Capítulo 11 — La Auditoría #4
Cerró el filtro sobre los dos secretos.
—Listo —dijo Maren.
Nova se acercó al filtro. Lo examinó. La rejilla era de aleación oscura.
La luz azul baja del módulo siete se reflejaba sobre ella.
Detrás, no se veía nada, el filtro estaba diseñado para no dejar ver.
Pero Nova sabía qué había detrás. Maren sabía qué había detrás.
Las dos sabían que ese filtro, con su moho y sus dos secretos, era ahora una de las cosas más importantes de la Hécate-7 .
Era también, en lo técnico, una pieza de mantenimiento rutinaria que figuraba en el inventario como unidad de filtrado de humedad ambiental, módulo 7, nivel de prioridad bajo .
Eso era exactamente lo que la hacía perfecta.
Nova contempló el filtro un rato más. Una rejilla de aleación oscura con dos secretos adentro que nadie iba a leer.
Maren se quedó parada al lado, las manos en los bolsillos del overol. Estaba mirando el filtro también, pero no era al filtro a lo que estaba mirando.
—Reyes.
—Dime.
—Te tengo que decir una cosa que llevaba dos días sin saber cómo decirte. La carta que se guardó en el bolsillo ayer. Hoy la abro.
Nova esperó.
—Estuve buscando en registros de veteranos por otra cosa, y aparecieron unas líneas que no buscaba.
Tercera flota, 2353. La unidad entera de Orion, entonces era capitán, se quedó sin refuerzos por una decisión política que retrasó cuarenta y ocho horas al convoy.
Murieron ciento cuarenta soldados. Él volvió solo.
Lo condecoraron. Lo ascendieron. No figura en ningún archivo que él hubiera protestado.
Figura, en cambio, una frase que un oficial menor, un tal Berriozabal, escribió en su diario tres meses después del funeral conjunto.
El diario se publicó en una antología modesta hace ocho años. Casi nadie lo leyó.
—Qué dice.
Maren carraspeó. No lo había tenido que decir nunca en voz alta.
— Después de lo de Marte, creo que en Orion se selló algo. No para hacer daño. Para decidir a quién se podía perder.
Nova cerró los ojos. Los volvió a abrir, con lentitud.
—Es distinto —dijo Nova en tono bajo.
—Puede ser distinto.
—¿Tú crees que es distinto?
Maren levantó la mirada.
—Si esto fuera codicia o ideología, Reyes, ya sabría qué hacer con él. Pero este no se cree monstruo. Y eso es peor.
Nova no respondió. Pensó en la mano fría de Orion sobre el hombro. No llegó a conclusión. Archivó. Maren tampoco insistió.
* * *
Cuando salió de ingeniería, el reloj de ingeniería marcaba las 11:46.
Nova llevaba en el cuerpo el cansancio acumulado de una mañana que había empezado a las 04:17 con una notificación administrativa rutinaria y que había seguido a través de una auditoría no concluyente, tres horas de decodificación lenta de bioingeniería alienígena, y la lenta comprensión de que su flota tenía una nave fantasma volando en territorio neutral hacía, quizá, varios años.
Caminó por el pasillo, con la luz aún en azul mínima por el cambio de turno reciente, y cruzó a un par de oficiales y los saludó con un asentimiento. Llegó al ascensor y subió.
En el camarote, se sentó en el borde de la litera y sacó la semilla del bolsillo del pecho. La sostuvo un rato en la palma; después de tres horas de uso seguía un poco tibia.
Cerró los ojos.
Tarareó dos notas. La tercera. La cuarta atravesada.
Esta vez no la dejó sin terminar. Esta vez la dejó cortada, en el punto exacto donde Kai Morales, hacía ya muchos días, la había dejado cortada el día de Prometeo.
Esa cuarta nota cortada ya no era nada más de Kai.
Era también de vosthrak. Del piloto del Cuervo Silente que en algún momento, a tres mil seiscientos años luz de aquí, había estado cumpliendo órdenes que nadie iba a investigar.
De los doscientos trece registros marcados con espiral en una semilla cuya lengua nadie en la Hécate-7 podía leer.
Nova abrió los ojos. Guardó la semilla. Se puso de pie.
Quedaba el resto del día por delante: cambio de turno regular en dos horas, formularios, comida, todo lo que la convertía a ojos de cualquier observador externo en una piloto teniente de la Séptima Flota cuya rutina diaria era, en apariencia, normal.
Lo iba a hacer.
Lo hizo durante el resto del día.
Y lo hizo, de paso, durante las dos semanas siguientes: dos pruebas de propulsores más, ambas legales en el papel, ambas cobertura del mismo salto al punto neutral.
En la Arboleda la recibieron sin ceremonia.
kaelvorn estaba siempre ya ahí. La segunda vez Nova bebió con él algo caliente que el traductor rendía, aproximado, como caldo del primer ciclo .
En la tercera hablaron menos: el silencio entre ellos ya tenía costumbre.
Pero antes de salir del camarote esa mañana, se quedó un segundo más mirando la litera vacía de arriba. La oscuridad ahí no era ni mancha ni símbolo, apenas oscuridad. Una cosa que ya no tenía nombre porque no necesitaba nombre aún. La nombraría cuando llegara el momento.
Nova cerró la puerta detrás de sí.