La Semilla de Hierro (Hierro y Vacío 1) Capítulo 6 — Sellos de Presión #3
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Capítulo 6 — Sellos de Presión #3

—Sí.

—El cuerpo a veces tiene razón. No siempre. Pero cuando tiene razón, hay que escucharlo un rato antes de obligarlo a dormir.

Nova inclinó la barbilla, una vez, y el pulso se le había puesto leve, muy leve, en una parte del cuello donde antes no lo notaba. Ninguna de las dos hablaba del sueño.

—Maren.

—Dime.

—¿Tú estás durmiendo?

—No.

—Hace cuánto.

—Hace mucho que no duermo. Creo que cuatro meses, quizá un poco más.

Nova miró a Maren. Maren miró a Nova. La mirada duró cuatro segundos, quizá más.

No pasó nada —ninguna palabra, ningún gesto— y al mismo tiempo pasó toda una escena: Maren le estaba diciendo algo sin decírselo, y no iba a decírselo todavía; algo no cuadraba en la nave, y ella había elegido no cargarla con eso, pero tampoco mentirle.

Tú sabes que yo sé, yo sé que tú sabes .

Nova sintió que el bolsillo del pecho le pesaba un poco menos.

Bajó la mirada y tomó un sorbo largo. La miel real bajaba distinta al endulzante artificial: más densa, con un fondo amargo de flor.

—Me diste de la buena —dijo Nova.

—Hoy sí.

—¿Por qué hoy?

Maren se tomó un momento.

—Porque hoy toca.

Nova no preguntó qué tocaba. Bebió otro sorbo. Maren le observó las manos un segundo. Nova aflojó la presión de los dedos alrededor de la taza, un gesto mínimo de apertura. Maren asintió apenas.

—Reyes.

—Dime.

—Si yo te pidiera, un día, sin explicación, que hicieras una cosa, ¿la harías?

—Depende qué cosa.

—Algo que rompa protocolo. Algo que tú no harías por tu cuenta.

Nova levantó la vista. Maren miraba la placa destrozada.

—Eso lo hago.

—¿Sin preguntar?

—Sin preguntar.

—¿Aunque venga de mí sola y no de nadie más?

—Sobre todo entonces.

Maren cabeceó. La misma palabra que Maren había usado aquella madrugada. Ninguna de las dos sonrió.

—Bien —dijo Maren—. Sal de aquí. Tu turno empieza en cuarenta minutos.

Nova se puso de pie y dejó la taza en el banco.

Antes de cruzar la puerta giró la cabeza.

Maren ya se había puesto los goggles: estaba inclinada otra vez sobre la placa irreparable, con el moño sucio cayéndole a la izquierda.

Nova se quedó dos segundos mirándola. Quería decirle algo y no supo qué, de modo que cerró la boca y salió.

* * *

A las 12:50 Nova estaba en la cabina del Halcón dos, en patrulla rutinaria, con Kessler al frente y un novato llamado Teixeira a la cola.

Ciento cincuenta minutos de arco perezoso entre dos boyas, a velocidad baja, sin acercarse a ningún sector sensible.

Lo que la Séptima llamaba patrulla pala-de-hielo : un turno aburrido para que el cuerpo mantuviera el hábito. Nada iba a pasar.

Nova puso el Halcón en semiautomático. Bajó el visor al diez por ciento.

Cerró los ojos cuatro segundos, no más; un piloto no cierra los ojos más de cuatro segundos en cabina activa, y los reabrió sobre el panorama de siempre: estrellas pintadas, Júpiter por detrás como una moneda con hendidura roja.

Pensó desordenado. Primero en la miel holandesa.

Luego en el tono con el que Maren había dicho algo que rompa protocolo .

Luego, y este era un giro traicionero, en la puerta cerrada a las cuatro de la mañana, en la luz de guardia más baja de lo habitual, en el silencio concreto que no era silencio de nadie durmiendo.

Recordó la mano de Orion en el hombro siete años atrás, el día de su insignia.

Recordó la misma mano cuatro días atrás, en el briefing.

Volvió, sin motivo, a su padre. A cómo su padre había muerto en un accidente que, según el informe, había sido error humano.

Nunca había leído el informe entero. Ahora, en la cabina del Halcón dos, con Júpiter a la izquierda, la idea se le quedó en el pecho como un trozo de metal frío.

Una cosa nueva dentro de ella, sin nombre. Sin categoría aún. Maren la había confirmado, con la miel holandesa y con un pasillo estrecho: vivía también dentro de Maren. La cosa no tenía nombre. Nombrarla era comprometerse. Pero estaba ahí, y una vez dentro no se iba.

Nova subió la luminosidad al cuarenta por ciento. Movió el sidestick medio grado a la derecha para corregir un aporte de viento solar que no necesitaba corrección. Lo dejó así. A veces se hacían maniobras inútiles para acordarse de que había un cuerpo pilotando.

—Reyes, aquí Kessler. ¿Todo bien por allá?

—Todo bien, líder. Aporte raro del viento solar. Corregido.

—Recibido.

Pausa. Después, más bajo, en el canal de escuadrón:

—Teixeira, micrófono abierto. Llevas cuarenta minutos.

—Recibido, líder. Corrijo.

Silencio en la cola del canal. Kessler corrigió a continuación, sin cambiar el tono:

—Quince minutos a la boya.

Nova apretó los dedos contra el sidestick.

Pulgar contra el metal. Un dedo contando segundos.

Durante los siguientes quince minutos no pensó en nada nombrable.

Pensó en el peso del casco, en las dos chapas en el bolsillo del pecho, la del padre, la de Kai Morales, K.

, veinte gramos de muertos apoyados en el esternón.

* * *

A las 18:47, cruzando la cubierta cinco para firmar un parte de mantenimiento de rutina, Maren pasó por delante del Centro de Análisis Forense.

No era una sala que visitara. Sanidad, Inteligencia, Forense, esas cubiertas tenían sus propias ingenieras; Maren respetaba el reparto.

Pero el parte que llevaba exigía la firma biométrica del jefe de mantenimiento del centro, Halevy, y Halevy se resistía a la mensajería interna como a un insecto.

Para él las autorizaciones se daban en persona, con la huella apoyada en la tableta del que pedía, mirando a los ojos.

No firmaba lo que le mandaban por canal. Así era él.

Entró por la puerta lateral. El despacho de Halevy era un compartimento angosto al costado del laboratorio principal, con una ventana de vidrio hacia las mesas de peritaje, dos archivadores metálicos y una mesa limpia.

Halevy esperaba detrás de la mesa, con el uniforme medio abierto y un jarro térmico casi vacío.

Cincuenta y ocho años, terrano de la zona que antes de la Unificación Terrana había sido Tel Aviv y que ahora figuraba en los registros administrativos, sin mayor ceremonia, como Sector Mediterráneo Oriental, Municipalidad 114.

Viudo hacía cuatro años, sin hijos. Se llamaba Salomón y casi nadie lo sabía.

La mayoría lo llamaba apenas Halevy, y él prefería así.

—Jansen.

—Halevy. Parte de mantenimiento del ala posterior. Necesito tu firma.

Halevy le recibió la tableta. Leyó el parte con la parsimonia de no firmar jamás sin leer. Maren esperó de pie. Por la ventana se veían las tres mesas de peritaje, las bolsas selladas con etiqueta transparente. Tres técnicos trabajando en silencio.

Halevy apoyó el pulgar en la casilla biométrica. La tableta registró la firma. Le devolvió el aparato a Maren. No soltó la tableta al primer tirón.

—Jansen. Antes de que te vayas.

Maren esperó.

Halevy se levantó. Fue a uno de los archivadores, lo abrió y sacó una bolsa sellada con etiqueta transparente. Volvió a la mesa. Apoyó la bolsa entre los dos.

—Esto es de la 016. Me lo trajeron ayer porque el que lo tenía no sabía qué hacer con ello. A mí me traen esas cosas. Mira.

Maren se acercó. Dentro de la bolsa: una cadena metálica fina, de las que usaban los técnicos de boya.

De la cadena colgaban dos cosas. Una placa chamuscada por un borde, ennegrecida pero entera, doblada, todavía legible: MÉNDEZ, A.

—CLASE II —BOYA 016 . Y, ensartado en la misma cadena junto a la placa, un aro fino, sin adornos, con la soldadura visible en la cara interior.

Soldadura a mano. La clase de soldadura de quien estaba aprendiendo todavía.

Maren había entendido la geometría sin que Halevy hablara: el chico lo había llevado en la cadena, contra el pecho, junto con su propia placa. Para no perderlo. Para tenerlo con él hasta el día.

Halevy, con un guante del cajón, sacó el anillo de la cadena con cuidado. Lo giró hasta que la luz de la lámpara entró por dentro. La cara interior tenía una inscripción grabada, muy fina, en letra manuscrita:

Cant. 8:6-7.

—Cantar de los Cantares —dijo Halevy—. Capítulo ocho, versículos seis y siete.

Sacó del cajón una hoja de fibra doblada en cuatro. Tenía la caligrafía apretada de quien escribe a mano sin acelerar, con un trazo que Maren reconoció al instante: el de un hombre mayor anotando algo que no quería pedirle al sistema. Halevy la había escrito la noche anterior.

—No lo reconocí cuando vi el grabado ayer —siguió, sin levantar la vista—. Apenas me sonaba. Pedí al archivo hace doce horas que me buscara la referencia. Me devolvió el capítulo entero. Lo copié de la pantalla a la mano, no sé por qué. Quizás porque a estas cosas hay que escribirlas sin prisa.

Leyó de la hoja, con voz baja:

— Ponme como un sello sobre tu corazón, como un sello sobre tu brazo; porque fuerte es como la muerte el amor, duro como el abismo los celos. Las muchas aguas no podrán apagarlo, ni lo ahogarán los ríos.

Dobló la hoja otra vez. La dejó sobre la mesa, al lado del anillo.

—La placa lo identifica, Jansen. Méndez, A., clase II, boya 016. Este no alcanzó.

Maren se volvió hacia Halevy. Halevy tenía los ojos fijos en la inscripción, no en ella.

—Tú no lo conocías.

—No. —Halevy se permitió una sonrisa breve, amarga—. Tampoco conozco a la destinataria. Es la que el chico dejó anotada, la que recibe lo suyo si él no vuelve: Urquiza, Liss. Dirección en la Tierra, zona rural del suroeste, antigua cuenca andaluza. Eso es lo que figura en el expediente.

El silencio se extendió unos segundos. Halevy tardó lo que tardó. Maren no lo apuró.

—La noticia se le tiene que dar —siguió él—.

El parte oficial salía de esta oficina hace dos días.

Lo detuve. No quería que llegaran primero los formularios y luego los objetos, con una semana de diferencia.

Que llegue todo junto, el anillo y la placa en la misma mano.

Y con el nombre propio, no con un número de expediente.