La Semilla de Hierro (Hierro y Vacío 1) Capítulo 6 — Sellos de Presión #2
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Capítulo 6 — Sellos de Presión #2

Orden de desactivación temporal. Subsistema: red de alerta temprana.

Unidad afectada: Prometeo-Orbital, nodos 3, 4 y 7.

Fecha de ejecución: 2387-04-14, 18:02 (20 horas antes del Evento Prometeo).

Duración prevista: 18 horas. Motivo: actualización rutinaria de firmware.

Firmante: Tte. Cmdte. R. Soria Castillo.

Clasificación: N3 / cifrado confederal estándar.

Firmada por Soria. Como correspondía. Sin sello de aprobación por encima: los nivel tres no lo requerían. Cualquier inspector la habría dejado pasar con la mano en el bolsillo.

Maren apretó la mandíbula hasta oír el clic. Lo que le subió no fue miedo. Habría preferido equivocarse.

Abrió el metarregistro de esta otra orden. Misma pauta: abierta y modificada una hora antes de la firma, en un terminal de cubierta nueve, esta vez el CN-01. Soria había firmado un documento que no había redactado del todo él.

Abrió el historial de firmware de Prometeo-Orbital.

Era público; cualquiera con credencial de ingeniería lo consultaba.

La última actualización en los nodos de alerta temprana era de ocho meses atrás; la anterior, de veinte.

Las actualizaciones en sistemas de alerta temprana se hacían una vez al año, por protocolo, en el aniversario de instalación.

No había ninguna razón, técnica ni operativa, para una actualización rutinaria a treinta y seis horas de la caída de una base.

Maren abrió el cronograma oficial del ministerio de flota en otra ventana y comparó.

La actualización ordenada por Soria Castillo no figuraba en ningún cronograma previo: aparecía de la nada, duraba dieciocho horas, y terminaba —Maren hizo el cálculo— dos horas antes del primer silencio del faro Kepler-9.

Dieciocho horas sin alerta temprana. Después, dos horas de silencio administrativo durante las cuales los nodos volvían a línea y nadie, en ninguna sala de control, notaba nada raro porque los nodos habían vuelto a línea , devolvían autocheques como debían devolverlos. Y luego la señal empezaba a caer.

Alguien pasó por el corredor del módulo siete a paso normal.

Maren cerró la ventana del metarregistro con dos pulsos rápidos; en la pantalla quedó el formulario B-14 de rutina, abierto, sin rastro de que hubiera habido otra cosa.

Los pasos no giraron: siguieron hasta la bahía ocho, alguien del turno D, quizá, camino al puesto de soldadura.

Maren no reabrió la ventana hasta que los pasos dejaron de oírse del todo, y contó seis más allá del límite del oído antes de moverse.

Era un margen, y los márgenes no se piden: se toman.

Era, además, el único tramo del turno C en que M.O.I.R.A.

reducía el monitoreo de esa cubierta por solapamiento de mantenimiento programado; Maren sabía la ventana al minuto.

Maren apoyó las manos abiertas sobre el banco y respiró cuatro cuatro seis. El módulo siete estaba en silencio absoluto; nada más sonaban, lejos, las bombas de refrigeración del reactor tres. La luz azul se apoyaba sobre el banco con la delicadeza de siempre.

Puso los dos formularios uno al lado del otro en dos ventanas y los miró juntos durante un minuto y medio, sin decir nada.

Pensó, sin prisa: ninguna firma por encima del teniente comandante; todas firmadas por Soria; las dos compuestas en terminales de cubierta nueve en ventanas de madrugada; no encaja el calendario de firmware con el calendario oficial; no encaja el timing con la caída .

Y eso tenía una forma concreta. En lugar de una firma que dijera yo lo hice , había una ausencia: credenciales activas que se movían por cubiertas restringidas sin dejar nombre.

No se dijo traición . Se dijo, con la misma economía con que diría falla de presión en el colector lateral : alguien sabe y no lo dice . Y por dentro, sin moverlo a voz: puta madre .

Soria no era estúpido ni cobarde. Maren cruzó datos: la hija menor de Soria, Mariana, doce años, vivía en la Colonia Providencia, sector interior. Esta noche le bastaba con el nombre y la edad.

No avanzó más que eso. El siguiente paso, el paso que cualquiera leyendo por encima del hombro hubiera dado sin pensar, Maren no lo dio: lo dejó suspendido. No era miedo lo que la frenaba.

Abrió un cajón bajo el banco, el de tornillos dispares y empalmes viejos.

En el fondo, envuelto en un pedazo de tela aislante, un cristal de datos anticuado del tamaño de una uña de meñique: una láminita translúcida de arseniuro isotópico, las esquinas limadas, el iridiscente ya descolorido de los años.

Serie Kelso-4. Un modelo que la flota había dejado de fabricar hacía casi una década cuando los Kelso-6 habían vuelto obsoletas sus lecturas; un modelo, sobre todo, que ya no aparecía en los inventarios automáticos de la Hécate-7 porque el firmware nuevo no lo reconocía.

Maren lo había encontrado meses atrás en una caja de repuestos en desuso en el almacén B, olvidado ahí por algún técnico anónimo.

Un fósil. No inventariado. Ella lo había guardado por el mismo instinto de urraca que la llevaba a conservar todo lo que podía servir algún día.

Lo alineó contra el lector óptico trasero del banco, el que no registraba log, y copió los dos documentos con un volcado en frío : una transferencia fotónica directa sin pasar por el sistema operativo principal.

Diecinueve segundos. El cristal quedó en su palma, tibio por la lectura, minúsculo, más ligero que una moneda.

Si Maren cerraba los dedos, desaparecía.

Caminó hasta el filtro de humedad del circuito principal, el aparato redondo del tamaño de un puño, el del moho verdoso al que Nova había dicho vida una noche, cuatro días atrás, con tono de saludo.

Lo abrió. Detrás del moho había una cavidad de dos centímetros, un defecto de fábrica que Maren había descubierto hacía catorce meses.

Empujó el cristal ahí, lo cubrió con un pellizco de moho, cerró el filtro y revisó la junta de goma.

Nadie inspeccionaba con detalle ese filtro: daba asco.

Los inspectores pasaban la mano por encima, veían verde, decían limpio , firmaban y seguían.

El cristal quedó esperando, detrás del moho.

De vuelta en el banco, se sirvió más té, frío ya, y miró la placa madre destrozada que llevaba tres noches intentando arreglar. Seguía siendo irreparable, y eso la consolaba: esta placa no iba a quemarse de nuevo, ya no iba a hacer nada.

Se tocó el dorso de la mano derecha con el dedo índice.

Una vez y luego dos. Era un gesto viejo.

Nova lo había visto varias veces y nunca se le había ocurrido preguntar; tenía la elegancia profunda de no preguntar sobre las manías de Maren porque ella nunca preguntaba sobre las suyas.

Pero el gesto tenía nombre, y Maren se lo decía a sí misma cada vez: aquí apoyó Ixa la mano cuando aprendió a pararse .

Era mentira. Ixa, a los once meses, había agarrado a Maren del brazo en otro lugar, más arriba.

Pero la mentira se había asentado porque la mentira era soportable y el recuerdo exacto no.

Cerró los ojos. Pero no durmió.

* * *

Maren la llamó por interno a las 11:40, ya el quinto día desde el silencio de los faros.

Nova estaba en el gimnasio haciendo dominadas.

Los brazos subían, el mentón pasaba la barra, el cuerpo bajaba.

La camiseta, oscura por el sudor en una franja entre los omóplatos, se le pegaba a la espalda al subir.

Respiraba por la boca, en tiempos cortos, con esa cadencia que aprendía un piloto cuando aprendía que el aire podía racionarse como la munición.

El cerebro no tenía permiso para pensar en nada que no fuera contar.

Cuando el interno vibró, Nova hizo la última y se dejó caer en el suelo de goma.

—Reyes.

— Chiquilla, ¿puedes bajar a ingeniería? Tengo un calibrado pendiente en el motor dos de tu Halcón. Diez minutos.

—Diez.

— Trae té si te queda. Se me acabó.

Nova se duchó en cuatro minutos, llenó la cantimplora con té del dispensador común, guardó dos sobres de endulzante y bajó por la escalera lateral sur. El pasillo tenía el amarillo pálido del turno diurno, sin la breve intimidad de la luz azul. Nova lo lamentó. Entró.

Maren la esperaba con las dos tazas listas, con la placa madre destrozada aún encima del plano B, con un destornillador en la mano que no iba a usar. Se miraron. No se saludaron.

—El calibrado —dijo Nova.

—No hay calibrado.

Nova levantó la ceja un milímetro.

—Entonces…

—Siéntate.

Nova tomó el taburete al que le faltaba el tope de polímero.

Maren sirvió las dos tazas. Le echó a la de Nova un chorro generoso de miel real, la holandesa, la que racionaba con un egoísmo sagrado, antes que a la suya.

Le pasó la taza. Nova la sostuvo. La miel le subió al olfato.

El cuerpo se acordaba de las cosas aunque la cabeza aún no.

Maren se acuclilló en el suelo. Nova se dejó caer también, hombro con hombro. Bebieron.

Pasaron dos minutos sin hablar. No era raro entre ellas; lo raro era que hoy Maren se tomaba más tiempo. Sostenía la taza con las dos manos, no con una, y respiraba un poco más despacio, con una pausa mínima al final de cada exhalación. Maren estaba esperándose a sí misma.

—¿Duermes? —dijo Maren.

—El motor tres está bien —dijo Nova, sin levantar la vista de la taza—. Lo revisé anoche, no es eso.

Maren la dejó terminar.

—No te pregunté por el motor tres, Reyes.

Nova levantó la cara. Solo entonces oyó el tono: el de Maren cuando preguntaba ¿viste el diagnóstico del motor tres? queriendo decir esto te puede matar . Una emboscada suave.

—Así, así.

—¿Cómo?

—Me duermo tarde. Me despierto a las cuatro. No vuelvo a dormir.

Maren no le dijo vete al médico : respetaba el insomnio del otro como propiedad privada.

—A veces el cuerpo —dijo Maren, despacio, mirando un punto del piso de metal— sabe antes que la cabeza.

Nova lo dejó pasar.

—Antes de que la cabeza sepa por qué no duerme, el cuerpo ya no duerme. ¿Entiendes?