Capítulo 6 — Sellos de Presión #4
—Salomón —dijo Maren. Era la primera vez que lo llamaba así en dos años.
—Salomón —repitió Halevy, y el nombre le salió como quien repite una palabra que hace mucho no dice.
Había algo en el tono, algo que no era de este día, algo de cuatro años atrás: una esposa que se había llamado Tamar, que había muerto de cáncer cuando los dos ya pasaban de los cincuenta y habían aceptado que no iban a tener hijos.
Halevy no lo dijo. Maren lo leyó entero en la curva del hombro que bajaba y subía sin ritmo.
—¿Quieres que me haga cargo? —preguntó Maren.
—Quería pedírtelo. Sí. Tú tienes la doble credencial, ingeniería y enlace familiar. A mí la línea técnica me quema. A ti te la aceptan con menos preguntas. Y si lo hace alguien que valore lo que tiene en la mano, mejor.
—Me hago cargo.
—Gracias.
Halevy devolvió el anillo a la cadena, selló la bolsa y se la entregó a Maren. Ella la guardó dentro del overol.
—Tómatelo con calma, Jansen. No hay plazo oficial. Hay plazo humano. Y el humano es el que importa esta vez.
Maren sonrió en respuesta, una sonrisa breve de agradecimiento, y salió del despacho. Cruzó el pasillo sin mirar a los técnicos de las mesas. Bajó la escalera hasta la cubierta siete. Llegó al camarote.
Se sentó frente a la terminal personal del camarote. Abrió el directorio de comunicaciones civiles, el público, el que los soldados y los técnicos usaban para hablar con familiares. Tecleó los datos que Halevy le había pasado:
Urquiza, Liss.
El sistema devolvió un registro. Una dirección en la Tierra, zona rural del suroeste, antigua cuenca andaluza.
Una fotografía de perfil: quizá una mujer de treinta y pocos, pelo corto, una sonrisa que no era para cámara.
La fotografía tenía dos años. Maren la sostuvo un segundo más de lo que necesitaba.
Finalmente copió la dirección en una nota privada, en un archivo que nadie salvo ella iba a abrir, y cerró el sistema. No escribió nada todavía: no sabía qué, y Maren no empezaba una carta sin saberlo.
La bolsa con la cadena, la placa y el anillo del grabado diminuto quedó en uno de los cajones del camarote, encima del apunte de la dirección.
* * *
Maren volvió a ingeniería a las 23:00. Cenó de pie junto al banco, con los goggles sobre la frente, con una cuchara en una mano.
Cerró la puerta con seguro. Maren no solía hacerlo: el seguro del módulo siete, si se cerraba, quedaba en la bitácora.
Se cerraba por dos razones: una, trabajo clasificado; dos, para que dos cuerpos tuvieran tres metros cuadrados sin bitácora.
Nadie en ingeniería preguntaba cuál era.
Esta noche Maren eligió quedar en la bitácora.
Una ingeniera que cierra con seguro le está diciendo al que mira bitácoras que está haciendo un trabajo que no quiere que interrumpan, o una cosa íntima que no tiene por qué documentarse.
La ambigüedad era protección. Nadie lo investigaba.
Fue al filtro. Sacó el cristal. Le añadió un tercer documento encontrado durante el día: un cambio de personal de guardia en el nodo 3 de Prometeo-Orbital firmado por Soria Castillo siete días antes del evento.
El cambio había retirado a dos operadores de veinte años de carrera, Petersen y Villaseñor, y los había sustituido por Moretti y Rocha, dos jóvenes con año y medio cada uno, ninguno con formación en detección anómala.
No era ilegal, desde luego; encajaba sin fricción con una política de rotación.
Pero coincidía, en la ventana temporal, con la desactivación del firmware.
El metarregistro, Maren lo comprobó, mostraba la misma huella que los otros dos: documento abierto en cubierta nueve, terminal CN-02, a las 02:40, firmado por Soria a las 03:17.
Otro que Soria firmaba, otra vez el borrador tocado en la cubierta restringida, otra vez el patrón.
Tres documentos, tres firmas subalternas, los tres borradores tocados en la misma cubierta y en la misma franja horaria.
Por alguien cuyo nombre no figuraba en ningún registro, pero cuya credencial era una de las tres que podían estar ahí a esa hora.
Descartados los almirantes, quedaba una sola.
Ninguno decía traición . Cualquiera, defendido por un abogado hábil, encontraba lectura inocente.
Los tres juntos eran otra cosa. Eran un patrón.
Y el patrón, Maren lo sabía, era lo que se buscaba cuando se buscaba un sello de presión defectuoso.
Copió, desalineó el cristal del lector, lo devolvió detrás del moho y cerró el filtro.
Se sentó en el suelo, con la espalda contra la misma pared donde se había sentado con Nova al mediodía. Miró el banco a oscuras.
Pensó en su hermana.
No era la primera vez esa noche. Pero pensó distinto.
Pensó en la forma en que, a los diez años, había apagado la ventilación equivocada: no la del fuego, la del otro sector.
Apretó el botón equivocado y abrió, en lugar de cerrarla, la válvula que alimentaba oxígeno al sitio donde estaba Ixa.
Aquel día no pasó lo irreparable: un equipo del sector siete contuvo el fuego a tiempo y sacó a Ixa por una escotilla de servicio con el pelo chamuscado y una quemadura larga en el brazo derecho.
Lo irreparable llegó diecinueve años más tarde, una madrugada de hacía doce, cuando Maren tenía veintinueve y estaba de guardia en la sala de control de la estación lunar Hiemal-4, leyendo una novela, sin haber revisado por tercer turno seguido las juntas de la cámara tres donde Ixa, veintiocho años, recién trasladada a la dotación médica, dormía sola.
La despresurización había sido lenta. Para cuando la alarma bajó a la sala de control, la cámara tres ya era vacío.
Desde entonces Maren se había vuelto la ingeniera que no se distrae.
Esta noche pensó en Ixa porque entre Nova y Maren había una ventilación, como había habido entre Ixa y Maren una ventilación, y esta vez, se dijo Maren, no iba a apagar la que no era.
Lo primero que se quema no es lo que más grita. Es lo que está más cerca del oxígeno.
El oxígeno, en la vida de Nova, era Maren misma. Si iba a quemar, lo que tenía que quemar primero era ella: no Nova, ella.
Se tocó el dorso de la mano. Una, luego dos veces.
Salió de ingeniería. Se fue al camarote.
Se tumbó. Miró el adhesivo de la empresa constructora que ya no existía: ingeniería civil segura .
Pensó en cómo segura , en los manuales, jamás quería decir sin riesgo .
Quería decir con redundancias suficientes para que, si falla una cosa, no se muera nadie de inmediato .
Una palabra modesta, una palabra con márgenes que prometía tiempo y aire.
Afuera, en el filtro de humedad detrás del moho verdoso, una láminita translúcida del tamaño de una uña, un cristal Kelso-4 que ningún lector moderno reconocía ya como hardware vivo, guardaba tres documentos encriptados.
No emitía luz ni actividad. No figuraba en ningún registro de la flota. Esperaba.
La luz azul del pasillo parpadeó tres veces, el pulso bajo de la nave, el latido de los reguladores del turno de madrugada. Maren no cerró los ojos. Pensó en Ixa, en Nova.
Tres cubiertas por encima, detrás de una puerta cerrada del todo, se decidía un calendario sin Maren en la sala.
Dos cubiertas por debajo, Nova miraba el techo con sus diecisiete vigas y no dormía tampoco.
Tenía la mano sobre el bolsillo del pecho, sobre el bulto de las dos chapas, contando sus muertos en plural. Cuatro. Cuatro. Seis.
Y dentro de la Hécate-7 , en un filtro de humedad escondido entre moho verdoso, tres documentos encriptados esperaban, inertes, fríos.