La segunda caída Capítulo 33 · Hora setenta y ocho
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Capítulo 33 · Hora setenta y ocho

Damián había sujetado la casa de bronce antes de empezar a sangrar.

No era una interpretación.

No era una simulación.

No era un recuerdo mío llegado después de una fotografía, una partícula o una pregunta de Leire.

Era una huella.

Apareció a las cinco y treinta y siete de la mañana, mientras Celia y yo seguíamos encerradas en el apartamento protegido y la fiscal preparaba la cuarta solicitud para enviarme a prisión.

Mi abogada recibió la llamada en el dormitorio. Salió vestida con el pantalón del día anterior, el cabello sin peinar y el teléfono pegado a la oreja.

—Repítamelo —dijo.

No miraba hacia mí.

Escuchó durante casi un minuto.

—¿Debajo de la sangre?

Otro silencio.

—¿Completa?

Se acercó a la mesa y buscó un bolígrafo entre las carpetas.

—¿Cuándo se limpió la escultura?

Yo ya conocía la respuesta.

Aun así, no hablé.

—Sí —continuó Celia—. Necesito el informe preliminar ahora. No dentro de dos horas. Ahora.

Colgó.

—¿Qué ocurre?

No respondió.

Abrió el bolso, guardó documentos sin comprobar cuáles y se dirigió hacia la puerta.

—Celia.

—Vístete.

—Ya estoy vestida.

—Entonces coge la chaqueta.

—¿Adónde vamos?

Se detuvo.

Por primera vez desde que Leire había encontrado el movimiento, mi abogada parecía tener algo distinto al cansancio en la cara.

No era alegría.

Era hambre.

—Al laboratorio.

—¿Por qué?

—Han recuperado una impresión de Damián en la base del premio.

—Vivía en la casa.

—Sonia lo limpió esa mañana.

—Pudo tocarlo después.

—Exacto.

La palabra tardó en llegarme.

—¿Antes de caer?

—Su sangre está encima de la huella.

No necesitó explicarlo.

El objeto había recibido primero la mano.

Después la sangre.

Damián no podía haber dejado aquella impresión mientras yacía herido, ni durante la reanimación, ni cuando el premio ya estaba manchado con tejido y cabello.

Lo había sujetado antes del impacto.

—Entonces lo llevaba él.

Celia levantó un dedo.

—No.

—Pero—

—Significa que lo tocó. No conviertas una prueba favorable en una conclusión más grande de lo que permite.

—La agarró por la base.

—Eso parece.

—¿Como para levantarla?

—Eso determinará el informe.

—Entonces la primera caída fue accidental.

—Mara.

—La casa se le escapó.

—No sabemos cómo llegó a su cabeza.

—La llevaba.

—Sabemos que la sostuvo en algún momento después de que Sonia la limpiara y antes de que su sangre cubriera parte de la impresión.

—Eso es suficiente.

—Para crear duda, sí.

La palabra sonó mejor que inocencia.

Duda.

No necesitaba que todos creyeran mi versión.

Solo necesitaba que dejaran de poder elegir una.

Nos condujeron al laboratorio por la entrada trasera. Leire nos esperaba junto al ascensor. No parecía molesta ni sorprendida.

Parecía resignada.

—¿Cuándo lo supo? —preguntó Celia.

—Hace cuarenta minutos.

—La fiscal iba a solicitar prisión sin esperar el análisis completo.

—El informe anterior justificaba la solicitud.

—Y este la destruye.

—La modifica.

—Es una impresión de la víctima bajo su propia sangre.

—Sí.

—En el objeto que ustedes sostienen que Mara utilizó para atacarlo.

—Sí.

—Entonces Damián lo sujetó antes de resultar herido.

—Sí.

Celia sonrió por primera vez.

No una sonrisa amplia.

La de alguien que acaba de encontrar una grieta en una pared que parecía maciza.

—Quiero copia inmediata.

—La tendrá.

Entramos en la misma sala donde habían ampliado mi palma. Orduña estaba allí, acompañada por Mateo Cid y un técnico que no conocía. La casa de bronce permanecía dentro de una urna transparente.

No parecía un arma.

Parecía lo que había sido durante años.

Un premio feo.

Pesado.

Demasiado grande para la consola donde Damián insistía en exhibirlo.

Orduña proyectó una fotografía de la base.

La sangre formaba una mancha irregular cerca del borde. Debajo se veía una serie de líneas plateadas obtenidas mediante un tratamiento que no entendí.

Un pulgar.

Parte de la palma.

Dos dedos.

—La impresión estaba oculta por la transferencia hemática —explicó—. El primer revelado no permitió diferenciarla de otras marcas parciales. El nuevo procesamiento ha recuperado suficientes puntos para atribuirla a Damián Llorca.

—¿Posición? —preguntó Celia.

El técnico colocó una réplica sobre la mesa.

Apoyó el pulgar bajo la base y los dedos en el lateral.

—Sujeción inferior derecha. La presión indica carga.

—¿Carga?

—No un roce. El peso del objeto descansó sobre la mano.

—¿Lo levantó?

—Es muy probable.

—¿Cuándo?

Orduña señaló la sangre superpuesta.

—Después de la limpieza realizada por Sonia Varela y antes de producirse la lesión craneal.

—¿Puede ser una huella antigua que sobreviviera a la limpieza? —preguntó Leire.

—Sonia declaró haber utilizado producto abrasivo y un paño sobre toda la base. Encontramos fibras del paño dentro de otras impresiones borradas. Esta huella está sobre las marcas de limpieza.

—Entonces es reciente —dijo Celia.

—Sí.

—De ese día.

—Sí.

—Y anterior a la herida.

—Sí.

Mi abogada miró a Leire.

—La víctima tenía el arma.

La inspectora no reaccionó.

—La víctima sostuvo el objeto.

—Con una impresión de carga.

—Sí.

—En la misma zona donde aparecieron partículas en la mano de Mara.

—Cerca, no idéntica.

—¿Puede Damián haber estado transportándolo cuando perdió el equilibrio?

Orduña respiró antes de contestar.

—Es físicamente posible.

—¿Puede haber recibido el impacto al caer con él?

—Sí.

La palabra cambió el aire.

No exoneraba.

Pero abría.

—¿Es la explicación más probable? —preguntó Leire.

La doctora miró la fotografía de la herida.

—No puedo establecerla como más probable sin reconstruir la posición del objeto.

—La dirección horizontal sigue siendo relevante.

—Sí.

—¿Y la microgota en la pared?

—También.

Celia se acercó a la urna.

—Si Damián sostenía la escultura por debajo y giró el cuerpo mientras subía, ¿el borde del tejado podía quedar a la altura de la sien?

El técnico tomó la réplica.

La sostuvo con el brazo derecho, pegada al torso.

El tejado quedaba inclinado hacia fuera.

—En una persona de su altura, sí.

—¿Si tropieza?

—Puede elevar el brazo de forma refleja.

—¿Y golpearse con el borde?

—Sí.

Leire negó lentamente.

—La fuerza necesaria para producir la depresión no es pequeña.

—Tres kilos y medio cayendo contra una cabeza tampoco —dijo Celia.

—No caería libremente si seguía en su mano.

—Podía quedar atrapada entre su cabeza y la pared.

Orduña levantó la vista.

—Eso produciría un mecanismo de compresión.

La misma palabra utilizada contra mí.

Presión.

No golpe.

—¿Compatible con la lesión? —preguntó mi abogada.

La doctora no respondió de inmediato.

—Sí.

La grieta se hizo más grande.

Cid abrió otro archivo.

—Hay además una comunicación recuperada esta madrugada del teléfono de Ariadna Vives.

Leire lo miró.

—Eso todavía no está validado.

—El contenido coincide con el registro del dispositivo de Damián —respondió Cid.

Celia se cruzó de brazos.

—Reprodúzcalo.

No era un audio.

Eran mensajes.

Ariadna, a las veintitrés cuarenta y nueve:

No pienso irme sin la casa.

Damián:

No es tuya.

Ariadna:

El diseño sí. Y lo sabes.

Damián:

Ven detrás. Te la daré y se acabó.

Ariadna:

También quiero la memoria.

Damián:

Primero la casa.

Último mensaje, de Ariadna, a las veintitrés cincuenta y cuatro:

Estoy fuera.

La primera caída había ocurrido poco después.

—Damián iba a entregarle el premio —dijo Celia.

—Eso parece —respondió Cid.

—Entonces lo cogió.

—Probablemente.

—Y se dirigía hacia la salida trasera.

Leire intervino:

—La escalera no conduce directamente a la puerta de servicio.

—Podía haber subido a buscar otra cosa.

—La memoria.

—O discutir con Mara antes de marcharse.

—Sí.

—Pero ya no pueden sostener que ella fue necesariamente quien llevó el objeto hasta el tramo superior.

La inspectora miró la pantalla.

—No.

Era la primera vez que una de sus respuestas no contenía una reserva.

—¿Ariadna había contado esto? —pregunté.

Celia me miró.

No debía hablar.

Ya no importaba.

—No —respondió Leire—. Dijo que Damián iba a entregarle documentos.

—Ocultó lo del premio.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque temía que se interpretara como un motivo para entrar en la casa.

—Y porque volvía a mentir.

—Sí.

—Entonces su declaración del ventanal no vale nada.

—No he dicho eso.

—Robó una carpeta, ocultó mensajes, mintió sobre el objeto y esperó fuera mientras Damián moría.

—Su credibilidad está dañada.

—Pero todavía la utilizan contra mí.

—Utilizamos lo que puede corroborarse.

—Como que estaba allí.

—Sí.

—O como que vio lo que necesitaba ver.

Leire mantuvo la mirada.

—Eso ya lo decidirá un tribunal.

Celia pidió que todas las comunicaciones se incorporaran inmediatamente y que la fiscal retirara la solicitud de prisión. Patricia Mares apareció veinte minutos después.

Entró con la misma carpeta de la víspera.

La dejó sobre la mesa y examinó la huella.

—No elimina la acción posterior de Mara —dijo.

—Elimina su teoría sobre la primera caída —respondió Celia.

—No. Damián pudo sujetar el objeto antes y Mara arrebatárselo.

—¿Dónde está la prueba?

—No la hay.

—Entonces no es una teoría. Es una necesidad de la acusación.

—La lesión mantiene características compatibles con una presión dirigida.

—También con una compresión accidental durante la caída.

—Una posibilidad nueva no invalida las anteriores.

—Crea duda razonable.

—No estamos en juicio.

Celia sonrió.

—Lo sé. Lleva tres días recordándomelo cada vez que la duda favorece a mi clienta.

La fiscal miró a Orduña.

—¿Mantiene que el impacto ocurrió antes de la primera caída?

—Sí.

—¿Mantiene que el cuerpo estaba estable en el momento inicial?

—Ya no puedo utilizar esa palabra con la misma seguridad si llevaba el objeto.

Patricia Mares apretó la mandíbula.

—¿Por qué no se detectó antes?

—La sangre ocultaba la impresión.

—¿Qué probabilidad existe de que sea una huella anterior a la limpieza?

—Muy baja.

—¿Puede excluirse?

—No de forma absoluta.

Celia soltó una risa breve.

—Ahí tiene su nueva acusación. Sonia limpió alrededor de la huella sin tocarla.

—No he dicho eso.

—Lo necesitará.

La fiscal recogió la carpeta.

—La segunda caída sigue vinculada a una acción de Mara.

—Una acción defensiva.

—Eso deberá probarlo.

—No. La acusación deberá descartar que lo sea.