La Semilla de Hierro (Hierro y Vacío 1) Capítulo 1 — Las Dieciséis #3
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Capítulo 1 — Las Dieciséis #3

Maren le apretó el hombro una vez y no retiró la mano. Se quedó ahí, con su peso de aceite y cuarenta y un años, sobre el hombro derecho de Nova, sobre el punto exacto en que el traje estaba duro por los sudores de mil prácticas.

—Reyes —dijo Ibáñez, sin girarse—. Lo quiero todo registrado.

Posición, hora, firma espectral. Hasta el último parpadeo.

—Giró apenas la cabeza hacia el oficial de comunicaciones—.

Y localícenme a Kessler. Lo quiero en el puente o en línea, lo que llegue antes.

Su escuadrón preparado para movilización.

—Volvió al ventanal—. Mando Central no ha hablado aún, pero va a hablar.

Cuando hable, quiero que llevemos veinticinco minutos de ventaja.

—Sí, capitana.

Peralta probó un canal, después otro, después el de emergencia.

—Kessler no acusa, capitana. Cerró su patrulla a las trece treinta. No está en su litera ni en el hangar dos.

—Sígalo llamando.

Kessler era el líder de su escuadrón. Que no estuviera localizable no tenía por qué significar nada —la mitad de la nave no estaba donde tenía que estar esa noche—, pero el dato se le quedó, un grano de arena en un engranaje que seguía girando.

Nadie dijo nada. Los suboficiales seguían tecleando, y Peralta levantó la cabeza para mirar el mapa.

En la pantalla mural la nube de Kepler-9 seguía expandiéndose despacio, sin prisa, frame a frame, y en algún punto de ella había las tres mil setecientas firmas humanas que el sensor contaba y que pronto, a medida que se enfriaran, irían desapareciendo una a una de la lista.

El sistema actualizaba cada noventa segundos.

Tres mil seiscientas noventa y ocho. Tres mil seiscientas noventa.

Tres mil seiscientas. La cifra bajaba al ritmo en que el calor abandona un cuerpo.

Ni Maren ni Nova dijeron nada. No hacía falta.

En el bolsillo del pecho, la chapa del padre pesaba lo mismo de siempre.

Nova la había pesado una vez en una balanza de ingeniería, a los veintidós años, en un momento de curiosidad estúpida que después se había reprochado.

Diez coma tres gramos. Esa era la masa de su padre en el mundo, desde que ella tenía ocho años.

Un rectángulo de titanio grabado con un código y un apellido.

Ahora, con la mano de Maren en el hombro y la nube detrás del vidrio, Nova sintió —nunca antes lo había sentido así— que diez coma tres gramos era una cifra obscena.

Cerró los dedos sobre la tela. Se quedó quieta.

El sistema térmico del puente soplaba a dos grados demasiado fríos.

Detrás, alguien pronunció un nombre propio en tono bajo, Nova no alcanzó a distinguir cuál, y otra persona contestó lo sé , y la conversación se cortó ahí.

La cortina de muchos silencios menudos empezaba a caer sobre la nave.

—Maren.

—Dime.

—¿Tú crees que alguien sobrevivió?

Maren no respondió enseguida.

—No. Pero lo vamos a buscar igual.

Nova cabeceó. No había otra cosa que hacer.

Afuera, en el lugar donde había estado Kepler-9, la nube seguía expandiéndose con la paciencia geológica del vacío.

En el lugar donde había estado Prometeo-Orbital, a trescientos millones de kilómetros más lejos, fuera del alcance visual aún, otra nube estaba empezando a tomar forma, y Nova todavía no lo sabía.

En el lugar donde había estado Kronos-2.

Horus-Orbital. El faro ático de Narayana-3.

La boya de relevo civil. El HSS Tambora.

El faro Vigía-11, el pequeño, el que Nova recordaba vagamente de una prueba de campo a los veinte años.

El faro Halcyon-19, en la periferia del sistema.

Dieciséis lugares con nombres propios que durante décadas habían tenido coordenadas y horario de turnos y listados de personal, y que ahora, en menos de una hora, habían sido convertidos en dieciséis nubes de polvo fino suspendidas en el negro.

Dieciséis nombres que esa noche pedirían una lista que nadie en la flota había tenido todavía el valor de empezar a escribir.

Nova apoyó la frente contra el vidrio blindado del ventanal, sobre el extremo lateral, donde la proyección de Kepler-9 ya no llegaba y nada más había vacío real, sin imagen, sin escala, negro, y cerró los ojos mientras ese frío le entraba por el hueso y le bajaba, despacio, por dentro.

Desde el fondo del puente, uno de los suboficiales dijo en voz apenas audible, rezando:

—Dios mío.

Nadie lo corrigió. Nadie le recordó que en los puentes militares no se dicen oraciones.

Ibáñez, que en cualquier otra circunstancia lo habría reprendido con una sola palabra, no se dio vuelta.

Y Nova, en el puente, con la mano de Maren aún en el hombro, entendió de pronto —no lo había entendido desde los ocho años— lo que había sentido su padre el día en que había sabido que iba a morir.

No el miedo. Algo más pequeño y más definitivo.

La sensación de que el universo había dado un paso a un lado.

La nube seguía ahí.

Nova no apartó los ojos.