La Semilla de Hierro (Hierro y Vacío 1) Capítulo 2 — Humo en Prometeo
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Capítulo 2 — Humo en Prometeo

Humo en Prometeo

El briefing duró once minutos. A Nova se le quedaron dos frases en la cabeza: la Séptima Flota se moviliza al sector doce , y nadie responde en Prometeo .

Por qué Prometeo y no otra lo entendió sin que se lo subrayaran: coordinaba medio sector —reabastecimiento, tráfico, mando intermedio—, y sin ella la frontera quedaba ciega y sin línea de suministro.

Lo que no estaba en el parte lo pensó sola: en Prometeo vivía más gente que en los otros quince faros juntos; si en algún sitio quedaba alguien a quien sacar, era ahí.

Las demás palabras —coordenadas, formaciones, códigos de identificación— se le colaron por la piel sin pasar por la conciencia.

Nova salió del briefing con el casco bajo el brazo y la sensación, en el paladar, de haber comido algo que no debía; un sabor amargo a miedo contenido.

En el pasillo se cruzó con una técnica que lloraba en silencio y seguía caminando al mismo tiempo, con esa destreza triste que uno aprende después de muchos turnos.

Un minuto después, con Nova ya en el extremo opuesto del vestíbulo y camino a la bahía seis, la novata logró ajustarse el casco, respiró hondo dos veces y caminó hacia su Halcón sin mirar atrás. Dos técnicos abrieron la compuerta inferior y la ayudaron a subir.

Nova iba a seguir de largo, pero vio algo en el suelo del vestíbulo, a la altura del sitio donde la novata había estado peleándose con el casco: un destello mínimo, apenas perceptible bajo la luz azul de emergencia. Volvió sobre sus pasos y se agachó.

Una chapa de identificación, estampada en relieve.

La que llevaban los novatos en el bolsillo exterior del traje en el primer despliegue.

Al regreso, en una ceremonia breve la pasaban a la cadena del cuello y ya no volvía a salir de debajo del uniforme.

Se le había resbalado a la novata en algún momento de aquel arnés revisado tres veces y ninguna había notado la caída.

Nova la leyó con el pulgar: MORALES, K., 06–19, 7ma FL , con los dos triángulos de teniente en relieve sobre el apellido. Al reverso, el código reglamentario: SF-VII-00442-KM .

Miró hacia el Halcón de la novata: la compuerta ya estaba cerrándose, los técnicos retiraban la escalera. No había tiempo de correr y devolvérsela sin hacer parar todo el despliegue por una chapa. Nova cerró los dedos sobre la placa. Se la devuelvo al volver , pensó.

Se guardó la de Kai en el bolsillo exterior del traje, el que quedaba accesible durante el vuelo. No en el interior. En el interior, bajo todo, Nova llevaba la chapa de su padre desde los ocho años, y ese bolsillo no admitía préstamos. Iba a ser un viaje corto.

A las 15:40 Nova estaba dentro de su Halcón en la bahía seis, con el casco puesto y el arnés ajustado, y el temblor de la nave debajo de ella le subía por la columna como una conversación entre huesos.

Ocho Halcones de reconocimiento, dos naves de apoyo, un crucero ligero detrás: la formación estándar para una respuesta rápida.

Estándar . Esa palabra otra vez. Afuera del Halcón, el hangar estaba iluminado con luz azul de emergencia, y cada nave proyectaba dos sombras en el suelo: una corta, dura, de la luz cenital; otra larga, movediza, de las linternas de los mecánicos que todavía corrían de un lado a otro terminando diagnósticos de último momento.

—Halcones uno a ocho. Canal de grupo abierto.

—La voz del líder de escuadrón, Kessler, sonaba tan plana como siempre.

Kessler tenía cuarenta y siete años, terrano de la región que había sido Alemania hasta la unificación post-Marte; sus padres habían emigrado voluntarios a una estación agrícola del cinturón cuando él tenía siete, y en la flota había perdido el acento pero no la altura, ni las mejillas rosadas del clima frío, ni la costumbre de llevar el pelo corto hasta la raíz.

Tres divorcios a la espalda, dos décadas en la Séptima, y una reputación de que nada le movía la presión arterial.

Nova le había visto una vez comer un sánduche mientras esquivaba un campo de minas.

El hombre era un animal terrestre puesto por error en una silla de piloto; le daba igual que lo estuvieran abrazando o disparando—.

Salida en dos minutos. Repito, dos minutos.

Tiempo subjetivo hasta Prometeo con drive en curva baja, cuarenta y siete minutos.

Cuarenta y siete minutos. Nova los midió sin querer en la única unidad que le servía: cuántas veces le iba a latir el corazón hasta entonces. No terminó la cuenta. Tragó. Dentro del visor, los números se encendieron. Fuera del visor, alguien suspiró por el canal.

—Halcón ocho. Canal abierto. ¿Alguien me oye?

Una voz nueva. Joven. Le temblaba en la e .

—Aquí tres. Te oigo.

Nova presionó el interruptor para comunicación privada. Habló con calma de piedra.

—Soy la teniente Reyes. Halcón dos. ¿Primera salida en la Séptima?

—Afirmativo, teniente. Kai Morales, Halcón ocho.

—¿Edad, Morales?

—Diecinueve, teniente.

—Diecinueve años, Morales. Seguro que no has dormido.

—Dormí. Un poco.

—Un poco es mentira, Morales. Pero sirve.

Risa nerviosa del otro lado.

—Morales. Dime una cosa. La vending de la cubierta cuatro. La del botón cinco que se traba. ¿Sigue dando guerra?

—Sigue, teniente.

—Bien. Si vuelvo, le invito un café de los que toman los jefes. Un Quiet Comet.

—Le tomo la palabra, teniente.

A veces los novatos se reían para no vomitar. Nova lo sabía. Lo había hecho a los dieciocho.

A Kai la habían mandado al frente con diecinueve años y ciento veinte horas de simulador.

Nunca había volado un Halcón de verdad. No era negligencia: era la matemática de no tener a nadie más.

La Séptima operaba con un déficit del cuarenta por ciento de personal veterano desde Marte.

Hacía tres meses, el reclutamiento había recortado la formación de cadete y eliminado el programa de prueba.

Kai había pasado de la academia al escuadrón de vanguardia en unos meses, cuando el estándar pre-Marte eran tres años. Nadie lo discutía. No había con quién.

—Halcón ocho, te dejo el canal abierto todo el trayecto —dijo Nova—. Para que no tengas que pensar dónde está el botón cuando quieras preguntar algo. Me hablas y yo estoy.

—Recibido, teniente.

—Y si no preguntas nada, mejor. Quiere decir que lo haces bien.

—Sí, teniente.

En el canal privado, Maren entró sin avisar.

—Motor dos al noventa y ocho. Lo dejé subir un punto más para que no te quejes.

—Gracias.

—No me las des, chiquilla.

La palabra chiquilla le dolió como un golpe dulce. Nova la guardó. La guardaría todo el día, si era necesario.

El drive de curvatura se enganchó. La Hécate-7 se redujo detrás de la formación a un tamaño de pulgar, después a un tamaño de punto, después a nada.

La curvatura les dobló el vacío durante cuarenta y siete minutos que, en el reloj de cabina de Nova, pasaron con esa rareza de los saltos cortos: una especie de flotación que no se llevaba bien con el cuerpo humano.

Algunos pilotos sentían náuseas. Otros —Nova era de esos— sentían una ligera euforia, un cosquilleo en las encías, un recuerdo involuntario de cosas de la infancia.

Hoy le vino, sin razón, el sabor del primer helado de piña en Tycho Sur a los once años.

Una felicidad idiota y específica de cuando el cuerpo está haciendo algo físicamente imposible.

Nova hizo lo que siempre hacía: tararear.

Esta vez sí le salió, lo de costumbre: un fragmento sin forma, dos notas que no encajaban con la tercera, ritmo de cabina sin métrica.

Tarareo, no canción. Pero entonces, por los auriculares del canal privado, llegó en susurro otra cosa: Kai estaba tarareando también.

Y lo de Kai sí era canción. Una tonada pegajosa, de una simpleza engañosamente infantil, con la métrica nítida de las canciones que se aprenden sin querer: dos notas, tres, una cuarta que parecía a punto de cerrar la frase y se atravesaba: la chica parecía guardarla para después.

Una melodía que se reconocía desde el primer compás aunque uno no la hubiera oído nunca: esa clase de tonada que alguien canta cuando se está lavando los dientes y no se da cuenta de que la está cantando.

Nova reconoció el tipo. Lo suyo era ruido.

Lo de Kai era pieza. Una chica de diecinueve años estaba tarareando una melodía vieja, de alguna colonia que Nova no habría sabido ubicar.

Apretó los labios y apartó el canal de su atención.

No se podía volar pensando en chicas de diecinueve años tarareando.

Prometeo debía estar a la una en el reloj de cabina, pero no estaba.

Lo primero que vio Nova fue humo. No era humo, no podía ser humo, no hay humo en el vacío, no hay oxígeno para alimentar ninguna combustión prolongada, pero el cerebro le puso la palabra.

Lo que Nova vio, lo que Kai vio, lo que Kessler vio desde la posición de líder y no dijo nada, fue una nube lenta.

Una nube enorme. Placas de casco del tamaño de edificios, girando sin acelerar sobre su propio eje.

Un anillo entero de la estación, separado del resto, flotando como una rueda sin carro.

Secciones de cubierta con iluminación interior aún encendida, tiras de luz que no sabían que su estación ya no existía.

Y, Nova lo vio y cerró los ojos un segundo y volvió a abrirlos, en medio de todo aquello, lo peor: siluetas pequeñas, muchas, centenares, tal vez más, flotando con los brazos abiertos, sin trajes presurizados, vestidas con ropa de trabajo. La gente que no tuvo tiempo de nada.

Nova respiró por la boca; le faltó saliva, le faltaron palabras. La cubierta cuatro, su cubierta, había estado en el anillo interior, y el anillo interior ya no existía: en el lugar donde había estado había un vacío nítido con esquirlas. Un negativo.

Kessler habló sin que la voz le cambiara. Quien había hecho esto, pensó Nova, quizá no se había ido.

—¡Formación defensiva! ¡Alfa! ¡Ya!