Capítulo 7 — El Ajuste
El Ajuste
La marca del arnés seguía en la clavícula cuando despertó por séptima vez.
Pasó más de una semana desde el silencio de los faros, casi dos. Ninguna respuesta directa de la Arboleda.
El comedor olía a pan tostado y a Rust Mug recalentado. Nova no entró: giró a la izquierda antes de la puerta y bajó la escalera sur dos cubiertas hasta ingeniería, con el paso más corto del que acostumbraba. Maren estaba ahí como siempre.
Nova entró por el taller y cruzó al despacho.
Sobre el banco donde Nova siempre se sentaba esperaba un jarro térmico, con la cinta blanca estampada con el logo gastado de una empresa constructora que ya no existía.
Dos dedos de té, ya con la miel mezclada: la holandesa, la buena. Nova conocía el olor.
—Pasa —dijo Maren sin levantar la vista.
—Me estabas esperando.
—Yo siempre te estoy esperando, Reyes. Eso ya deberías saberlo.
Nova se acercó al banco y tomó el jarro con las dos manos. La aleación mate estaba tibia, no caliente: el té llevaba cinco minutos servido. Era una precisión que Nova había dejado de notar hacía tiempo. Esta mañana la notó.
Bebieron dos sorbos en silencio. Maren hoy tenía los goggles sobre la frente y los ojos al descubierto.
Nova evitó mirarlos de frente los primeros segundos; luego, sin intención, los buscó.
Había ahí una cosa que no estaba la tarde anterior.
No era susto, tampoco esa aceitosa calma de Maren cuando había decidido algo.
Era un cansancio distinto al habitual. Nova no preguntó, sabía que Maren tampoco se lo contaría.
—Gracias por el té —dijo Nova.
—Me estás dando gracias por cosas que no se agradecen, chiquilla. Córtala, carajo.
Nova curvó apenas la boca y bebió.
—Maren.
—Dime.
—Anoche…
—No me cuentes anoche. —Maren levantó una mano, la palma abierta, como pidiendo pausa—. No hoy. Hoy no es el día. Yo ya sé lo que tengo que saber para hoy. Tú también. Con eso basta. Vivamos un día a la vez, ya luego veremos.
Nova movió la cabeza con calma, cerró la boca y bebió. En el silencio que siguió oyó pasos en el pasillo. Pasos cortos, firmes, de bota militar. Se detuvieron delante de la puerta exterior del módulo siete. Nova supo, por el ritmo, que era Kessler antes de que Kessler tocara.
Dos golpes. Formales.
Maren la estudió un segundo, luego se levantó del banco, salió del despacho y cruzó el taller hasta la puerta exterior.
La abrió medio metro. Kessler estaba al otro lado con un sobre gris en la mano izquierda y el rostro desencajado, una expresión que Nova no le había visto nunca.
Le hizo una seña mínima con los ojos; Nova salió al pasillo y cerró la puerta del módulo siete detrás de ella.
Kessler tenía la barba corta color hierro y los ojos de un gris cansado.
Era de los pocos líderes de escuadrón de la Séptima a quienes les importaba más el respeto de sus pilotos que mandarles.
—Reyes.
—Líder.
—Tengo una orden para ti. De operaciones, directa.
—Lista.
Kessler le puso el sobre en la mano. Lo retuvo medio segundo antes de soltarlo.
—Léela aquí. Sin testigos dentro —y movió la barbilla apenas hacia la puerta del módulo siete, hacia donde estaba Maren.
Se apoyó contra la pared del corredor, con los brazos cruzados, y esperó.
Nova abrió el sobre con el pulgar. La tableta dentro era de fibra sintética flexible, del grosor de tres hojas y del tamaño de un libro de bolsillo.
Tenía la orden cargada en pantalla, con la cabecera sobria del sello de operaciones, y la firma digital al pie.
Nova leyó dos veces, levantó los ojos hacia Kessler y volvió a la tableta.
Orden operativa confidencial 5092-R. Destinataria: Tte.
Elena Mila Reyes Novak. Misión: reconocimiento profundo en sector 12-D.
Motivo declarado: detección de firmas de salto anómalas a cuarenta millones de kilómetros del cinturón bajo 12-N.
Formación: monoplaza. Piloto acompañante: ninguna.
Apoyo de escuadrón: ninguno. Regla de enfrentamiento: observación en silencio, no enfrentamiento.
Protocolo adicional 4-B: transpondedor de identificación desactivado durante el arco completo de misión.
Canal abierto con la Hécate: apagado; reporte integral a la vuelta.
Duración estimada: ocho horas de arco. Firmante: Tte.
Cmdte. R. Soria Castillo. Clasificación de encriptación: cinco.
Nova leyó la línea del transpondedor dos veces más, como si las palabras fueran a reordenarse solas. Decían lo que decían.
El transpondedor era el dispositivo por el cual un Halcón de la Séptima decía al universo soy de los nuestros . Apagarlo, en ocho años de carrera, Nova lo había visto solo en operaciones encubiertas y en rescates secretos. Ninguno se parecía a reconocimiento profundo por firma de salto anómala .
Levantó la vista de la tableta.
—Entiendes lo que dice esto, líder.
—Lo entiendo.
Kessler respiró y apartó la vista un segundo hacia la esquina superior derecha del módulo, donde había un generador auxiliar con una luz roja muy tenue parpadeando. Después volvió a Nova.
—Yo firmo órdenes, no las escribo. Pero si quieres saberlo, no era yo quien tenía que entregarte esto. Me tocó porque pedí que me tocara. No quería que te la llevara otro.
—Eso me sirve.
Nova quiso preguntar algo más y no le salió. Kessler la estudió un segundo largo; empezó a decir algo, se frenó, y volvió a empezar.
—Lo que tengo que hacer como oficial es decirte que firmes y salgas a volar. Eso es lo que te estoy diciendo. No estoy diciendo nada más.
Nova le sostuvo la mirada un segundo y asintió, una vez. Después apoyó el pulgar en la casilla biométrica al pie del formulario; la tableta validó y la firma digital quedó registrada. Kessler recogió la tableta y la guardó, dentro del sobre, en el bolsillo interno del uniforme.
—Despegue a las cero siete cero cero. Hangar dos. Halcón tuyo. Ya está puesto a punto. Buen vuelo, Reyes.
—Gracias, líder.
Kessler la sostuvo con la vista dos segundos más y le puso la mano en el hombro: un apretón breve, con los dedos fuertes, con la palma entera apoyada. Distinto del gesto de Orion. Después se fue, pasillo abajo, sin mirar atrás.
Nova esperó que el ruido de las botas de Kessler se perdiera en la curva del corredor. Después volvió a entrar al taller, cruzó al despacho de Maren y cerró la puerta detrás de ella. El jarro térmico seguía sobre el banco, con el té ya frío.
—Maren.
—Espera.
Maren caminó al fondo del módulo y abrió el panel lateral del banco de herramientas, el que Nova había visto abrir mil veces para sacar destornilladores y que hoy se abría para otra cosa.
De un compartimento interior, detrás de una hilera de brocas ordenadas por diámetro, sacó un parche pequeño, del tamaño de un botón de uniforme, con dos contactos dorados en un lado y una película adhesiva en el otro, hecho a mano.
Caminó hasta Nova y le pidió, con un gesto de barbilla, que se apartara el pelo detrás de la oreja izquierda.
Nova obedeció. Maren le limpió la piel detrás del lóbulo con una gasa de alcohol, sobre la mastoides —ese hueso duro y plano del cráneo—, y aplicó el parche, presionándolo tres segundos hasta que la película se selló.
Ajustó la posición, volvió a presionar, y el parche quedó pegado, oculto bajo el pelo de Nova.
No estaba implantado: se podía retirar con la uña si hacía falta.
—Conducción ósea —dijo Maren sin mirarla—.
Lo armé yo con piezas de telemetría que la flota dio de baja hace tres años.
Va por la mastoides directo al oído interno.
Canal de comunicación propio, solo entre tú y yo.
Aviso de dos pulsos cortos contra el hueso si entra alguien.
Si necesitas hablar sin que escuchen arriba, ese es el canal.
Nova se llevó la yema a la oreja, sobre el parche, y asintió una sola vez.
—Si me contactas, contesta siempre primero al canal nuevo. Y no lo abres tú; solo lo recibes. Si hay interferencia, cortas y dejas pasar unas horas antes de volver a usarlo. ¿Entendido?
—Entendido.
Maren se giró y la miró de frente, después de horas sin levantar los ojos del banco. Nova vio en la cara de Maren la misma tercera cosa de antes, pero ahora con un brillo nuevo, casi dulce, que no le había visto. La memorizó.
—Reyes.
—Sí.
—Quiero que vuelvas.
—Voy a volver.
Nova tomó el casco. Maren le anudó con los dedos una correa suelta que Nova podía haber anudado sola. Nova la dejó hacerlo: los dedos manchados de aceite permanente se movieron frente a sus ojos con una delicadeza de costurera. Después Maren retiró la mano, abrió la puerta y le dio paso.
Nova salió al pasillo y caminó hacia el hangar.
* * *
El despegue fue limpio. A las 07:00 y doce segundos el Halcón de Nova salió de la compuerta externa con el transpondedor apagado —no lo apagaba en cuatro años—. El visor lo indicó en la esquina inferior izquierda con una leyenda roja diminuta: ID OFF .
Nova puso rumbo al sector 12-D. El sistema de salto le calculó un arco de cuarenta y tres minutos en superlumínica ligera. Aceptó la ruta, se reclinó un poco en el asiento, y apoyó la mano en el borde del panel.
Cuando el drive se cerró, el sistema de posicionamiento le marcó el punto de emergencia con una corrección automática que Nova no había programado.
Cuarenta mil kilómetros de desplazamiento.
Pequeño para ojos militares, grande para ojos de ingeniera.
Nova lo anotó bajo fluctuación de drive en curva baja y siguió.
Durante los primeros veinte minutos del salto no pensó en nada útil.
Después volvió, con una nitidez que sorprendía, algo que le había dicho una vez Pasos, su profesor de la academia, el del puntero láser que no apuntaba: que una orden rara se lee al revés, no por lo que pide, sino por el lugar adonde te manda.
Nova dejó la frase posarse. Sector 12 .