Capítulo 2 — Humo en Prometeo #2
Los ocho Halcones se abrieron. Nova ocupó su lugar, dos a la izquierda del líder.
Kai en Halcón ocho, en la cobertura trasera del escuadrón: la posición del aprendiz, la de menor exposición.
Detrás de los Halcones venía el crucero ligero Tordo , a treinta minutos de rendezvous, con dos naves de apoyo como flanqueo intermedio a quince.
Para los Halcones del frente, en ese primer combate, treinta minutos era mucho. Demasiado.
—Teniente —dijo Kai, bajo, por el canal privado—. Yo dormía en la cuatro.
—Yo también —dijo Nova. La palabra se le cayó por dentro como una copa de cristal en el suelo de una iglesia.
—¿Se acuerda del camino corto al comedor? ¿El que pasaba por los lockers?
Nova tragó.
—Me acuerdo.
—Yo lo usaba todos los días —dijo Kai.
—También, Kai. —Nova mantuvo la voz plana, como si la nube de afuera no estuviera ahí—. Y la vending al final del pasillo. El botón cinco. De esa máquina sale el café que te debo, Morales.
Kai se quedó callada un momento.
—Nunca supe quién la dañó.
—Belarmino —dijo Nova—. Un instructor. Temperamental y horriblemente hermoso.
Lo tenía grabado hueso adentro. Belarmino había forzado la vending de madrugada con un destornillador, según contaban, y la había dejado así para siempre; murió años después en un fallo de presurización de una cápsula de entrenamiento que nadie acabó de explicar del todo.
La máquina quedó de su mano, y los cadetes que llegaban aprendían a usarla como aprendían a respirar.
El canal privado seguía abierto entre las dos. Por él entró el sonido de Kai respirando demasiado rápido: tres inhalaciones cortas, sin pausa entre ellas para soltar.
—Respira. Cuatro, cuatro, seis.
—Teniente.
—Respira, Morales.
Kai respiró. Nova oyó la inhalación en el canal.
La pausa. La exhalación. Cerró los ojos un segundo entero y volvió a abrirlos.
Recordó un poster gigante que llevaba años en un pasillo de Prometeo, uno de esos posters motivacionales que nadie recuerda haber visto colgar: una corredora cruzando la línea de meta con los brazos abiertos, una atleta clásica de los primeros Juegos Lunares, decía el pie descolorido, y debajo, en letras grandes, dos palabras: respira después .
Nova lo había visto cada día durante dos años.
Ahora, en la cabina del Halcón, a cuarenta metros de una chica que tarareaba, se le ocurrió por fin que esa frase no era un consejo deportivo: era una instrucción de supervivencia militar.
Respira después. Primero termina. Primero llega. Respira después.
No hubo tiempo de que ninguna de las dos dijera nada más. Algo se movió dentro de la nube.
Al principio Nova pensó que era escombros nuevos.
Luego entendió: los escombros no se mueven así.
Los escombros van a donde los empuja la inercia, y estas cosas cambiaban de vector.
Siete puntos. Doce. Veintidós. Nova dejó de contarlos.
Naves pequeñas, lisas, negras con un brillo azul interno, venoso.
No tenían ventanillas ni marcas, ni emisión de radio, ni ruido de motor en los sensores, ninguno de los diálogos automáticos que los sistemas militares humanos aprendían a reconocer por reflejo.
Tampoco había firma térmica de cuerpo vivo en el interior; los sensores de proximidad eran inconcluyentes a esta distancia.
—¡Líder, contacto! Objetos. No identificados.
—Los veo, dos. Los veo.
Las naves se abrieron en una formación que no era formación humana. Tenían una geometría de un cardumen, no la de una flota. Iban al frente sin líneas, sin jerarquía visible.
Nova sintió dos cosas a la vez. La primera: frío, el frío seco que le bajaba por la piel cuando su cuerpo entraba en modo combate.
La segunda: un reconocimiento raro, una familiaridad imposible.
Las naves eran humanas en la forma . Cuatro extremidades largas, un cuerpo central ovoide.
Como si un niño hubiera dibujado una figura humana y alguien la hubiera convertido en nave.
—¡Halcones, fuego cuando cierren a tres mil! Tiempo estimado catorce segundos.
En catorce segundos el escuadrón de Kessler acomodó los ángulos, cargó los plasma, ajustó los filtros del visor contra el reflejo de las placas de casco flotantes de Prometeo, y Nova, que conocía a Kessler lo suficiente como para saber que su voz plana era su forma de sujetar al escuadrón por los hombros, sintió a los demás pilotos respirando al unísono por el canal principal, con esa coordinación silenciosa que se aprende en la academia y que ningún instructor puede explicar sin usar metáforas de pescadores que tiran una red entre varios.
Cerraron a tres mil en catorce segundos.
La cabina de Nova vibró con el primer pulso de plasma.
El enemigo no respondía con señales. Respondía con velocidad.
Las naves negras se movían mucho más rápido que cualquier nave de combate humana del mismo tamaño; hacían virajes que no respetaban masa, que no respetaban inercia, que parecían hacer trampa a algo fundamental.
Nova se centró. Dejó fuera el resto del mundo.
Voló como le habían enseñado: anticipando, no reaccionando.
Golpeó a una. Vio cómo se abría en dos, sin explosión, como una fruta que se parte. Por dentro había luz azul, y, Nova creyó ver durante medio segundo, una figura azulada con forma humana, una silueta clavada al centro como un piloto. No iba a pensar en eso ahora. No.
—Halcón ocho, a tu derecha —interrumpió una voz en la radio.
—¡Mierda, las veo!
—¡Vira, Morales!
—¡Virando, carajo, virando! Mierda, mierda, mierda…
Kai viró y viró bien. Nova lo vio por el rabillo del ojo: la nave de Morales trazó una curva perfecta.
Kai iba a salir bien, iba a salir. Nova apretó el disparador contra una segunda nave enemiga, la abrió y la pasó.
Dos . La voz automática del sensor de cabina dijo confirmado dos , y Nova apagó la voz, porque era la que uno no quiere oír cuando está a punto de perder a un compañero y todavía no lo sabe.
Una de las naves negras se le cruzó por abajo.
Nova gritó, supo que había gritado porque le dolió la garganta, no porque oyera su propia voz, y disparó con todo. Golpeó a la nave negra. La abrió. No alcanzó.
El impacto contra el Halcón ocho fue silencioso.
Desde fuera debió ser un destello. Desde dentro, Nova lo supo porque el canal ocho se quedó abierto dos segundos más, dos segundos con su presencia, su respiración entrecortada, y una cosa extraña, Kai estaba tarareando.
La misma tonada que había empezado durante el salto.
Dos notas. Tres. Y el corte, en el último tiempo del primer compás, una nota que no sonó, que no iba a sonar, que se quedó colgada en el canal: una pregunta sin responder.
Kai, Halcón ocho, una novata que dormía en la cubierta cuatro. Se apagó.
Dio la vuelta. Dio la vuelta con una rabia quieta, una rabia sin grito, la peor.
Disparó tres veces. Mató tres naves. No supo cuáles, no le importó.
Las naves negras empezaron a retirarse, no por miedo, le pareció, sino por algún cálculo interno, y el crucero apareció por fin, demasiado tarde para Kai, justo a tiempo para asustar al resto.
Los restos del escuadrón se reagruparon sin hablar.
Kessler dio dos órdenes que se ejecutaron sin una sola pregunta.
Había una silenciosa concentración vengativa en el aire.
Nova contó, sin darse cuenta, las naves que había matado esa noche.
Seis naves con forma casi humana, seis cuerpos ovoides partidos por dentro con luz azul.
Nova contaba los seis. En algún momento de alguno de los disparos había roto la regla tácita que ella misma había puesto a los diecinueve años, después de la primera vez que había matado en combate real, de no contar jamás a sus muertos, y había empezado a contarlos.
Antes de volver a la formación, Nova voló hacia el lugar donde había caído Kai.
Cuando llegó al Halcón ocho, la nave estaba a la deriva, intacta por fuera, con una herida limpia en el flanco izquierdo por donde había entrado el haz de plasma.
La cabina estaba visible. Kai, Nova no quiso mirar, pero miró: tenía la cabeza ligeramente inclinada hacia adelante, el casco puesto, las manos todavía en los controles.
Como si fuera a volverse a mover en cualquier momento y decir, con esa voz joven, teniente, vuelvo a formación .
Nova se acercó a treinta metros. Se quedó ahí, quieta, mirándola.
En el canal privado (el canal de ingeniería, un enlace táctico de banda estrecha —solo voz y constantes vitales, nunca imágenes— con escucha prioritaria sobre el piloto a su cargo, un privilegio que Maren había mantenido activo durante todo el combate sin pedir permiso), Maren, que había estado callada hasta ese momento, oyó el cambio en la respiración de Nova antes de que dijera nada.
—Reyes.
—No me hables ahora, Maren.
—No pienso hablarte. Escúchame. Sal de ahí.
—Maren.
—No te quedes mirándola. No te hagas eso. Vuelve a formación.
Nova respiró. Dejó al Halcón ocho a la deriva. Se alejó en una curva larga, baja.
Cuando se cerró el último canal de combate, Nova no se movió.
Se quedó con las dos manos sobre la palanca y miró la nube de Prometeo.
Prometeo: la cubierta cuatro, la litera donde durmió dos años, el primer blanco que había acertado, la noche entera que había llorado a los diecinueve por un novio que ni siquiera le había gustado tanto, el himno de la Confederación a todo volumen, y una muchacha llamada Sofía que le había enseñado a bailar un merengue imposible en el ala C, un sábado por la noche, con ron destilado en la bahía de ingeniería.
Prometeo ya no estaba, Kai ya no estaba, y los dos segundos de canal abierto de Morales le seguían sonando en la cabeza.