La Semilla de Hierro (Hierro y Vacío 1) Capítulo 5 — Lo Que Se Quema Primero #4
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Capítulo 5 — Lo Que Se Quema Primero #4

No volvió a ingeniería ni a buscar a Maren.

Un instinto nuevo le dijo que lo que llevaba en la tableta (la cabecera de kaelvorn preguntando por la nave que derribó al Explorador, en una lengua que el traductor apenas había empezado a aproximar) no debía dejar el bolsillo del uniforme en las próximas horas, ni subir, ni bajar, ni pasar por ningún otro par de ojos humanos hasta que ella misma decidiera por cuáles ojos pasaba primero.

Era una decisión nueva. Hacía tres días no habría sabido tomarla; hacía tres días habría tocado la puerta.

Caminó hasta su litera, cerró la puerta y se sentó en el borde del colchón con la espalda recta.

Sacó la chapa de su padre del bolsillo del pecho.

La había llevado encima desde los ocho años, conocía cada muesca de memoria —sobre todo la grande de la esquina inferior izquierda, de un día en que se le cayó en un ejercicio—.

Ahora la miró como se mira un objeto que sigue siendo el mismo y ha dejado de serlo.

La tableta seguía con Nova. Pesaba.

Nova cerró la mano en torno a la chapa hasta sentir el borde clavársele en la palma.

Nunca, en doce años, había tenido motivo para dudar de Orion.

Y con todo, la desconfianza, cuando entra, entra como frío.

Ella no había oído nada esa noche, tampoco había nada que oír, y aun así el cuerpo había dicho ahora no .

Hoy no subas esa tableta a ese despacho a esta hora.

Y Nova, piloto, disciplinada, había obedecido al cuerpo.

Pensó, sin querer, en la mano de Orion apretándole el hombro en el briefing.

En esa nota fuera de tono que había sentido y olvidado ese mismo día.

Ahora regresaba con la claridad con que, a oscuras, ciertos detalles deciden de pronto formar parte de un patrón.

Todavía no se llamaba traición. Ruido : un ruido que no cuadraba.

Respiró. Contó las vigas de metal en el techo del camarote. Diecisiete. Siempre diecisiete. La marca en la tercera desde la izquierda era el lugar exacto donde un operario había martillado con demasiada fuerza durante la construcción.

Golpe en la puerta. Dos suaves.

—¿Reyes? Maren.

Nova se guardó la chapa, respiró dos veces y abrió.

Maren estaba en el umbral con las manos vacías esta vez: sin jarro, sin excusa.

—Vine —dijo Maren.

—Estás aquí —dijo Nova, sin pensarlo, y la voz le salió más baja de lo que quería.

Maren entró y se sentó a su lado en el filo de la litera. No preguntó por el mensaje, tampoco por Orion: lo sabía. Nova había subido tres cubiertas hacía dos horas. Apoyó las manos en los muslos, movió el dedo gordo del pie derecho dentro de la bota y esperó.

—¿Te cuento otro pedazo? —dijo al fin.

—¿De la historia?

—Así es.

Nova dijo que sí.

—Lo que no te dije —empezó Maren— es lo que la chiquilla aprendió ese día.

Con los ojos abiertos, con la mano en el tablero equivocado y su hermana del otro lado, aprendió una cosa, que cuando las cosas empiezan a quemarse, lo primero que se quema no es lo que más grita.

Lo primero que se quema es lo que está más cerca del oxígeno.

Pausa. Maren no la miró. Tenía los ojos en el techo.

—Por eso, cuando algo empieza a quemarse, no corres al fuego. Cierras las válvulas de aire de alrededor. Todas. Aunque te quedes sin respirar. Sin voz.

—¿Qué pasó con Ixa?

Maren apretó los labios.

—No te voy a contar ese pedazo hoy.

Nova intentó insistir, pero Maren solo dijo:

—Hoy no, tampoco mañana. Algún día.

Con Maren no se podía insistir. Respiraron en silencio. El camarote olía a sábanas limpias y a desinfectante, y a Nova le pareció, durante un minuto entero, que el universo se podía soportar.

—Maren.

—Dime.

—Si algo sale mal…

Nova se calló. Maren no la presionó. Esperó.

—Si algo sale mal —repitió Nova—, ¿tú estás conmigo?

Maren no parpadeó.

—Siempre, chiquilla.

—Aunque me equivoque.

—Sobre todo entonces.

Nova asintió. Entonces hizo algo que Maren no esperaba: abrió los brazos.

Maren —cuarenta y un años, tres meses sin dormir más de cuatro horas, holandesa, sarcástica, práctica— se quedó mirándola dos segundos sin entender.

Después entendió, y la abrazó con la vacilación de quien hace tiempo que no abraza a nadie, pero sin olvidar cómo se hace.

Ese abrazo olía a aceite, a jabón. Quizá solo olía a Maren.

Estuvieron así un tiempo. En algún momento Maren le dio dos palmaditas en la espalda; en algún momento Nova se separó. No lloró —ya había llorado esa mañana lo suficiente—. Los ojos estaban cansados y el cuerpo pedía otra cosa.

—Voy a dormir —dijo Nova—. Cinco horas seguidas.

—Bien.

—Y mañana…

—Mañana.

Maren se puso de pie, le tocó la coronilla con los dedos abiertos y salió. La puerta se cerró con el silbido conocido. Nova se quedó sentada un momento, se quitó las botas y se tumbó sobre el colchón sin meterse debajo de la sábana. Miró el techo.

La luz azul del pasillo parpadeó tres veces. El pulso de los reguladores en el turno de madrugada, no una alarma. Pero esta noche Nova lo contó.

Y Nova se permitió una pregunta que no había hecho jamás.

¿Por qué no toqué la puerta?

La pregunta no tenía respuesta aún. No esta noche. Pero la pregunta, una vez hecha, no se dejaba apagar.

Cerró los ojos.

Durmió. No mucho. Dos horas y cuarenta minutos. Pero durmió. Y Nova, en sueños, tarareaba sin saberlo dos notas, tres, la cuarta atravesada.