Capítulo 1 — Las Dieciséis
Las Dieciséis
El café estaba frío. Ella lo supo por el olor antes de tocar el jarro.
Era Rust Mug, el café del dispenser de cabina: terrible con honestidad cruel, sin matiz, sin perdón.
Lo bebes igual , decía el slogan, y cada turno ella le daba la razón.
Con los dos ojos fijos en la hoja verde del radar, bebió un sorbo.
El líquido le bajó por la garganta como un trozo de metal y se instaló abajo del esófago, en ese punto donde el cuerpo guarda las noches de guardia largas y los insomnios.
En el cuadrante posterior, durante una fracción de segundo, algo parpadeó. La hoja del radar lo dibujó y lo borró antes de que ella alcanzara a fijar el contorno. La cabina lo catalogó en automático como ruido de fondo y siguió.
En la cabina de un Halcón, una piloto no suelta la palanca por una tontería así.
Su nombre era Elena Reyes, pero todos la llamaban Nova, y ella había dejado de corregir.
Afuera, más allá del casco, el vacío tenía el mismo color de siempre: negro con dientes.
Dentro del visor, los reflejos le dibujaban una máscara de cifras —vector de aproximación, presión de cabina, temperatura del escudo de fase— que durante las últimas dos horas no habían cambiado ni un dígito.
El ejercicio era rutinario. Rutinario era una palabra que en la Séptima Flota se decía con un encogimiento de hombros, como se dice «mañana» o «ya veremos», con esa resignación casta de quien ha aprendido que todo lo que dura lo suficiente se vuelve aburrido.
Nova tarareó dos notas sin darse cuenta. La tercera se le quedó entre los dientes, un ruido nervioso más que una melodía, una nota que se le iba antes de aterrizar.
Veía Júpiter desde la cabina como una huella digital gigantesca, bandas pardas y un ojo rojo que no parpadeaba.
Las pantallas curvas de la cápsula simulaban el exterior con el grano impreciso de un ejercicio de rutina, pero Júpiter, fuera y dentro, era el mismo Júpiter.
Aún le sorprendía. Llevaba seis meses patrullando esa sección de la órbita y cada turno se encontraba mirándolo con la misma extrañeza del primer día, buscando en la atmósfera formas que recordaba haber visto dibujar a su padre con un marcador romo sobre una hoja de fibra del comedor de la estación Fobos, cuando ella tenía siete años y no sabía todavía que los dibujos de su padre iban a durar más que él.
El padre había dibujado una espiral, o algo que se le parecía, y le había dicho mira, Elena, así se mueve la tormenta más grande del sistema, así lleva trescientos años moviéndose , y Nova (Elena, entonces) había preguntado si ya le había puesto nombre, porque papá le ponía nombre a todo, hasta al reciclador de aire del módulo que carraspeaba de noche, al que llamaba la abuela , porque tosía igual pero nunca se moría; a ella misma, cuando el sol del comedor le encendía el pelo castaño, papá le decía mi suquita y se reía solo.
El padre había sonreído de lado y había dicho este ya venía con nombre, Elena.
A este lo llamaron el Ojo . Nova había asentido.
Ahora miraba al Ojo desde el otro lado, desde una cabina, y el Ojo la miraba de vuelta.
—Reyes, ¿sigues despierta ahí dentro o tengo que ir a sacarte con unas pinzas?
La voz entró por el canal tres con ese leve rasposo que tenía Maren, un rasposo que Nova podría reconocer en cualquier parte del sistema, incluso en sueños, incluso dentro de un hangar de dos kilómetros.
Nova inclinó la cabeza un par de centímetros, sonrió sin que se le notara en la boca y movió la palanca hacia la izquierda por puro reflejo.
—Despierta, jefa. Ejercicio de intercepción, sector dieciocho, estándar. Aburrido como una tapia.
—Eso es porque eres joven. Cuando tengas cuarenta y tantos, te vas a levantar todos los días a las cinco pidiéndole a Dios que la vida sea aburrida.
—Tú te levantas a las cinco porque no duermes, Maren.
—Detalle técnico.
Nova oyó el clic del mute, luego el clic de vuelta: Maren tosiendo sin quererlo, tapando el micrófono con la mano.
Nova la conocía: tres meses sin dormir más de cuatro horas seguidas, los goggles parados en la frente, el termo al lado, el olor inconfundible: aceite, té negro, miel, jabón de la flota.
—¿Me oyes, chiquilla?
Maren tardó. El silencio de Maren cuando le salía la palabra y se arrepentía. Nova conocía esos silencios como conocía los botones de su consola.
—Te oigo.
—Bien. Necesito que cierres el simulacro en cinco. Tengo que correr un diagnóstico de fase en el ala de estribor de tu Halcón y no pienso esperar a que termines de bostezar.
—No estoy bostezando.
—Estás bostezando, Reyes. Lo huelo desde aquí.
Nova se rio sin sonido y sus dedos se movieron por la consola con esa precisión musical que le había costado ocho años aprender.
Dos pulsos, tres, cuatro. El simulacro parpadeó en naranja, pidió confirmación, y en la esquina superior izquierda del visor apareció el reloj de cabina: 14:02:07.
Nova detuvo los ojos ahí, sin razón. El cero-siete le pareció lleno de un modo raro, como un hueco que alguien terminaba de cavar.
Los tres números se habían quedado quietos no porque el reloj hubiera pausado, sino porque ellos mismos hubieran decidido esperar.
Una luz roja parpadeó en el panel secundario, no fuerte, una luz roja de información, no de alarma.
BAJA DE SEÑAL: SENTINEL-016.
Nova frunció el ceño. La Sentinel-016 era una de las boyas periféricas más viejas de la red exterior.
Perdía señal una o dos veces por mes durante las tormentas solares; todos sabían que había un cableado en el módulo X que necesitaba reemplazo desde hacía seis años.
El reporte lo enviaban, pero se perdía entre otros cinco mil reportes parecidos, y la vida seguía.
Cuarenta y siete técnicos a bordo; nadie de la Séptima había ido nunca a la 016.
Nova iba a cerrar la notificación cuando apareció una segunda.
BAJA DE SEÑAL: FARO KEPLER-9.
—Maren.
—Aquí.
—Sentinel-016 y Kepler-nueve en silencio.
—La 016 es la del cableado. Kepler-9 no tiene por qué estar callado. Dame un par de segundos.
Nova esperó. La Red no había perdido dos postas en un mismo minuto desde los disturbios de Europa en 2371, y aquello había sido un fallo humano.
Esto no. Un par de segundos en una cabina militar son muchos.
Son tiempo suficiente para respirar hondo o contar los grados del acelerador.
El simulador, cerrado a medias, le dibujaba todavía algunos blancos fantasma.
Nova los ignoró. Apoyó el pulgar sobre el disparador del plasma sin apretarlo.
Era un tic que llevaba desde los diecinueve años, desde las noches de academia en que aprendía a distinguir entre la mano que quiere y la mano que duda.
Una tercera notificación. Luz roja sin urgencia. Informativa .
BAJA DE SEÑAL: PROMETEO-ORBITAL.
El jarro de café golpeó la bandeja más fuerte de lo que ella quería; el sonido se quedó en el aire un segundo de más.
—Maren.
—La tengo en pantalla.
—Prometeo no pierde señal.
—Hoy sí.
Prometeo era la estación de entrenamiento donde Nova había vivido dos años a los dieciocho.
Prometeo tenía redundancia triple y un reactor de fusión propio y tres equipos de comunicaciones independientes, y nunca, desde que estaba operativa hacía cuarenta años, había perdido la señal por completo.
Nova lo sabía del mismo modo que sabía dónde le quedaban las cicatrices: sin pensarlo.
Prometeo era el olor a desinfectante de los pasillos, la risa de Sofía en el ala C, las sábanas rígidas, el profesor Pasos enseñando teoría de vuelo con un puntero láser que nunca apuntaba al lugar correcto, la capilla laica donde Nova había pasado una noche entera sin dormir después de ver morir a su primer compañero en un accidente de anclaje.
Prometeo, para Nova, era el lugar donde había aprendido a ser lo que era.
El cuarto aviso llegó sin luz. Llegó en silencio. KRONOS-2.
Luego HORUS-ORBITAL . Luego el faro ático de NARAYANA-3 .
Luego la boya de relevo civil entre Marte y el Cinturón.
Las notificaciones empezaron a aparecer a una velocidad que hacía imposible leerlas todas.
El sistema escupía nombres con la urgencia de un corredor sin aire.
Nova sintió el pulso subirle por el cuello.
La saliva se le pasó con dificultad. Y en ese lugar de la columna vertebral donde los pilotos buenos guardan el instinto antes de la razón, algo se enderezó.
—Reyes —dijo Maren, y su voz había cambiado—. Saca la nave del simulacro. ¡Ya!
—Enseguida.
—Te veo en el puente en cinco minutos.
—Listo.
Nova cerró el simulacro y abrió el bloqueo de la cabina de una sola pulsación, con el gesto repetido mil veces.
Salió de la cápsula con el traje de entrenamiento todavía puesto, el corazón golpeándole sin prisa pero con una insistencia nueva.
Por el pasillo cruzó a dos técnicos que venían corriendo en sentido contrario.
Nadie la miró. Era un pasillo acostumbrado a tener ojos que apuntaban hacia delante.
Uno de los técnicos tenía la camisa abierta en el cuello y sudaba.
El otro llevaba una llave de ajuste automático apretada en la mano derecha.
Nadie dijo buenas tardes . Nadie dijo perdón .
La nave entera había cambiado de humor en cuestión de minutos.
Nova se detuvo un instante en la intersección del nivel C.
Afuera del ojo de buey del corredor, un ventanuco de tamaño algo más grande que una cara humana, se veía una porción del sistema: negro, estrellas, una línea pálida y verdosa que era la nebulosa menor de Cygnus.
Nova pensó en Kepler-9 sin querer. Estaba ahí fuera desde antes de que ella naciera.
Nova se imaginó el faro, cuadrado y torpe, con su antena lenta girando.
Se lo imaginó y después trató de borrar la imagen, porque el trabajo era no imaginar.