La Semilla de Hierro (Hierro y Vacío 1) Capítulo 5 — Lo Que Se Quema Primero #3
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Capítulo 5 — Lo Que Se Quema Primero #3

El archivo entró al banco. Maren volvió al módulo siete en cuatro pasos largos, con Nova siguiéndola sin preguntar.

Bajó los goggles y volcó capacidad de procesamiento del banco —tres veces la de un análisis de telemetría rutinario— sobre la decodificación.

La IA del banco tardó cuarenta segundos.

Después un minuto. Después dos. Maren no apartó la vista de la pantalla.

Cuando terminó, lo que apareció no fue un audio.

Fue una columna de texto traducido, con anotaciones laterales en un alfabeto fonético que Maren nunca había visto, y con corchetes marcando lo que la IA no había podido traducir.

Maren leyó los primeros renglones en silencio. Después tocó el link otra vez.

—Peralta.

— Aquí.

—La firma no es humana. El idioma original no es ningún idioma humano que el traductor reconozca. Y la transmisión se presenta por nombre. Pregunta por la nave que derribó al Explorador.

Silencio dos segundos.

— ¿La nave?

—Reyes está conmigo, Peralta. La leerá ella antes de que tú lo subas.

— Bien. Que la vea Reyes. Si quiere subirla ella a Orion antes del briefing, que lo haga: yo le cedo la entrega. Si no, lo subo yo a las cero ocho. Tres horas. Fuera.

Maren cerró el link. Giró la pantalla grande hacia Nova.

Apenas había llegado lo primero: a la izquierda, los caracteres de un alfabeto fonético desconocido, con trazos angulosos y marcas arriba y debajo de cada sílaba que parecían indicar duración o modulación tonal.

A la derecha, la traducción del software, apenas dos líneas legibles.

Debajo, una nota plana de la IA: cabecera y firma decodificadas.

Tiempo estimado de procesamiento: tres horas.

Nova se acercó. Leyó lo poco que había.

[ Naves de la Séptima. Yo soy kaelvorn, Primer Arquero del Clan Dhalshen. Hablo desde la nave Arboleda Errante. Mi pueblo se nombra a sí mismo Zynari.]

[ Pregunto por la nave que derribó al Explorador. ]

Al lado, el alfabeto desconocido subía y bajaba con marcas que Nova no sabía leer pero que reconocía como notación rítmica, algo entre música y palabra.

—El resto, mañana —dijo Maren, sin levantar los dedos del teclado—. La IA necesita tres horas mínimo y un banco que no podemos dejar trabajando solo a esta hora. Lo cerramos aquí esta noche.

Nova bajó la cabeza. Después permaneció quieta dos segundos.

—Pero esto, lo que tenemos —dijo en tono bajo—, hay que llevarlo arriba.

—Sí.

—Ahora.

—Sí. —Maren tomó una tableta táctica del cargador del módulo, la vinculó al banco y volcó la cabecera traducida: las dos líneas legibles, la notación fonética cruda, la nota de la IA.

Nada más; el resto seguiría procesándose en el banco hasta las cero ocho.

Se la pasó a Nova con la pantalla todavía caliente—.

Sube con esto. Yo te alcanzo el resto cuando termine.

En el nivel de mando el pasillo de oficiales estaba en penumbra; la luz de guardia, roja muy baja.

Nova caminó con la transmisión grabada en la tableta táctica que Maren le había puesto en la mano al salir del módulo siete.

El pasillo hacía un ruido suave del sistema térmico de la nave y, al fondo, el eco de una pantalla mural encendida en la sala común, alguien veía, a esas horas, un viejo combate de zero-G que se repetía en bucle todas las madrugadas de la flota.

Cuando llegó al despacho del General, la puerta estaba cerrada del todo: ni rendija, ni luz.

Nova se detuvo delante y levantó la mano para tocar. No tocó.

Le costó cinco segundos enteros entender por qué.

Lo entendió el estómago primero, que le revolvió una fracción de segundo; después la nuca, que se le puso fría sin motivo aparente; finalmente una idea que no era del todo idea —más bien un subrayado—: ahora no .

Nada más. Dos palabras, sin argumento. Ahora no .

Nova conocía ese subrayado. Era el mismo que le había salvado la vida dos veces: una en simulador a los dieciocho, la otra en un accidente real a los veintidós, cuando se había desviado de la trayectoria nominal en el último segundo, por puro instinto, y tres minutos después se había enterado de que en la trayectoria nominal había habido una baja presurización imprevista.

Nova bajó la mano.

Se quedó un segundo más frente a la puerta cerrada; los detalles se archivaron solos: la hora estaba cerca de las cuatro de la mañana, demasiado tarde para un General que tenía la costumbre de acostarse antes de medianoche; la luz de guardia del pasillo estaba un punto más baja de lo habitual: alguien había bajado el reóstato para no ser visto desde fuera; y el silencio era distinto al habitual del nivel de mando de madrugada.

No había ni tecleo, ni ronroneo de sistemas, ni aire saliendo de un conducto abierto.

Era el silencio de alguien escuchando con cuidado.

Nova dio media vuelta con calma y sin correr, correr hacia atrás en un pasillo de oficiales era lo que delataba a un espía, se lo habían enseñado. Caminó con la misma velocidad con que había llegado. Dobló la esquina, se apoyó en la pared, esperó. Siguió caminando.