La segunda caída Capítulo 33 · Hora setenta y ocho #3
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Capítulo 33 · Hora setenta y ocho #3

—La nueva huella se analizará junto al resto de las impresiones. También se ampliará el estudio de la comunicación con Ariadna.

—Bien.

—Si aparecen nuevos elementos, la oferta puede desaparecer.

—No la quiero.

La fiscal se puso de pie.

—No crea que la duda sobre la primera caída convierte la segunda en legítima.

—No crea que su sospecha convierte mi miedo en asesinato.

Nos miramos.

No éramos tan distintas.

Las dos necesitábamos una versión que sobreviviera.

Solo que ella podía llamarla acusación.

Yo tenía que llamarla vida.

Al salir, Leire esperaba en la escalera del juzgado.

No en la principal.

En una secundaria, estrecha, sin ventanas.

Celia se detuvo.

—¿Nos está siguiendo?

—Trabajo aquí.

—No necesita hablar con mi clienta.

—No vengo a hacer preguntas.

—Siempre dice lo mismo.

La inspectora miró hacia mí.

—Han rechazado el acuerdo.

—Sí.

—Era previsible.

—¿Por qué?

—Porque admitir una imprudencia destruiría la historia que necesita contarle a Lía.

—No necesito contarle ninguna historia.

—Ya le ha contado varias.

—Ariadna también.

—Sí.

—Nuria entró en mi cuenta.

—Sí.

—Iván quemó documentos.

—Sí.

—Damián preparaba audios y una demanda falsa.

—Sí.

—Entonces quizá no soy la única persona que construye versiones.

—Nunca he dicho que lo sea.

Celia pulsó el botón del ascensor.

—¿Qué quiere, Leire?

La inspectora bajó un escalón.

—Decirle que la huella cambia el caso.

—Ya lo sabemos.

—No tanto como cree.

—Damián llevaba el objeto.

—Probablemente.

—Entonces la primera caída pudo ser accidental.

—Sí.

La palabra llegó sin resistencia.

—¿Y aun así cree que lo golpeé?

—Sí.

—¿Cómo?

—Pudo coger la casa después de que él la levantara. Pudo empujarla contra su cabeza cuando intentó pasar. Pudo utilizar el propio objeto que él sostenía.

—No hay prueba.

—No.

—Entonces ¿qué queda?

Leire miró los peldaños.

—Usted.

—Eso no es una prueba.

—No.

—Ni una versión.

—No.

—Entonces no tiene nada.

La inspectora levantó la vista.

—Tengo una mujer que abrió un documento antes de la primera caída, corrigió una relación causal antes de llamar, escondió su presencia en el descansillo, eliminó un audio y recordó un movimiento solo cuando pudimos reproducirlo.

—Y yo tengo una víctima que sostenía el objeto, una amante que mentía, un trabajador que amenazaba, una hermana que contaminó pruebas y una niña expuesta a todos.

—Sí.

—Eso se llama duda razonable.

—En un tribunal.

—Es el único lugar que importa.

Leire negó lentamente.

—No para Lía.

El ascensor llegó.

Celia abrió la puerta.

No entré.

—¿Qué quiere que haga? —pregunté.

—No puedo pedirle que confiese.

—Porque no tiene prueba.

—Porque no me serviría una confesión que cambiara mañana.

La frase dolió.

—Entonces déjeme vivir.

—Probablemente lo hará.

—¿Eso le molesta?

—No.

—Parece que sí.

Leire se acercó un poco.

—Me molesta que una niña vaya a crecer creyendo que su recuerdo hizo desaparecer a su madre o la devolvió a casa.

—Eso no ocurrirá.

—Ya está ocurriendo.

—Cuando pueda verla, se lo explicaré.

—¿Qué?

—Que nada fue culpa suya.

—¿Y cuántas veces cayó su padre?

Celia pronunció mi nombre.

No aparté los ojos de Leire.

—Dos.

—¿Quién provocó la primera?

—No lo sabemos.

—Usted sí.

—No.

—¿Y la segunda?

—Me defendí.

—Eso no es responder.

—Es la única respuesta que importa.

La inspectora se quedó en silencio.

Después se apartó.

—La fiscal no podrá cerrar esto como quería.

—Lo sé.

—Puede que tampoco consiga llevarlo a juicio con la calificación inicial.

—Lo sé.

—La huella, Ariadna, la contaminación del testimonio y las periciales enfrentadas son demasiado.

—Entonces se acabó.

—No.

—¿Qué falta?

Leire miró mi mano.

La abrasión casi había cerrado.

—Tiempo.

Entramos en el ascensor.

Antes de que las puertas se cerraran, la inspectora añadió:

—La duda razonable no demuestra que no lo hiciera, Mara.

—No tiene que hacerlo.

Las puertas se cerraron entre las dos.

Mientras descendíamos, Celia no me miró.

—No vuelvas a hablar con ella.

—No me ha perjudicado.

—Siempre te perjudica.

—Ha admitido que el caso se debilita.

—También ha conseguido que digas que sabes que fueron dos caídas y que la segunda fue defensa.

—Eso ya está declarado.

—No con esa seguridad.

—Es la verdad.

Celia soltó el aire.

—¿Cuál de todas?

No respondí.

Al llegar al apartamento, habían retirado a uno de los agentes de la puerta. La jueza mantenía el control electrónico, pero ya no consideraba necesario duplicar la vigilancia.

Era un detalle pequeño.

También era el principio de algo.

La investigación seguiría.

Los peritos discutirían.

La fiscal buscaría otra forma de unir la herida, la huella y mi mano.

Celia prepararía un informe donde Damián caía llevando un objeto demasiado pesado.

Ariadna explicaría por qué había esperado fuera.

Nuria intentaría conservar a Lía.

Leire seguiría creyendo.

Pero creer no bastaba.

Eso era lo que había aprendido durante setenta y ocho horas.

La verdad podía ser una sola.

Las pruebas no.

Y entre ambas existía un espacio.

No era grande.

No era limpio.

No era inocente.

Pero cabía una mujer.

También cabía su hija.

Y, si nadie conseguía encontrar el movimiento exacto de la primera caída, quizá acabaría cabiendo toda nuestra vida.