Capítulo 5 — Lo Que Se Quema Primero
Lo Que Se Quema Primero
Después del Explorador. Cuarenta minutos después de que se abriera desde dentro y dejara polvo estelar y una cápsula refractaria. Ocho horas después de Prometeo. Las horas ya no medían nada.
Nova regresó como pudo: voló sin pensar, aterrizó sin recordar la aproximación, y caminó del hangar al baño de la cubierta dos sin saludar a nadie, hasta que vomitó en el primer retrete.
Vomitó café y bilis. Después nada. Cuando se enderezó tenía la frente fría y las rodillas blandas, con un ruido agudo en los oídos.
Detrás de los párpados los fragmentos le flotaban sin orden: nave , mi nombre , la sílaba rota.
El canal enemigo había estado abierto cuando se transmitió.
Todas las naves de la formación lo oyeron, también el puente.
Y aun así nadie sabía qué significaban las sílabas rotas ni quién había hablado.
Nova, en ese momento, no podía pensar en eso.
Detrás, los pasos cortos de Maren.
Los oyó antes de verlos. Maren tenía un modo de caminar que se reconocía a veinte metros: pisadas cortas, pesadas, rápidas, siempre llegando tarde a algo. Ahora venían más lento, cargadas. Se detuvieron afuera del cubículo.
Maren no hablaba, ella solo aparecía con cosas, esta vez traía un jarro térmico de aleación mate, de los estándar de cubierta, con la tapa a rosca entreabierta.
Dentro, un líquido dorado humeando, con un olor suave y dulce.
Empujó la puerta del cubículo con el codo, se la tendió a Nova, y se sentó en la tapa cerrada del inodoro, torpe, sin saber bien cómo acomodarse.
—Té con miel —dijo Maren.
Nova lo tomó, temblando. La aleación del jarro le quemó la palma, y ella agradeció ese dolor: era lo único limpio entre todas las cosas sucias que le habían pasado hoy.
Bebió. La miel le bajó por la garganta como una mano.
Maren no dijo nada más. Se quedaron así, en un baño de dos por dos, la teniente sentada en el suelo y la ingeniera en la tapa del inodoro, durante un tiempo que Nova después no podría cuantificar.
En algún momento el té se acabó. Maren le quitó el jarro y lo puso en el suelo, luego Nova se apoyó en la pierna derecha de Maren, con el pelo sudado y los ojos cerrados, y Maren le puso la mano en la nuca, ahí donde el cabello se mete en el traje, y Nova no lloró, y no lloró, y no lloró.
Y luego sí lloró.
Lloró primero en silencio, con los hombros firmes, de un modo que casi no se veía desde afuera.
Después lloró en voz alta, con un sonido ronco y bajo que le subió desde el diafragma y que ella no había escuchado salir de su propio cuerpo en dieciocho años, desde el día en que habían llegado a decirle que su padre no iba a volver.
Maren no habló, la dejó llorar, e hizo lo único que había que hacer: nada.
Cuando Nova levantó la cara, tenía los ojos hinchados y las manos flojas.
Maren le pasó un pañuelo de tela que olía levemente a lavanda y se quedó mirándola con una ternura vieja y sin adornos.
Nova se sonó la nariz con una dignidad modesta.
Apoyó la nuca contra la pared fría del cubículo.
El panel de aleación le pasó el frío directamente al hueso occipital, y Nova sintió algo parecido al alivio, lo primero que le parecía alivio en ocho horas.
No había superado nada. Era solo el alivio físico, animal, de estar quieta.
—Chiquilla.
—Sí.
—Esto no termina hoy.
—Lo sé.
—Va a haber más como ese.
—Lo sé.
—Y cada uno va a decir algo, Nova. Van a decir cosas que se te van a meter. Y tú vas a seguir disparando. Porque lo que tú haces no es matar, es quedarte viva . ¿Me oyes?
Nova afirmó una vez.
—Y traer gente de vuelta. Eso hacemos. ¿Sí?
Bajó la barbilla.
Maren guardó silencio dos segundos. Después lo dijo, bajo, como quien acomoda una piedra sobre una mesa.
—Hoy cambió todo, chiquilla. Y mañana hay que volver con la cara de siempre. Eso es lo difícil.
Nova no contestó. No tenía que contestar: Maren tampoco lo esperaba.
—Ahora levántate. Te voy a llevar a comer.
—No tengo hambre.
—Eso no me importa. Te voy a llevar a comer igual.
Nova se levantó. Las rodillas le temblaron los tres primeros pasos y luego recuperaron la firmeza aprendida.
Salieron del baño y caminaron hacia el comedor de oficiales por el pasillo largo de la cubierta dos, ese pasillo que Nova siempre recorría sin mirar y en el que hoy le saltó cada remache a los ojos.
Una cubierta más arriba, en el puente de mando, el General Orion estudiaba la telemetría del combate con las manos cruzadas a la espalda, de pie frente al holomapa, y un gesto muy leve en la comisura derecha de los labios.
Nadie lo vio. Maren lo habría visto, si hubiera estado ahí, ella tenía ese tipo de ojos. Pero Maren estaba con Nova.
Afuera, la Hécate-7 seguía en curso.
Más tarde, Nova en su habitación. Detrás de los párpados, cuando los cerraba, seguía viendo la nave del Colectivo abriéndose.
Seis segundos , pensó. Seis segundos . Se miró al espejo.
Tenía la piel alrededor de los ojos cubierta de petequias diminutas —puntos rojos del tamaño de granos de sal, capilares rotos por las G, que el traje no había alcanzado a contener.
El blanco de los ojos, también: una mancha roja a cada lado de la pupila donde los vasos habían cedido.
La línea del cuello donde el sello del casco había apretado mostraba un anillo púrpura nítido.
Las manos le temblaban, con una vibración fina que todavía no se le iba del todo.
Eran los ojos de alguien que había disparado contra algo que no era humano y no sabía todavía qué hacer con eso.
No estábamos solos , pensó. A las 14:02 cambió el verbo. Y a las veintidós horas algo les había puesto voz humana, o algo que se le parecía, y había dicho mi nombre antes de que Nova lo matara.
Pasó la mano por el bolsillo del pecho. Tocó la chapa del padre, tocó la chapa de Kai. El sabor a miel siguió en la boca.
* * *
La evaluación post-Prometeo duró quince minutos. El equipo médico de turno le pasó tres pruebas estandarizadas, marcó casillas, y los resultados pasaron al comandante médico Tanaka. Tanaka, con ojeras del turno doble, se quedó mirándolos antes de firmar.
—No estás apta, Reyes. —Tanaka dijo esto mirando los resultados, sin mirarla a ella—. No para operación continua. No tras tu combate en Prometeo. Deberías estar en tierra dos semanas mínimo.
Nova no respondió.
—Pero el General me obliga a firmar —siguió Tanaka, con la voz de quien ha dicho esa frase antes—.
Al pie de la letra. Hay una directiva del despacho del General Orion, vigente desde hace casi un año, que exige reincorporación inmediata de cualquier oficial con experiencia de combate a menos que presente síntomas clínicos.
Tú no los presentas. Así que firmo, bajo protesta interna, Reyes —que como ya sabes, es otro papel que nadie va a leer. Vuela con cuidado.
Nova lo confirmó con la cabeza: ya lo sabía antes de entrar. Era la guerra, era el costo de no tener relevos, y Tanaka lo sabía también. Firmaba igual.
Nova salió del consultorio con el visado de aptitud en la tableta. La puerta tenía cola hasta el pasillo. Bajó dos cubiertas hasta ingeniería sin mirar a nadie.
* * *
El compartimento de ingeniería de la Hécate-7 tenía una luz que Nova había aprendido a querer sin darse cuenta.
Era una luz azul, tenue, procedente de las lámparas de trabajo montadas a cuarenta grados sobre las mesas; una luz que no cansaba y que dejaba ver los detalles sin deslumbrarlos.
A las 03:47 de cabina —seis horas después del combate, cuatro horas después de que los equipos de recuperación hubieran rastrillado los escombros del disco y traído a bordo, entre otras piezas, el núcleo de registro de fase del enemigo, una esfera negra no mayor que un corazón—, todo el personal dormía menos dos turnos pequeños y Maren, que no dormía nunca.
Nova entró por el pasillo sur. El olor a soldadura y a café recalentado la recibió antes que nadie.
En el banco, una varilla de aporte de hafrón a medio gastar y el soldador todavía tibio.
El módulo siete de ingeniería olía siempre a lo mismo: aceite caliente, Rust Mug recalentado, y algo a medio camino entre lo orgánico y lo podrido que Maren insistía en llamar vida , una palabra con la que se refería al filtro de humedad del circuito principal, un aparato redondo del tamaño de un puño que cada seis semanas desarrollaba su propio ecosistema y había que limpiar con una espátula y un insulto.
Esa noche el filtro estaba en el banco, abierto.
Tenía, adentro, un moho verdoso que a Nova, con otra luz, le habría dado asco.
Con la luz azul, no. Daba, más bien, cierto parentesco doméstico.
Vida , dijo Nova sin darse cuenta, y la palabra le salió con tono de saludo.
En el banco de al lado, sobre un trapo limpio, estaban varias de las piezas recuperadas, y entre ellas una esfera negra partida en dos hemisferios, conectada por cables finos a un lector auxiliar: un terminal legacy que Maren mantenía calibrado precisamente porque M.O.I.R.A.
(el Monitor de Operaciones, Integridad y Recursos Asignados, la IA encargada de auditar todo lo que se movía en la flota) lo había clasificado como obsoleto operativo y dejaba de auditarlo.
Una técnica joven que Nova no conocía, uniforme gris de inteligencia, pelo castaño recogido, la placa del pecho que decía A.
Quiroga , tecleaba sin apuro frente al monitor del lector.
No levantó la vista cuando entró Nova, Maren sí lo hizo.
Entre Quiroga y Maren había una deuda vieja, de esas que no se nombran. Nova la leyó en un detalle: la técnica hacía lo que Maren le pedía —un análisis fuera de turno, una copia que no figurara en logs— sin preguntar y sin levantar la vista. Un contrato sin texto.
—Reyes. Ven. Siéntate. Esto lo tienes que oír.