La Semilla de Hierro (Hierro y Vacío 1) Capítulo 1 — Las Dieciséis #2
6%

Capítulo 1 — Las Dieciséis #2

Respiró. Siguió caminando. Contó las puertas, de dos en dos, como su padre le había enseñado a contar los escalones en un edificio oscuro.

Cuando entró al puente de la Hécate-7 , el ruido había cambiado.

Un puente militar tiene su propio sonido: decenas de teclados a la vez, voces bajas pero superpuestas, el sistema térmico de la nave sosteniéndose en los diecinueve grados fijos que alguien, en la primera misión de la Séptima, había decidido que era la temperatura exacta a la que nadie se adormece ni tiembla.

Ese sonido estaba ahí, multiplicado. Unas ochenta personas en guardia activa, otras tantas que habían subido corriendo desde cubiertas inferiores en los últimos minutos: comunicaciones, inteligencia, tácticos, sensores, ingeniería.

Era concentración extrema; alguien había subido el bajo de toda una orquesta.

La capitana Ibáñez, cincuenta y tantos, pelo corto teñido de un castaño que ya no engañaba a nadie, estaba de pie en la tarima central, con el mentón apretado, hablando con tres oficiales superiores a la vez mientras un cuarto le pasaba informes por tableta.

Dos suboficiales tecleaban a cuatro manos; a su lado, tres más en la consola táctica adyacente.

En el fondo, un técnico cruzaba con un jarro térmico para alguien que ya no se acordaba de tener sed.

El holomapa del centro proyectaba el sistema entero con puntos rojos, naranjas y grises.

Olía a metal recalentado, a tela sintética recién encendida, a miedo contenido por disciplina.

Nadie la saludó. Nadie la reprendió por estar ahí sin orden expresa.

Los momentos en que nadie te dice nada son, en el ejército, los momentos más serios.

Los puntos grises se multiplicaban.

Nova se acercó al oficial de comunicaciones. Conocía a Peralta desde la academia; habían coincidido medio semestre. Peralta tenía la mirada puesta en la pantalla y una gota de sudor encajada en el puente de la nariz que no se había molestado en secar.

—¿Cuántos? —preguntó Nova.

—Van catorce.

—¿Van?

—Siguen cayendo.

Nova miró el holomapa. Miró los puntos. Contó mentalmente, por costumbre, aunque no hacía falta contar: el sistema los contaba por ella.

Catorce faros y estaciones orbitales en silencio.

En cada uno de esos puntos había gente que esa mañana se había levantado, se había puesto el uniforme de su turno y había contado los días que le faltaban para el relevo.

Nova sintió, un segundo, el impulso absurdo de preguntar ¿están bien?

, y se lo tragó. No había nadie a quien preguntarle. Los faros no respondían.

Ibáñez giró hacia los comms y habló alto.

—Tercera y Quinta en alerta. Almirante en línea. Posición de cada nave de reconocimiento del cuadrante exterior, en mi consola, noventa segundos.

Nova oyó las órdenes como oye uno un tinnitus después de un combate largo: instaladas en el hueso, persistentes, sin nada nuevo.

Dos puntos más pasaron de verde a gris. Quince. Dieciséis.

Los monitores se estabilizaron. Por un momento, un instante breve, ridículo, Nova pensó que había terminado. Que aquel pulso del contador había sido el último. Que aquello, fuera lo que fuera, ya había hecho lo que había venido a hacer.

Pero el contador se quedó en dieciséis. El aire se quedó suspendido. Como en una habitación donde alguien acaba de decir algo imperdonable.

—Dieciséis —murmuró Peralta, sin mirarla.

Nova no respondió. Caminó hasta la pantalla mural del puente, una proyección de quince metros sobre el ventanal de vidrio orgánico.

Las bajas habían llegado por canal superlumínico: señales binarias que cruzaban la malla de relevos en minutos, lo justo para encender un punto rojo en el holomapa.

Las imágenes no: pesaban demasiado para esa malla y tenían que cruzar el vacío a velocidad de luz, sin atajos.

De los dieciséis faros caídos, uno solo había alcanzado a transmitir imágenes vivas: Kepler-9, el más cercano a la Hécate-7 , había seguido emitiendo los seis minutos que las cámaras tardaron en quemarse.

La transmisión, a dos horas luz, llegaba recién ahora, con la cadencia retrasada de la luz que viaja entre estrellas, y cubría el negro del exterior con una versión vieja del mismo negro, ya sin estación.

De los otros quince no habría nada: unos porque sus imágenes aún viajaban, otros porque ardieron antes de que la luz alcanzara a salir. Kepler-9 era la excepción y dolía.

Y había otra cosa que el puente todavía no decía en voz alta, pero que ya se leía en la cadencia del holomapa: los dieciséis faros no se habían apagado en serie.

En origen, los silencios habían sido casi simultáneos.

Un solo golpe a lo largo de toda una frontera.

Quien lo escribió sabía con precisión cuánta ventaja le compraba la luz lenta.

En el lugar concreto del vacío que la pantalla mostraba, a dos horas luz de la Hécate-7 , había estado el faro Kepler-9 durante cuarenta y dos años.

Ahora había otra cosa. Nova no tenía una palabra para esa cosa, pero los sensores la describieron por ella, en cifras frías que se desplegaron en el panel lateral: una dispersión de partículas metálicas, restos de casco, gases atmosféricos de fuga, una constelación nueva con forma de cicatriz.

Una nube de treinta y siete kilómetros de diámetro, suspendida en el vacío.

El sistema de análisis automático, ese sistema sin compasión que catalogaba todo lo que veía sin juzgarlo, había etiquetado una parte del polvo en naranja con letras minúsculas:

Material biológico. Distribución: tres mil setecientas firmas humanas.

La cifra fina, con los nombres de los relevos cruzados, cerraría en tres mil setecientas sesenta y dos.

Se acercó los dos centímetros que le faltaban al ventanal.

Los sensores no mentían; nunca lo habían hecho.

Los sensores convertían toda tragedia en un decimal: un sensor no sabía lo que era una chica de diecinueve años dormida en la cubierta cuatro, un sensor solamente sabía firma humana, temperatura corporal treinta y siete coma uno , y el sensor lo contaba, lo multiplicaba por tres mil setecientos, y lo devolvía en naranja pálido en una lista ordenada por tamaño.

Polvo donde antes había habido un lugar.

El puente se llenó de voces. Órdenes, cálculos, peticiones.

Nova no las oía del todo. Había algo en el pecho que le pedía una cosa imposible: que se tarareara algo por dentro, la melodía que fuera, la tontería que fuera, para tener de qué agarrarse.

Desde que era chica, cuando algo le apretaba, Nova tarareaba.

No canciones completas, fragmentos: el primer compás de una cumbia que le enseñó su abuela, dos notas de un himno que escuchaba su madre, cualquier cosa.

Ahora no le venía nada. Se llevó la mano al pecho sin mirar y tocó, por encima de la tela del traje, el borde duro de la chapa de su padre.

Lo hizo tres veces. Un rezo laico, sin destinatario, sin letra.

—Reyes.

La voz de Ibáñez. Cortante.

—Capitana.

—¿Qué hace en mi puente?

—Maren me pidió subir, señora.

—¿Maren?

—Ingeniería, señora. La ingeniera Jansen.

Ibáñez parpadeó dos veces. La irritación le duró menos de un segundo.

Se transformó en otra cosa —cansancio, quizá, o esa especie de permiso exhausto que dan los oficiales cuando la situación es tan grande que ya no caben las jerarquías— y le dio la razón sin palabras.

Nova se quedó donde estaba, a medio metro del ventanal.

Nadie la echó. Tampoco nadie le dio una función.

Estaba en el puente como se está en una sala de espera de hospital, con las manos inútiles y el corazón esperando una frase que todavía no se había formado.

Maren apareció a su lado sin hacer ruido.

Tenía los goggles tácticos sobre la frente, como siempre; las manos negras de grasa; la respiración un poco más rápida de lo normal, lo cual no era como siempre.

Las dos mujeres se quedaron mirando la nube.

Nadie les había dado permiso de estar ahí. Nadie les había dicho que se movieran.

Maren no habló. Tras mucho rato, levantó la mano y la apoyó en el hombro de Nova. Era la primera vez. En dos años de trabajar juntas, de comer juntas, de insultarse juntas, Maren no la había rozado jamás. La mano pesaba más de lo que debería haber pesado.

Nova no se movió. Una parte de sí misma, una parte que habría estado orgullosa un segundo antes, quería hacer una broma, decir algo seco, volver a ser la piloto de café frío y simulacro aburrido.

No encontró la voz. El silencio del espacio no podía entrar por el ventanal; entró por dentro de ella, y ella lo dejó entrar.

Un faro apagado era una frase que alguien había dejado a la mitad.

Los faros son faros , pensó Nova, sin saber muy bien qué quería decir con eso.

Los faros son faros. Sirven para que la gente, perdida, sepa volver a casa.

Y alguien acababa de apagar dieciséis.

Los dieciséis puntos del holomapa se quedaron grises. El reloj marcó 14:59. Cincuenta y siete minutos, del primer silencio al último. Nova los contó después, en el camarote, cuando no podía dormir. Cincuenta y siete. Una cifra estúpida. Una cifra sin redondez, sin sentido místico.