No había nada.
O mejor: había lo que siempre hay en una zona muerta de espacio interestelar a cuarenta millones de kilómetros de una ruta comercial: estrellas lejanas, una tenue nebulosidad de fondo, la sombra de un planetesimal a treinta millones de kilómetros, nada más.
El radar de Nova barrió los tres espectros en secuencia.
Térmico: dos firmas muy débiles, ambas por debajo del umbral de la IA.
Electromagnético: ruido de fondo. Gravimétrico: una depresión muy sutil en las coordenadas declaradas por la orden, el tipo de depresión que deja detrás de sí una flota pequeña después de un salto.
Detrás . Lo que el informe había llamado firma de salto anómala era en realidad el eco de un salto ya completado.
Cuando Nova llegó, ya estaba hecho. El eco no tenía dirección.
No apuntaba a ningún lado. Era un agujero en la gravedad donde antes había pasado algo.
— Firma de salto anómala —repitió Nova en tono bajo, nada más para oír la frase.
La frase sonó hueca en la cabina. Nova sonrió sin boca: una sonrisa militar, sin ternura.
Continuó hasta las dos firmas térmicas débiles.
Estaban a cuatro mil kilómetros una de otra.
La primera, al llegar, resultó ser un fragmento metálico del tamaño aproximado de un contenedor de carga, oxidado en los bordes, con marcas en el casco que Nova reconoció a tres kilómetros de distancia: marcas de la Flota Terrana .
Aleación estándar. Pero la numeración —aumentó la imagen al máximo— era de una unidad que no estaba en los registros oficiales.
Un prefijo numérico, TXA- , que el clasificador de la cabina no reconoció.
Le puso al panel la pregunta: ¿qué es TXA-?
, y el panel devolvió: unidad no identificada en base de datos consolidada .
La segunda firma fue peor.
La segunda firma, al acercarse, resultó ser un casco de combate viejo, de los que había usado la flota hacía veinte años, los de faldón lateral largo y visor redondeado, flotando libre en el vacío, sin cuerpo.
Nova se acercó a treinta metros y aumentó el zoom al máximo.
La pieza rotaba lentamente sobre su propio eje, con una grieta en el lado izquierdo y un cráter pequeño en la parte superior.
Dentro, en el forro interior, se distinguía un jirón de tela militar con un código de unidad bordado a mano.
Era una práctica antigua —los pilotos personalizaban el forro del casco con la insignia de su unidad cosida al cuero, antes de que los protocolos de identificación cruzada la hicieran redundante.
Un casco así no se había visto en unos veinte años.
Nova tragó saliva y giró. Encontró, a ochocientos metros, un segundo casco.
A mil doscientos, un tercero. Todos con marcas de la misma unidad.
Todos de la misma época, sin cuerpo, sin nave.
Lo que tenía Nova delante era una caja negra dispersa de una operación que había terminado hacía años y de la cual nadie, nadie con acceso nivel tres o inferior, había oído hablar.
Una base demolida sin registro.
Nova sacó la mano del sidestick y la apoyó sobre el borde del panel. No hizo anuncio por el canal oficial, que estaba apagado por la propia orden. Lo único que podía hacer ahora era seguir mirando.
Dos pulsos cortos contra la mastoides, dos toques pegados al hueso que Nova sintió antes de oírlos. El canal nuevo se abría.
—Reyes —dijo Maren, con voz apenas audible, casi pegada al micrófono—. ¿Me oyes?
—Te oigo.
—No digas dónde estás. No digas qué viste. Escucha y haz.
—Digo.
—Hay tres zonas reales en esa firma de salto anómala.
Las dos que acabas de ver, el contenedor y los cascos, son la primera y la segunda.
Yo te mandé al punto desde donde podías detectar las dos sin moverte mucho —por eso el desfase del drive al salir.
La tercera está a ciento noventa kilómetros de tu posición actual, en dirección al uno ocho dos del plano local.
Quiero fotos espectrales de las tres. Canal visible, canal térmico, canal gravimétrico.
Cinco tomas por zona, con separación de treinta segundos entre toma y toma.
No archives las imágenes en el sistema normal.
Usa el buffer externo de la cabina, el verde, no el blanco.
Cuando vuelvas las extraigo yo. ¿Recibido?
—Recibido.
Silencio. Maren, al otro lado, oyó el canal respirar.
—Reyes.
—Sí.
—No preguntes por qué. Todavía no.
—Vuelve.
—Siempre.
Corte. El canal nuevo volvió al negro. Nova quedó sola con el silencio del vacío.
Hizo lo que Maren le pidió: voló a las tres zonas, disparó los sensores en cada una, y las imágenes se guardaron en el buffer verde, un módulo de cristal aislado del resto de la cabina que Maren había instalado meses atrás sin decirle a nadie.
Una hora larga de tomas y saltos cortos.
Durante esa hora, la cabina estuvo llena de silencio.
Cuando terminó, Nova giró el Halcón hacia las coordenadas de regreso.
Inició la secuencia de salto hacia la Hécate.
Mientras el sistema cargaba el arco, sin quererlo, volvió la cabeza un centímetro a la izquierda y vio, ampliado en el visor lateral con zoom automático, ya a tres kilómetros de distancia, lo que quedaba del primer lugar: aquel fragmento oxidado de casco, girando despacio en el vacío.
Veinte años sin enterrarse. Veinte años a la deriva.
Se guardó la imagen. No en ningún cristal ni en telemetría.
TXA. Tres letras que el clasificador no conocía. Nova tampoco. No las resolvió: otro número que no cuadraba. Los números que no cuadraban no se tiraban; se guardaban enteros, esperando su turno.
El salto se ejecutó: cuarenta y tres minutos. Nova no pensó durante esos cuarenta y tres minutos: se lo prohibió. Tarareó, muy bajo, dos notas; la tercera se le quedó entre los dientes, y no llegó a la cuarta.
* * *
Tierra, zona rural del suroeste — al amanecer, hora local andaluza.
En la cuenca andaluza, antigua zona agrícola reconvertida dos siglos atrás en corredor ecológico protegido, las hileras de tomates del huerto trasero saludaban al primer sol con las hojas todavía plegadas por el rocío.
Liss Urquiza salió al patio con el café entre las dos manos y se detuvo en el tercer escalón, como hacía siempre, para mirar el terreno despertar.
Le gustaba el silencio previo: el olor a tierra mojada, el zumbido bajísimo de los recicladores de agua enterrados bajo las parras, el momento en que los primeros pájaros (gorriones, tordos, un mirlo que volvía cada abril) empezaban a probar sus gargantas como músicos afinando.
Esa mañana había salido temprano. Una hora antes de lo que ya era temprano.
Alejandro bajaba el viernes. Entre el viernes y el fin de semana había un margen de cortesía que ella había decidido usar para tener la casa limpia, para cambiar las sábanas, para recoger las fresas del bancal norte ella misma.
Las fresas estaban en el refrigerador de la cocina, lavadas y cortadas. Dos bandejas. Alejandro siempre comía más de las que decía que iba a comer.
Llevaba cinco días sin mensaje. Los canales de las boyas de frontera, él le había explicado mil veces, eran inestables: bastaba una tormenta solar para que se cayeran días enteros.
Si no escribía, era porque estaba trabajando o porque el sol había vuelto a tumbar el enlace, no porque se hubiera olvidado.
Liss lo había aprendido a aceptar. Cinco días, por ahora, quedaba dentro de la curva normal.
El mundo ruidoso de allá arriba, estos últimos días, hablaba de faros caídos, de una flota desplazándose, de listados que tardaban en cerrarse.
Liss los despejaba cuando los cruzaba. Si a Alejandro le hubiera pasado algo, se decía, a ella se lo habrían dicho.
Que no se lo hubieran dicho significaba que no le había pasado.
El razonamiento era impecable, y ella se aferraba a él como a una válvula.
Encendió la bomba del bancal tres y revisó los goteros. Regó. Se tocó el pelo, corto, detrás de la oreja, un gesto mecánico de las mañanas. Siguió con su turno.
A media mañana se sentó en el banco de piedra del porche con el segundo café.
El cuaderno estaba ya abierto donde lo había dejado al amanecer, en la página del día; el bolígrafo, en el surco del lomo.
Apoyó la punta en el margen y la levantó sin haber escrito.
Algunas mañanas eran así. La taza era de cerámica, despicada por el borde, una taza que Alejandro había traído de un mercado de Granada hacía dos años con la pretensión cómica de hacerle un regalo importante con muy poco dinero.
Liss la usaba todos los días desde entonces.
La sostenía con las dos manos por costumbre, no porque quemara: las cerámicas comunes no quemaban.
Quemaban las de aleación de la flota, las que Alejandro le describía por canal cuando había canal, las que pesaban más de lo que un objeto a esa altura tendría derecho a pesar.
Aquí abajo , había dicho Liss una vez, las cosas pesan lo que tienen que pesar .
Alejandro se había reído por canal con un ruido de fondo de turbina, y le había dicho que iba a pedirle que se lo repitiera el día que estuvieran los dos pisando el mismo suelo.