La Semilla de Hierro (Hierro y Vacío 1) Capítulo 5 — Lo Que Se Quema Primero #2
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Capítulo 5 — Lo Que Se Quema Primero #2

Nova miró el lector y luego la esfera. Maren se acercó, le puso la mano un instante en el antebrazo, sin preguntar si estaba bien: las dos sabían la respuesta.

—Núcleo de registro de fase del disco —dijo Maren, bajo—.

Lo recuperaron los Rastrilladores con los escombros.

El equipo de Rosenberg peinó la zona dos horas tras el combate, contenedor presurizado, grúa magnética, todo el protocolo.

Es lo que en nuestras naves sería la caja negra, más o menos.

Llevamos una hora aquí. Tuvimos que entender cómo se abría antes de tocarla.

Quiroga tecleó dos veces más. Una forma de onda muy larga apareció en la pantalla, cortada en tramos por zonas grises, las zonas corruptas. La técnica rompió su silencio con una voz neutra de analista.

—Registro interno de los últimos noventa segundos. Faltan tramos. Lo que van a escuchar es todo lo que se pudo reconstruir.

Maren movió la cabeza.

—Ponlo.

Quiroga bajó un potenciómetro y pulsó play .

La voz entró por los altavoces del banco con la misma textura tranquila que Nova había entrevisto en la cabina, audible de principio a fin. Un castellano con vocales abiertas, con una cadencia antigua.

— Nave. Sé… que me oyes.

Pausa, tramo gris, silencio; la voz volvió.

— Me llamo… kryx. Cuando mueras, no tendrás que decir mi nombre. Yo te dije el mío… igual.

Nova se agarró al borde del banco. Maren no la tocó. Maren había aprendido a no tocar en ciertos momentos.

— Tú crees que nos… disparas a nosotros. Tú crees que somos… invasores.

Silencio reconstruido. Otro tramo gris. La voz regresó en fragmentos más densos.

— Porque once mil…

Estática. Tres segundos.

— …también tenían sus llamas.

Nova no respiró.

— Madres. Hijos. Hermanas. Una pausa nítida, no de corrupción: pausa del que habla. Y otros… que oí caer hoy. Polvo estelar.

La voz siguió en fragmentos, rota varias veces, ininteligible a tramos. Después de unos segundos de cacofonía volvió: dijo que su pueblo también había ardido, que él no había sabido apagarlo, que no pedía perdón ni pausa, que entendía a la nave y entendería el disparo.

— Nave. ¿Entiendes?

Pausa larga. La voz, ahora muy rota, casi sin aire, alcanzó una última frase audible antes del silencio:

— Hazlo rápido.

Quiroga detuvo la reproducción.

—Hay treinta segundos más en la grabación tras esa pregunta —dijo—. Ese tramo está demasiado corrupto para reproducirlo siquiera.

Le tendió una tableta. Nova la tomó. El reflejo de la luz azul le cruzó la cara.

—Además de ese audio logramos extraer algunos archivos. La mayoría están cifrados; ni M.O.I.R.A. puede acceder. Pero de uno de ellos pudimos sacar un puñado de palabras sueltas, sin sujeto, sin contexto, ni siquiera en orden. Las pongo en pantalla.

Quiroga giró el monitor. Sobre fondo gris, en blanco:

…pacto…

…cumplimos…

…silencio…

Maren se quedó mirándolas en silencio. Diez segundos en los que ninguna de las tres habló. Después dijo, con voz baja:

—Sin sujeto aún. Pero tres palabras así, juntas, no son casualidad: la firma está en alguna parte. Vamos a buscarla.

Nova no preguntó, ocupó el taburete al que le faltaba el tope de polímero.

Maren apagó el lector. Quiroga recogió sus cosas sin ruido, con la eficiencia callada de quien no quiere dejar rastro, y se despidió con una inclinación mínima que iba dirigida más a Maren que a Nova.

Salió. La puerta se cerró con su silbido habitual.

Las dos se quedaron solas. Maren recogió el trapo, envolvió la esfera negra partida, la dejó en una caja metálica acolchada con espuma vieja, y la cerró.

Después se volvió hacia el otro banco, donde la esperaba, desde hacía horas, una placa madre destrozada con un lado entero negro, los circuitos vueltos bosque calcinado, y se sentó frente a ella con el destornillador de punta de cruz minúscula en la mano, como quien vuelve a una costura que había dejado a la mitad.

—Esa placa no se arregla —dijo Nova desde el taburete.

—Ya sé.

—Entonces qué haces.

—La arreglo.

Nova se quedó sentada, mirándola. Maren no levantó la vista.

—Esta no se salva. —Maren tocó un circuito ennegrecido con el destornillador—. Pero si encuentro por qué se quemó, no se quema la próxima. ¿Entiendes?

Nova bajó la cabeza.

—La próxima la va a firmar el aprendiz que cree que el flujo de retorno se calibra al ojo. Si descubro que tengo razón, le voy a hacer firmar un papel donde reconozca por escrito que me debe una cerveza. Por cada placa. Hasta el final de su carrera.

—¿Tantas placas piensas que va a quemar?

—Conozco a su instructor.

Nova sonrió un milímetro, sin dientes. Maren lo notó.

—Pásame el calibrador.

Nova le pasó el calibrador, cruzó los brazos y miró a Maren trabajar.

Los dedos de Maren tenían la precisión de una costurera y la brusquedad de una mecánica a la vez; cada movimiento iba acompañado de un leve chasquido de lengua, un tsk , cuando algo no cuadraba como ella quería.

Nova había visto a Maren así mil veces. Esa noche, con el compartimento vacío y el turno bajo, le pareció una imagen que quería guardar.

Sacó la chapa del bolsillo, la del padre, y la giró entre los dedos sin darse cuenta.

Lo hacía cuando pensaba. Maren levantó la vista.

—¿Cómo estás?

—Bien.

—Mentirosa.

—Estoy aquí. Eso es mejor que nada.

Maren dejó el destornillador. Se quitó los goggles.

Los subió a la frente. El elástico dejó una marca roja en la sien izquierda.

Maren se la tocó y exhaló por la nariz un suspiro que no era suspiro; era una de esas respiraciones de los que han decidido, por fin, decir algo que llevaban rato sin decir.

—Te tengo que contar una cosa. O más bien, la continuación de algo.

—¿Una historia?

—Una historia es lo que me queda, chiquilla.

Nova esperó. A Maren había que darle silencio, no palabras.

Maren apagó el lector del banco. Se levantó.

—Ven, aquí no.

Caminaron por el pasillo sur de ingeniería, bajaron una cubierta por la escalera técnica, giraron a la izquierda por un corredor de servicio, y llegaron a un compartimento pequeño sin placa en la puerta.

Maren tocó el panel biométrico; la puerta cedió.

Dentro: una habitación de tres metros por tres, con un escritorio plegable atornillado a la pared, dos sillas, una estantería baja.

En la estantería, cuatro frascos de miel holandesa con la etiqueta desteñida, un mantel de lino doblado, una lámpara de cerámica de La Haya con el esmalte cuarteado, un atlas impreso en tapa dura con la fecha 2320 grabada en el lomo.

Sobre el escritorio, una cocinilla de plasma de mano.

Al lado, dos jarros térmicos vacíos, puestos boca abajo para que no juntaran polvo.

Nova ya conocía el lugar. Habían estado ahí unas dos o tres veces los últimos dos años, las veces que algo no podía decirse en ingeniería. No había nombre oficial para el compartimento. Maren lo llamaba, simplemente, la bodega .

—Siéntate —dijo Maren.

Nova se sentó en una de las sillas. Maren encendió el plasma, calentó agua en un cazo metálico con el fondo abollado, echó dos bolsitas de té, de ese té negro con sabor fuerte que Maren conseguía por canales no oficiales, y un chorro largo de miel del frasco de fibra con etiqueta en neerlandés, traída de la última licencia que Maren había tenido en la Tierra.

Sirvió en los dos jarros, volvió y se sentó al lado de Nova, no en la otra silla sino en el suelo, y Nova, por imitación, se bajó también.

Quedaron con las espaldas apoyadas en la misma pared, hombro con hombro, sosteniendo los jarros con las dos manos.

Bebieron tres sorbos.

—Había una vez —empezó Maren— una chiquilla que aprendió a volar antes de aprender a escribir.

—¿La chiquilla eras tú?

—No interrumpas.

—Perdón.

—Había una vez una chiquilla, de seis años, en una estación del cinturón. El padre cosechaba hielo en los asteroides; la madre llevaba los invernaderos. Tenía una hermana menor: Ixa.

Nova no se movió. Y aunque lo deseaba, tampoco dijo el nombre en voz alta. Lo guardó para después, con esa paciencia que se aprende después de cierta edad y que consiste en aceptar los nombres nuevos sin pedirles explicaciones.

—No sabía escribir, no se quedaba quieta con el lápiz; pero volaba.

Se metía en el simulador de la estación cuando el padre no miraba —un VR de calibración técnica, no de juego— y empujaba las palancas.

A los seis aterrizaba; a los ocho movía un remolcador en el hangar; a los nueve el padre le dijo: Alma, tú vas a ser piloto.

—¿Y?

—Y a los diez hubo un incendio en el sector de oxígeno.

La chiquilla estaba cerca: vio el humo, corrió al control, quiso cerrar la ventilación para ahogar las llamas.

—Pausa—. Apretó el botón que no era. En lugar de cerrar, abrió la válvula que alimentaba oxígeno al módulo donde dormía Ixa. El fuego no se apagó. Se acercó a Ixa.

Maren calló. Maren siempre callaba ahí.

Nova no preguntó; había oído ese principio tres veces, y cada vez Maren se detenía en un punto distinto. La primera vez se había detenido antes, en la palabra piloto ; la segunda, después del humo; esta noche había llegado más lejos. Su hermana estaba al otro lado del sector.

—Maren.

—Dime.

—¿Ixa se salvó?

Maren la miró y le sostuvo la mirada un segundo largo. Nunca, en todos esos años, la había visto así Nova: a punto de decir algo que no había dicho jamás.

El link de Maren vibró contra la mastoides. No era alarma de combate: el pulso bajo de dos tonos cortos que indicaba transmisión entrante de oficial superior. Maren exhaló por la nariz, algo entre alivio y fastidio que Nova no logró decidir, se tocó el link tras la oreja izquierda y abrió la línea.

—Jansen.

— Jansen, aquí Peralta. La voz del Teniente Comandante, tensa. Te mando una transmisión, Maren. Canal civil antiguo del otro lado del sistema. Cifrada con protocolo viejo. Dirigida a nuestra frecuencia. La firma no es humana, el cifrado tampoco. Necesito tu lectura antes de llevarla al briefing.

—Mándalo.