Capítulo 3 — La Mano del General
La Mano del General
Volvió del baño del camarote con las manos lavadas y los dientes cepillados.
No se había reconocido del todo. La cara que le devolvía el espejo era la suya, sí, pero había algo en los ojos, un centímetro de profundidad nuevo, un hueco que no recordaba haber tenido esa mañana, que le hizo sentir que se miraba desde afuera.
Escupió. Se miró otra vez. Se secó con la toalla áspera de fibra, la misma de siempre, y salió.
Maren leyó la convocatoria. Dos segundos.
—A mí. Esto es el fin del mundo.
—Maren.
Maren no respondió. Bajó los ojos a la placa madre que llevaba tres días sin arreglar.
A las 20:04 Nova entró a la sala de mandos ampliada.
Sesenta oficiales. Luz baja. La proyección del sistema solar en el centro, con los dieciséis puntos grises y otros dos más (confirmados apenas en las últimas horas: los dos del borde del sector, tan lejos que su silencio tardó en cruzar el vacío).
En la fila lateral derecha, junto a las dos consolas tácticas auxiliares, Nova reconoció a Ashcroft —oficial táctico europeo del puente, cabeza rapada, voz plana, el que daba lecturas vectoriales en combate sin levantar el tono—; Ashcroft la saludó con un asentimiento mínimo.
A las 20:08 la puerta del fondo se abrió. El General Orion entró con paso medido, las manos cruzadas a la espalda. Cuando Orion entraba, el silencio se organizaba solo.
Tenía cincuenta y ocho años, el cabello blanco cortado al rape militar, una cicatriz vieja que le bajaba por el costado derecho del cuello y se perdía bajo el uniforme —recuerdo de Marte, decía él; Nova nunca había preguntado más—, y el implante ocular verde apagado que le daba a la pupila derecha un brillo distinto al humano.
Cuando hablaba, lo hacía con una calma no fingida, producto de cuarenta años de haber visto morir gente y saber que al día siguiente había que seguir tomando café.
Vestía el uniforme ceremonial de la Séptima, pero sin condecoraciones.
Las condecoraciones, le había dicho una vez a Nova en la academia, eran para los muertos. A los vivos les estorbaban.
—Buenas tardes.
—Buenas tardes, General.
—A las catorce cero dos comenzó un silencio coordinado de dieciséis instalaciones orbitales dentro del sector doce, Prometeo entre ellas.
A las diecisiete cero nueve se confirmaron dos más, Kepler-4 y el faro militar Ruiz-Goya, tan al borde del sector que su silencio tardó tres horas en cruzar el vacío.
Dieciocho cuando se terminó de contar. El número que quedó fue el primero.
Pausa.
—La Séptima se enfrenta ahora a un agente desconocido.
Naves de casco negro, sin registro, sin señal ni identificación.
Las hemos llamado, por conveniencia, Colectivo del Vacío.
El nombre viene del análisis preliminar de firmas de salto: parecen emerger del espacio entre las estrellas, no de una base conocida. Es un nombre provisional.
Orion movió dos dedos. La proyección se abrió al anillo de flotas. Casi todas lejos, en naranja apagado, cada una atada a su propio frente. Dos en verde, dentro del sistema, demasiado adentro para servir de algo. Y una sola en rojo, sobre la línea de la frontera. La Séptima. La de ellos.
—Para que lo entiendan. —Orion dejó que la imagen calara—.
La Tercera, atascada en Saturno sacando civiles; tarda dos días en volver.
La Sexta, metida hasta el cuello en el Cinturón.
La Novena, frenada en el cuadrante ocho por una orden que no se firmó en esta sala.
Si esto avanza, ningún refuerzo llega a tiempo.
La frontera es nuestra por setenta y dos horas, o hasta que alguien decida lo contrario.
Mientras tanto, los contenemos y averiguamos qué son.
Orion se movió dos pasos alrededor de la proyección. Bajó el volumen.
—Cada uno de ustedes, esta tarde, tenía a alguien en uno de esos faros.
Hijos, padres, profesores de academia, primas lejanas.
Yo también. Mi ahijada estaba destinada a Prometeo este trimestre.
Cambió de plaza hace cinco semanas por una cuestión de salud menor.
Hoy está viva por accidente. No voy a decirles que sean profesionales y dejen sus memorias fuera de la cabina.
Les voy a pedir que las metan dentro con cuidado.
Un piloto con dolor honrado es mejor que uno con la cara vacía.
Uno con dolor descontrolado vuelve en una nube.
Sepan dónde están en esa línea. Si alguno no lo sabe, hable con su líder de escuadrón, o hable conmigo.
La puerta de mi despacho va a estar abierta esta noche hasta las dos.
Orion dejó que el silencio volviera a ocupar la sala. Nova no se movió. Al lado, Maren tampoco. En algún lugar más atrás, alguien exhaló por la nariz de un modo que era casi una palabra y no lo era.
—Bien —dijo Orion, y reactivó la proyección central—. Adelante, entonces.
Apareció un cuerpo nuevo en el centro de la proyección: una nave más grande, con forma de disco, con tres anillos concéntricos rotando alrededor. De ellos salían ramas largas, rígidas. Siete, las contó Nova. Quizá eran cañones o sensores; o quizá algo que aún no tenía nombre.
—Este es su explorador. Uno solo, por ahora.
Lo hemos detectado aproximándose al sector nueve.
Pilotado por una inteligencia silenciosa: no emite identificación, no acusa recibo de nuestras señales, no responde a ningún protocolo de contacto conocido.
Vamos a interceptarlo. No porque sea una amenaza inmediata, sino porque aún no sabemos qué es, y las cosas que no sabemos qué son tienen la mala costumbre de volverse amenazas cuando uno las deja a solas.
—Comandante Kessler. Mando táctico de la operación.
—A la orden, General.
—Teniente Reyes. Punta de lanza. Kessler lleva, usted abre.
Nova sintió, al lado, la mirada rápida de Maren; no giró para devolverla. Asintió.
—A la orden.
Orion la miró un instante más de lo que debía.
Después se acercó, cruzó la sala con dos pasos largos, le puso la mano en el hombro derecho y apretó.
Un apretón corto, paternal. Nova conoció ese gesto: lo conocía desde la academia.
Pero una cosa —algo que después, noches después, Nova trataría de reconstruir— no encajó.
Fue como oír una nota fuera de tono en una canción conocida, tan leve que Nova lo olvidó de inmediato.
La mano era pesada. Era cálida. Era la mano que la había tomado del hombro por primera vez, doce años atrás, en una formación de cadetes.
—Confío en ti —dijo Orion.
—Gracias, señor.
La mano se fue y Orion se apartó. Nova sintió el hombro más ligero y más gastado: una huella.
Volvió a su asiento con la cadera rozando la de Maren.
Maren no la miró, pero Nova la sintió tensa, tensa de cable bajo carga, y cuando al final del briefing todos se pusieron de pie y empezaron a salir en fila, Maren le puso la mano en el codo, un segundo, no más, y le dijo al oído, bajo, apenas moviendo los labios:
—Chiquilla, cuídate el hombro derecho.
Nova la miró.
—¿Qué?
—El hombro derecho. En la cabina se te tensa cuando te pones nerviosa. Te hace inclinar el sidestick dos grados de más. Cuídalo.
Maren la miró dos segundos.
—Vuelve, Reyes.
Maren se fue. Nova se quedó mirándola alejarse por el pasillo con las manos en los bolsillos del mono, con los goggles sobre la frente, con esa forma particular de caminar que tenía y que Nova había aprendido a querer sin decirlo nunca en voz alta.
Salió en veinte. El equipo de la nave le hizo el ajuste final al motor dos, y Nova cruzó el umbral del hangar a velocidad baja, con el visor todavía en modo de calibración, mirando el paisaje doméstico del hangar hacerse pequeño detrás.
Una técnica con casco rojo, Neira, siempre Neira, una muchacha de Tycho Sur, le hizo una señal de pulgar hacia arriba desde el suelo.
Nova devolvió la señal. Apretó los dedos contra el sidestick. El hangar desapareció.
Lo demás, durante los siguientes cuarenta minutos, fue combate.