Capítulo 4 — La voz prestada
La voz prestada
El enfrentamiento normal contra una nave del Colectivo se libraba a doscientos mil kilómetros: a esa distancia los pilotos no veían nada, nada más que signos en el visor, vectores predictivos de la IA táctica, y el retraso de luz que hacía de cada disparo una apuesta sobre dónde iba a estar el enemigo en el siguiente segundo.
La cabina visual del Halcón era casi decorativa.
Servía en los últimos tres mil kilómetros, cuando la distancia se cerraba lo suficiente para que el ojo humano sirviera de algo: entonces el combate en vacío se sentía parecido al combate atmosférico de los siglos anteriores.
Veintidós thrusters distribuidos por el casco ejecutaban cada vector que el piloto comandaba con el sidestick, y la nave giraba, esquivaba, subía, no porque hubiera aire sino porque los thrusters le daban la ilusión de que sí.
Los compensadores mitigaban una fracción de las G; el resto se sufría.
Los primeros sesenta segundos fueron misiles BVR, beyond visual range , plumas de propulsor focalizado atravesando ciento noventa mil kilómetros en minuto y medio contra blancos que todavía no tenían forma.
El Halcón de Nova desplegó al salir del drive dos drones de escolta autónomos, del tamaño de un robot doméstico, que se abrieron a treinta y cuarenta kilómetros en patrón de pantalla.
La doctrina de la Séptima funcionaba así desde Marte: los drones combatían primero y morían primero.
Nova alcanzó a ver, en el borde del visor, dos puntos amarillos que pasaban a rojo y después a nada cuando el enemigo los quebró.
Así supo que había entrado en combate, antes de que se lo dijera la cabina.
Ese momento llegaba en uno de cada veinte enfrentamientos. Hoy había llegado. Luego de un par de minutos Nova divisó el disco del Explorador.
Era grande. Mucho más grande de lo que Nova había creído en la proyección.
El disco ocupaba un tercio del campo visual.
Los tres anillos giraban en sentidos opuestos, en velocidades distintas, y las ondas que generaban al moverse reverberaban en el espacio con peso de presencia física.
Alguien pilotaba el centro. El centro era una cúpula oscura con siete baterías de fase repartidas por su ecuador.
Las baterías giraban en sus ejes articulados con una independencia: cada una un ojo distinto, y disparaban haces cortos de partículas focalizadas, pulsos blancoazulados, invisibles en su mayor parte, visibles apenas en el instante en que atravesaban gas o plasma disperso, con una cadencia que al principio Nova leyó como aleatoria y que recién después, con ayuda de Maren, entendió como precisa.
—Halcones, posición alfa-tres.
—Alfa-tres, recibido.
Alrededor del disco se movían seis interceptores escolta, del tamaño aproximado de un Halcón humano pero con la carcasa acorazada que se le había visto a los enjambres menores de Prometeo, cada uno con el mismo pulso azul interior más denso. Kessler los leyó en el radar un segundo antes que Nova.
—Halcón uno: cobertura general. Halcones tres y nueve, flanco izquierdo. Halcón cuatro y Halcón siete, flanco sur. Halcón dos: directo al disco. No nos esperes.
—Recibido.
El escuadrón se abrió. Kessler derribó al primer escolta a los cuatro minutos, con tres ráfagas y sin decir palabra.
Halcón tres, Matos, derribó el segundo con una virada apretada que a Nova, por el rabillo del visor, le arrancó una aprobación silenciosa.
Un tercer escolta desgarró la cabina de Halcón nueve —un piloto recién reenlistado que Nova conocía apenas de pase— y el canal nueve se cortó con un chasquido.
Los cuatro escoltas restantes se reagruparon contra Beltrán e Irati, que los mantuvieron ocupados en el flanco sur durante los siguientes diez minutos.
Mientras tanto, Nova cerraba sobre el disco bajo fuego de las baterías de fase: viraje cada cinco segundos, vector zigzag, sin línea de tiro propia, todavía.
A los quince, la última chispa azul de los escoltas se apagó en el radar.
Nova no había tenido tiempo de mirar: estaba cerrando sobre el disco.
La cabina temblaba con cada impacto cerca.
La sangre le latía en los oídos sin la canción de Kai: nada más el pulso, rápido, seco.
Un haz de una de las baterías alcanzó a Halcón cinco, un piloto al que Nova conocía nada más de nombre, y le abrió el casco en diagonal, del ala al vientre, con una línea limpia que no explotó.
Los haces no explotaban: seccionaban. Al piloto no le dio tiempo de decir nada. Su silencio se sumó al de Kai.
Nova esquivó el segundo haz por diez metros, el tercero por menos: los sensores de proximidad le gritaron.
Giró a la izquierda, rodó la nave en el eje, subió.
Al pasar las cuatro G, el traje de compresión inyectó fluido ionizado en las cámaras peristálticas de las piernas y el abdomen.
Nova sintió la presión —como una cosa viva trepándole por dentro, manteniendo la sangre arriba, contra la aceleración que la empujaba hacia los pies.
A seis G, la visión se le estrechó a un túnel color naranja.
Escuchó el chasquido seco del traje reconfigurando cámaras superiores para proteger el cerebro.
El sabor metálico en la boca llegó de inmediato —capilares bucales forzados al límite.
Un parpadeo. Dos. El traje estabilizó la presión en siete punto dos.
La visión volvió. Sin ese traje, seis G la habrían dejado ciega en dos segundos.
El escudo de fase absorbió un golpe de refilón que le vació el treinta por ciento de la reserva.
El reloj de cabina marcaba 21:47. Cerca de ocho horas desde el primer silencio.
—Reyes, Ashcroft desde táctica del puente. No ataques al centro, no entrarás. El blindaje es demasiado denso.
—Mierda. ¿Entonces?
—Los dos anillos exteriores contrarrotan. Donde sus fases se alinean, el campo de contención se adelgaza un instante sobre una banda diagonal en el cuadrante superior. Dieciocho milisegundos de ventana. Cada cuatro segundos.
Maren entró por el canal privado, más baja, superpuesta a la voz de Ashcroft:
— Confirma, Reyes. Estoy leyendo tu sensor térmico desde aquí. Él tiene los números. Te lo estoy marcando en amarillo.
—Dieciocho milisegundos.
—Lo sé —dijo Ashcroft por el común—. Ancla el cañón principal al rombo y dispara en sincronía con el contador. No tires a ojo. El sistema lo hace por ti si está anclado.
Nova miró el visor. Un rombo amarillo parpadeaba sobre la junta superior del disco, con un contador en milisegundos que bajaba de 18 a 0 cada cuatro segundos.
Casi nada. Nova respiró cuatro cuatro seis.
Esperó. Cuando el contador llegó a cero en la primera ventana, empujó el acelerador a máximos y cerró distancia con el disco.
Los otros Halcones la cubrieron desde los flancos.
El cañón principal del Halcón era un acelerador de partículas focalizadas operado por rieles magnéticos paralelos, calibrado para emitir a frecuencia armónica 3,8 terahercios —la frecuencia que, según Inteligencia, en teoría mejor perforaba los escudos de fase del Colectivo.
Nova disparó anclada al rombo. El campo absorbió el impacto pero el anillo superior vibró con una nota baja y el rombo cambió de amarillo a naranja.
La siguiente ventana llegó cuatro segundos más tarde —disparó otra vez, y el anillo empezó a desalinearse de su eje.
A la tercera, una placa exterior se soltó y giró al espacio dando volteretas lentas.
A los veintidós minutos, el disco golpeó al Halcón de Nova con un cañón lateral y la cabina se apagó.
Nova estuvo muerta cuatro segundos. Dentro de la cabina no vio negro, vio gris, un gris denso con manchas de luz que tardó en identificar como sus propias células del ojo protestando por la falta de oxígeno, y cuando la cabina se encendió de nuevo el sistema de soporte estaba a veintisiete por ciento.
El visor parpadeó, el motor dos ronroneó, y Nova recuperó primero el pulso, después la orden.
Nova voló. Seis minutos enteros. La cabina se le llenó de alarmas de proximidad, de la voz monótona del ordenador diciendo alerta blindaje, alerta turbinas, alerta vector , de chasquidos secos de cuando los fragmentos de plasma golpeaban el casco sin perforarlo.
El escuadrón la cubría. Kessler, desde la nave líder, en posición de cobertura veía el combate entero que Nova, pegada al disco, ya no alcanzaba a ver; le lanzaba coordenadas cortas por el canal común, coordenadas que Nova procesaba sin mirar y convertía en movimientos: dos pulgares izquierda, inclinar veinte grados, sube cuatro , un lenguaje que no estaba en ningún manual y que los pilotos de la Séptima habían ido inventando entre sí a fuerza de vivir juntos.
A los veintinueve minutos, Halcón cuatro no respondió a un llamado de reposición.
Halcón cuatro era Irati, una chica de Ceres Sur con la que Nova había cenado tres o cuatro veces durante el último tour.
Una de esas noches Irati la había hecho reír; Nova ya no sabría reconstruir con qué.
Beltrán, en el mismo flanco, se había apagado pocos minutos antes.
Nova apretó los dientes. Maren, en el canal privado, no dijo nada.
Había cosas que en combate los pilotos no se contaban entre sí. Las contaban después.
A los treinta y un minutos, una de las baterías la tuvo encuadrada un segundo largo. No disparó: la sincronía rota la perdió antes de afinar el tiro.
—Escudo de fase al veinte —dijo su sistema.
—Lo sé.
Al cuarto impacto sincronizado, el anillo superior se desprendió del eje.
Se desprendió con un giro extraño, el giro de una pieza que ha dejado de ser una cosa sola.
Como un hueso que se sale de su articulación.
El disco, sacudido, tardó en reestabilizar la contrarrotación de los anillos restantes.
Nova usó el retraso: pasó por debajo del anillo inferior ya desfasado, rodeó el disco y subió desde atrás.
La cúpula central, hasta entonces blindada por los dos anillos, quedó expuesta unos segundos por el ángulo ciego.
Las baterías, sin el escudo exterior que las orientaba, perdieron sincronía.
Dos de ellas dispararon en vacío, una giró a medio recorrido y se quedó bloqueada apuntando al espacio abierto, otra siguió buscando un blanco que ya no estaba donde creía.
El cuerpo central, sin la doble capa de contención de los anillos, ya no podía sostener nada.
Nova vio, en el visor, un segundo rombo que Maren acababa de pintarle en amarillo parpadeante sobre la junta baja de la cúpula, y concentró todo el plasma que le quedaba en una sola carga lista para disparar.
Antes de que Nova pudiera presionar el botón y disparar, el canal abierto del enemigo, un canal que había estado en silencio durante hora y media, se encendió por primera vez.
El sonido que llegó no fue un monólogo. Fue el intento.
Dos o tres fragmentos entrecortados, articulados con una voz humana en su sonoridad pero con una prosodia que Nova no reconoció, vocales abiertas, cadencia antigua, interferidos por estática dura.
La transmisión se abrió paso entre los chirridos del canal a fuerza, como algo que insiste en armarse y no termina.
— …nave…
Humano , pensó Nova. Eso es humano.
Estática. Un pulso grave. Dos segundos.
— …mi nombre…
Estática. Otro pulso. La voz volvió, más rota, las vocales raspando contra la frecuencia.
— …cumplimos… lo que pidieron…
La voz se quebró. La cabina del Halcón vibró.
En la pantalla Nova divisó la cúpula central del disco trasladarse un grado por un movimiento que ya no era pilotaje sino desprendimiento.
Lo que quedaba del estabilizador interno no estaba estabilizando nada.
Una última sílaba alcanzó el canal, podía haber sido una consonante, podía haber sido una exhalación, y después el canal se comió a sí mismo en un zumbido plano.
Nova tardó seis segundos. Tres más de lo que permitía el manual.
El manual no cubría una voz humana saliendo de algo que no era humano.
En esos seis segundos vio la silueta medio abierta de la cúpula y, detrás, un punto de luz tenue que podía ser cualquier cosa: un sistema interno, un reflejo del anillo superior, la figura de quien le había hablado.
Le quedaba en el oído la voz humana: las vocales abiertas que sonaban a castellano de otro siglo, el mi nombre colgado a medias, el cumplimos lo que pidieron .
Apretó el disparador.
El disco entero se abrió desde adentro. No hubo explosión con sonido, no hay sonido, pero la cabina se llenó de luz.
Una luz blanca fría que le dolió a los ojos aunque el visor filtrara.
La luz duró dos segundos. Después oscuridad.
Después, en el centro de donde había estado la nave, apenas escombros.
Polvo estelar. Y, eyectado por la propia desintegración hacia un vector limpio, un fragmento más denso que los otros: una cápsula refractaria del tamaño aproximado de un torpedo de combate, oscura, intacta, que Nova no vio en ese momento y que las naves de los Rastrilladores recogieron dos horas más tarde: el núcleo de registro de fase del Explorador, intacto.
El canal enemigo se cerró. Solo eso. El silencio que había llegado a las 14:02 ahora vivía también dentro de aquel disco roto.
—Halcones —dijo Kessler por el canal de grupo—. Objetivo neutralizado. Formación de regreso.