Capítulo 2 — Humo en Prometeo #3
Entró a la nodriza sin pedir permiso de aproximación.
Los sensores del muelle magnético, en un gesto que Nova agradeció sin decirlo, no le cobraron la infracción.
Ancló. Selló. Se quedó sentada cuatro minutos enteros con las manos en los controles apagados.
La cabina olía a quemado y el casco le apretaba las sienes.
El visor mostraba, sin que ella le hubiera pedido, una lista muy breve: Bajas propias del escuadrón: 1.
Bajas enemigas confirmadas del escuadrón: 14.
Retorno a base: 17:42. Nova leyó la primera línea varias veces.
Bajas propias del escuadrón: 1. Un número simple.
Una cifra impar. El escuadrón había salido con ocho Halcones y había vuelto con siete.
—Reyes.
La voz de Maren por el canal privado, apenas audible.
—Reyes, ¿respiras?
Respiró, una vez, dos, y se escuchó respirar sin responder.
—Reyes, contéstame. Lo que sea, al menos dime una palabra.
Nova abrió la boca. La cerró. Se llevó la mano libre al bolsillo del pecho, pasó la palma por encima de la chapa de su padre, y encontró también, contra la tela, la de Kai.
La placa que había recogido del suelo del vestíbulo hacía ya más de dos horas.
La que pensaba devolverle al volver. En el hangar. Cuando bajaran las dos.
Nova la sacó del bolsillo con dos dedos. MORALES, K., 06–19, 7ma FL . Al reverso, el código: SF-VII-00442-KM . El mismo que, en los registros de la Séptima, quedaba asociado a un piloto de forma única durante toda su carrera.
El plan era devolverla. Ya no había a quién.
Nova la volvió a meter en el bolsillo exterior del traje, esta vez sin prisa. Era un sitio de tránsito. Tenía claro adónde la iba a llevar después.
—Reyes.
Ella siguió sin contestar. La sangre le latía en los oídos con un ritmo preciso: las mismas dos notas, tres, la cuarta atravesada. Iba a llevar ese latido el resto de su vida.
Finalmente, cuando el canal privado había estado abierto durante cerca de tres minutos sin una palabra, Maren dijo, con una voz que ya no era voz de ingeniera:
—Chiquilla, estoy en el hangar. Bájate.
Nova se bajó y caminó por la rampa con las piernas de otra persona.
Maren la esperaba al pie. No se acercó. Le indicó con la cabeza por aquí , y caminó delante de ella hasta un rincón del hangar donde los mecánicos guardaban las escaleras tijera.
Ahí, detrás de una columna de fibra, donde nadie las veía, Maren se detuvo. Nova se detuvo.
—Siéntate —dijo Maren.
Nova se sentó en el suelo con las piernas cruzadas.
No se quitó el casco. Maren se agachó frente a ella y, con una eficiencia de ingeniera, con una torpeza de amiga, le soltó los seguros del casco uno por uno, y se lo quitó, y lo puso a un lado.
Después le limpió la cara con un trapo que llevaba en el cinturón.
Le limpió el sudor, también una línea de lágrima seca que no sabía que tenía.
Vio las petequias bajo los ojos y las manchas rojas en el blanco del ojo, y no las comentó.
Las había visto cien veces antes, en otras caras. La de Nova era la primera vez.
Ninguna de las dos dijo nada.
Cuando terminó, Maren se sentó también en el suelo, al lado de Nova, con la espalda contra la columna de fibra. Se quedaron así seis o siete minutos. Afuera del rincón el hangar hacía su ruido de siempre. Una grúa movía un fuselaje. Un mecánico silbaba algo bajo, sin letra.
Al final, Maren habló.
—¿Quieres contarme quién era?
Nova respiró por la nariz.
—Kai. Morales.
—Kai.
—Dormía en la cubierta cuatro.
—Ah.
—Estaba tarareando. Una canción. ¿Puedes creerlo?
Maren bajó los párpados un momento.
—Ah, chiquilla, lo lamento.
Nova no dijo nada más: no hacía falta.
Cuando al fin se levantaron, Nova llevaba un peso de más en el traje, y Maren, cosa rarísima en ella desde hacía años, tenía los ojos rojos y no le importaba que se notaran.
El hangar seguía trabajando. La Hécate-7 seguía su curso.
Afuera, en el vacío, los restos de Prometeo se iban expandiendo con la calma con que se expanden todos los restos.
Y en el borde del sistema, una nave de casco negro con forma de disco recibió la señal.
* * *
En el camarote, con el traje de vuelo doblado sobre el banco y el uniforme base aún encima, Nova se llevó la mano al bolsillo del pecho, donde la chapa de su padre había viajado sola desde que ella era niña.
La cadena de su propia chapa le rozó la nuca al moverse.
La conocía de memoria desde la ceremonia de alta, ocho años atrás, cuando un superior le había pasado la cadena de tungsteno por el cuello y la chapa había dejado el bolsillo exterior del traje para no volver a salir de debajo del uniforme.
No la pensaba nunca, salvo en noches como esta.
Hoy la pensó: al cuello la suya, mirando al futuro; en el bolsillo, dos chapas ajenas, las de los que ya no iban a volver.
Sacó la chapa de su padre, la puso en la palma izquierda.
Luego sacó la chapa de Kai del bolsillo exterior del traje, donde había viajado las últimas horas, y la puso al lado de la del padre.
Las miró un rato. Luego, despacio, las guardó las dos en el bolsillo del pecho.
Lo cerró. Desde esa noche iban a ir juntas.
El bolsillo, antes habitado por una sola pieza, empezaba a tener volumen. Un volumen discreto de dos láminas de titanio frío contra el pecho. Un cementerio portátil que Nova llevaría bajo el uniforme como otras personas llevan un relicario con una medalla de la virgen.
Prometeo se apagaba.
Kai se había apagado.
La noche, para Nova, apenas empezaba.