La segunda caída Capítulo 33 · Hora setenta y ocho #2
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Capítulo 33 · Hora setenta y ocho #2

—Su clienta ocultó el movimiento.

—Porque sabía cómo parecería.

—Y ahora utiliza el miedo para justificar cada ocultación.

—Porque cada prueba confirma que tenía motivos para temer cómo sería interpretada.

Patricia Mares se volvió hacia mí.

—¿Damián sostenía la casa cuando cayó?

Celia se interpuso.

—No declarará.

—¿Lo vio?

—No declarará.

—¿Intentó quitársela?

—No declarará.

—¿Discutían por ese objeto?

—No declarará.

La fiscal cerró la carpeta.

—Solicitaré una ampliación del informe antes de decidir.

—Solicitará lo que necesite hasta que alguna pericial diga exactamente lo que quiere.

—Y usted elegirá cada posibilidad remota que favorezca a su clienta.

—Eso es la defensa.

—No. La defensa termina cuando empieza la construcción.

Celia dejó de sonreír.

—Tenga cuidado con esa palabra. Ya hay dos personas en esta investigación que han introducido material dentro de una cuenta y una testigo que ocultó mensajes. Ninguna es mi clienta.

La fiscal salió.

No pidió prisión aquella mañana.

No porque creyera que la primera caída había sido accidental.

Porque ya no podía afirmar lo contrario sin explicar por qué Damián cargaba el objeto que supuestamente yo había utilizado contra él.

La justicia no necesitaba decidir todavía qué ocurrió.

Le bastaba con reconocer que habían aparecido dos formas posibles.

Nos permitieron regresar al apartamento sin pasar por el juzgado. La jueza mantuvo las medidas mientras recibía los nuevos informes, pero rechazó una detención inmediata.

Celia esperó a que estuviéramos solas para hablar.

—No ha terminado.

—Lo sé.

—La segunda caída sigue siendo un problema.

—Defensa propia.

—Reacción defensiva.

—Es lo mismo.

—No jurídicamente.

—¿Y la primera?

—Ahora podemos sostener con fuerza que Damián transportaba la escultura para entregársela a Ariadna y que el impacto ocurrió durante una pérdida de equilibrio.

—Entonces todo fue un accidente.

—No.

—Celia.

—La segunda caída tuvo tu mano en el hombro.

—Porque me agarraba.

—Eso puede reducir o eliminar responsabilidad según cómo se valore. No la borra.

—Pero no pueden demostrar intención.

—No.

—Ni que yo abriera la mano.

—No.

—Ni que supiera que caería.

—No.

—Entonces no pueden condenarme por homicidio.

Mi abogada dejó el bolso sobre la mesa.

—No te acostumbres a hablar como si ya estuvieras en una sentencia.

—¿Qué cree que ocurrirá?

—La fiscal puede mantener la acusación por homicidio, rebajar a imprudencia o aceptar que existe una defensa incompleta. También puede ofrecer un acuerdo.

—No aceptaré.

—Todavía no conoces las condiciones.

—Tendría que admitir que lo maté.

—Que causaste la segunda caída.

—No.

—Acabas de admitirlo.

—Causé que se moviera. La escalera, la lesión y la barandilla causaron la caída.

—Un tribunal puede no distinguirlo.

—Lía sí.

Celia se quitó la chaqueta.

—No vuelvas a convertirla en argumento.

—Si acepto una condena, no recuperaré su custodia.

—Probablemente tardarías mucho.

—Entonces no aceptaré.

—Podrías evitar una pena mayor.

—No maté a Damián.

Mi abogada me observó.

—¿Qué parte de esa frase estás negando ahora?

—La intención.

—No es lo mismo que llevas diciendo desde el primer minuto.

—Porque entonces no recordaba el contacto.

—Mara.

—No pienso declararme culpable para que todos puedan cerrar el caso con una palabra cómoda.

—¿Cuál?

—Homicidio.

—¿Y qué palabra quieres?

—Accidente.

—Hubo un movimiento tuyo.

—Defensa.

—Antes dijiste que era lo mismo.

—Ahora no.

Celia se sentó.

—La fiscal te ofrecerá precisamente eso. Una calificación que reconozca el agarre, el miedo y una reacción excesiva o imprudente. Puede que no implique una pena larga.

—Implicará que Lía crezca sabiendo que admití haber matado a su padre.

—Lía crecerá sabiendo que su padre murió cuando estabas con él.

—No es lo mismo.

—Para una niña quizá no.

Me acerqué a la ventana.

En el patio interior habían tendido sábanas blancas. El viento las movía entre los edificios, ocultando y mostrando las ventanas.

—Quiero hablar con Nuria.

—Está prohibido.

—Puede retirar lo que dijo.

—¿Qué parte?

—Que no sabe si me cree.

—Eso no está en una declaración formal.

—Puede apoyar que recupere a Lía.

—Su acceso a tu cuenta ya la ha debilitado como cuidadora neutral.

—Entonces me ayuda.

—Jurídicamente, sí.

—Todo ayuda jurídicamente y destruye otra cosa.

—Así funciona este caso.

—No. Así lo hizo Damián.

Celia no respondió.

A las once y media llegó la oferta.

No por escrito.

Patricia Mares llamó a mi abogada y pidió una reunión reservada.

Fuimos al juzgado otra vez.

No entramos en una sala de vistas. Nos reunieron en un despacho pequeño sin cámaras, con una mesa redonda y cuatro sillas. La fiscal estaba acompañada por otro representante del ministerio público.

Leire no asistió.

Patricia Mares habló sin preámbulos.

—La nueva evidencia crea incertidumbre sobre el mecanismo inicial. No sobre la participación de Mara en la segunda caída ni sobre la ocultación posterior.

—La participación está amparada por una reacción defensiva —dijo Celia.

—Eso no está establecido.

—Tampoco lo contrario.

La fiscal colocó una hoja boca abajo.

—Podemos valorar una conformidad basada en una conducta imprudente durante una situación de conflicto, con reconocimiento del agarre y del contexto coercitivo.

—¿Pena? —preguntó Celia.

—Se solicitaría el mínimo compatible con la calificación, con posibilidad de suspensión si se cumplen las condiciones legales y no existen antecedentes.

No entendí todos los matices.

Entendí lo importante.

Podía evitar la cárcel.

A cambio de decir que mi mano había matado a Damián.

—¿Y la destrucción de pruebas? —preguntó mi abogada.

—Quedaría absorbida o se solicitaría una respuesta mínima si existe colaboración completa.

—¿Custodia?

La fiscal me miró.

—No corresponde a esta jurisdicción.

—Pero la sentencia se utilizaría.

—Sí.

—¿Cuánto tardaría en recuperar contacto normal con Lía?

—No puedo responder.

—Entonces no hay acuerdo —dije.

Celia me tocó el brazo.

—Necesitamos hablar en privado.

—No.

—Mara.

—No voy a admitir algo que no hice.

Patricia Mares entrelazó los dedos.

—Ha admitido que lo apartó.

—Para que me soltara.

—Y que cayó después.

—No quise que cayera.

—Eso es lo que recoge la propuesta.

—No. Recoge que lo maté por imprudencia.

—Recoge una responsabilidad causal sin intención homicida.

—¿Y qué dirá el titular?

Nadie respondió.

Yo sí.

—Mara Sanz admite haber causado la muerte de su marido.

La fiscal bajó la vista.

—Los titulares no determinan una sentencia.

—Determinan lo que leerá mi hija.

—Su hija tendrá acceso algún día al expediente completo.

—Entonces verá todas las mentiras.

—También las suyas.

Celia se puso de pie.

—Necesitamos cinco minutos.

Salimos al pasillo.

Mi abogada cerró la puerta.

—Escúchame.

—No.

—Es una oferta mejor de lo que esperaba.

—No recuperaré a Lía.

—Puede que sí.

—¿Con una sentencia por matar a su padre?

—Sin prisión, con tratamiento, seguimiento y reconocimiento del contexto de violencia, puedes reconstruir la relación.

—¿Reconstruir?

—Sí.

—No está rota.

Celia me miró con cansancio.

—Mara.

—No lo está.

—Lía cree que su memoria puede decidir si vuelves. Nuria no sabe si creerte. La niña tiene pesadillas con una casa de bronce. La relación ya necesita reconstrucción, con acuerdo o sin él.

—No aceptaré.

—Si llegamos a juicio y te condenan por homicidio, perderás mucho más.

—No pueden probar la primera caída.

—Pueden intentar que el jurado vea las dos como una secuencia.

—Damián sostuvo la escultura.

—Sí.

—Ariadna la quería.

—Sí.

—Leire no vio el movimiento.

—No.

—Lía tampoco.

—No.

—Entonces existe duda razonable.

—Sí.

La palabra volvió.

Duda.

El lugar donde nadie tenía razón suficiente.

—Pues iremos a juicio.

—Puede durar meses.

—Esperaré.

—Sin ver a Lía.

—Conseguiremos visitas.

—No lo sabes.

—Usted tampoco sabe que aceptar me la devolvería.

Celia cerró los ojos.

—¿Por qué estás tan segura de que un tribunal no te condenará?

Porque yo conocía la parte que ellos no podían medir.

El peso exacto.

La distancia.

La forma en que Damián había pronunciado mi nombre.

No respondí.

—Porque no pueden probarlo —dije.

Mi abogada abrió los ojos.

—Eso no es lo mismo que ser inocente.

—Para una sentencia sí.

Regresamos al despacho.

Rechacé la oferta.

Patricia Mares no intentó convencerme.

Guardó la hoja sin enseñarla.

—La investigación continuará —dijo.

—Bien.