La segunda caída Capítulo 32 · Hora setenta y cinco #2
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Capítulo 32 · Hora setenta y cinco #2

—No corresponde calificar definitivamente en esta fase. Pero los hechos, tal como pueden reconstruirse a partir de la nueva pericial, son compatibles con una reacción defensiva frente a una retención física ilegítima y con un resultado accidental no querido.

—¿Legítima defensa completa? —preguntó Olmedo.

—Como mínimo, una eximente incompleta o miedo insuperable deberán investigarse si se considera causal el contacto.

La fiscal negó.

—La agresión había terminado. El fallecido estaba lesionado y pedía ayuda.

—Seguía agarrándola.

—Con una sola mano, de rodillas.

—La capacidad física de un agresor no decide el derecho de la víctima a liberarse.

—No era una agresión mortal.

—No necesita serlo.

La jueza miró hacia mí.

No podía saber si esperaba una respuesta.

No la di.

Celia continuó:

—Mara bajó al escuchar la primera caída.

Damián la sujetó, utilizó a su hija para amenazarla y trató de incorporarse sin soltarla.

Ella tiró del brazo y lo apartó. No blandió un arma.

No corrió hacia él. No lo lanzó por los escalones.

Realizó un gesto breve para recuperar su libertad de movimiento.

La combinación de traumatismo, medicación, alcohol, barandilla defectuosa y mala posición produjo un desenlace que no podía prever.

Era una versión limpia.

Más limpia que mis recuerdos.

La escuché como si hablara de otra mujer.

Una que había acudido a ayudar.

Una que había sido retenida.

Una que solo quería volver con su hija.

Patricia Mares pidió prisión provisional por homicidio doloso o, subsidiariamente, homicidio imprudente grave con manipulación posterior de pruebas.

Celia pidió mantener la libertad.

La jueza suspendió la sesión durante cuarenta minutos.

Nos llevaron a una sala lateral.

Esta vez no había reloj.

—Ha ido bien —dije.

Mi abogada abrió una botella de agua.

—No lo sabemos.

—Vidal admitió que podía caer solo.

—Admitió que tu contacto participó probablemente.

—Pero era defensa.

—Eso depende de que crean que Damián te retenía para agredirte y no para levantarse.

—Me agarraba.

—Sí.

—El audio lo demuestra.

—Demuestra que dijiste suéltame.

—Entonces basta.

Celia bebió.

—No.

—¿Qué falta?

No respondió.

—¿La primera caída?

La botella se detuvo a medio camino.

La pregunta había llegado sola.

No la había preparado.

Mi abogada dejó el agua sobre la mesa.

—No hablemos ahora.

—Todo esto explica la segunda.

—Sí.

—Pero no cómo llegó Damián al descansillo.

—La fiscal sostiene que cayó accidentalmente durante la discusión o que la escultura lo golpeó durante el primer descenso.

—¿Y Leire?

Celia miró la puerta.

—Cree que lo golpeaste antes.

—No.

—No me preguntes si no quieres escuchar la respuesta.

—¿Qué prueba tiene?

—Ninguna concluyente.

—Entonces no importa.

—Importa porque una defensa frente al agarre solo explica el final. Si la primera lesión fue provocada, la segunda deja de parecer un accidente aislado.

—La casa cayó con él.

—Eso diremos.

—Es la verdad.

Mi abogada me miró.

—No añadas nada más.

La jueza tardó cincuenta y ocho minutos.

Cuando regresamos, Patricia Mares tenía otra carpeta sobre la mesa. Leire se la había entregado durante el receso.

Celia la vio.

—¿Qué es eso?

—Un informe complementario —respondió la fiscal.

—No ha sido trasladado a esta parte.

—Acaba de recibirse.

—Solicito suspensión para estudiarlo.

La jueza tomó la carpeta.

—¿Contenido?

Patricia Mares respondió:

—Análisis de la primera lesión craneal y de la trayectoria inicial de la escultura.

Sentí que el brazo de Celia se tensaba contra el mío.

Olmedo abrió el informe.

Leyó la primera página.

Después la segunda.

—¿Esto modifica las conclusiones anteriores?

—La doctora Orduña considera que el impacto con la casa de bronce ocurrió antes de la primera caída, no durante ella.

Celia se levantó.

—La doctora acaba de declarar sin mencionar ese cambio.

—El informe llegó durante el receso.

—Entonces debe comparecer otra vez y explicar la metodología.

—Lo hará.

—No puede introducirse de esta manera.

La jueza levantó la mano.

—No resolveré la prisión basándome en una pericial que la defensa no ha podido examinar. Incorpórese, dése traslado y cítese a la doctora.

—Señoría —dijo la fiscal—, la conclusión es relevante para el riesgo.

—También lo es el derecho de contradicción.

Patricia Mares se sentó.

La jueza leyó su decisión.

Mantenía mi libertad.

Otra vez.

Las medidas se endurecían. Permanencia domiciliaria en el alojamiento protegido, salvo comparecencias. Control electrónico. Prohibición absoluta de contacto con Lía, Nuria, Ariadna, Iván y cualquier testigo. Entrega de todos los dispositivos.

—¿Durante cuánto tiempo no podré hablar con mi hija? —pregunté.

Celia me apretó la mano.

Olmedo levantó la vista.

—Hasta que se revise el informe infantil y se estabilice la investigación.

—Eso no significa nada.

—Significa que por ahora no habrá contacto.

—No he incumplido ninguna orden con ella.

—Introdujo información durante la visita.

—No volverá a ocurrir.

—La medida no se basa solo en su conducta. También en la presión externa sobre la menor.

—Entonces me castigan por lo que hizo otra persona.

—No es un castigo.

—Siempre dice eso.

—Señora Sanz.

—Lía creerá que no vuelvo porque dijo dos veces.

La jueza guardó silencio.

—Eso es precisamente lo que el equipo intenta evitar —dijo finalmente.

—Pues deje que se lo explique.

—No.

Una palabra.

Nada más.

La sesión terminó.

Cuando salimos, Leire esperaba al final del pasillo.

Celia quiso pasar de largo.

—El informe —dijo la inspectora—. Tengo una copia para la defensa.

—Envíela al despacho.

—Quiero que Mara comprenda qué cambia.

—Mi clienta no hablará.

—No necesito que lo haga.

Leire me tendió la carpeta.

No la cogí.

Celia sí.

—¿Por qué ahora creen que el golpe fue anterior? —preguntó.

—Por la reacción vital alrededor de la herida y la distribución de sangre en el tramo superior. El impacto produjo una pérdida inmediata de estabilidad. Damián cayó después.

—La escultura podía estar en su mano.

—No hay marcas compatibles con que la sujetara con fuerza.

—Tiene una huella lateral.

—De contacto, no de agarre.

—Podía llevarla apoyada contra el cuerpo.

—Sí.

—Entonces sigue siendo posible.

—Todo sigue siendo posible —dijo Leire—. Algunas cosas cada vez menos.

Miré la carpeta.

—¿Dónde estaba el premio antes de la primera caída?

—En el tramo superior.

—¿Cómo lo sabe?

—Hay una microgota de sangre de Damián en la pared, por encima del primer peldaño. La proyección es anterior a cualquier impacto con la escalera.

—Pudo golpearse con el objeto al tropezar.

—Sí.

—Entonces cayó.

—Sí.

—Solo.

Leire me observó.

—La lesión tiene dirección horizontal.

—¿Y?

—Una persona que cae con un objeto suele recibir un impacto oblicuo o vertical según la posición. Este borde entró de lado, con el cuerpo todavía estable.

Celia intervino:

—La biomecánica de un tropiezo no puede reconstruirse con esa precisión.

—No completamente.

—Entonces no afirme que estaba estable.

—La ausencia de lesiones previas en piernas y brazos, la proyección y la posición de la mancha lo hacen muy probable.

—¿Qué sostiene exactamente?

La inspectora miró hacia mí.

—Que la primera caída empezó después de que alguien presionara la casa de bronce contra la cabeza de Damián.

El pasillo estaba vacío.

Aun así, sentí que alguien acababa de gritar.

—No —dije.

Celia cerró los ojos.

—No respondas.

Leire continuó:

—No fue un golpe amplio. Igual que en el descansillo. Un movimiento corto. Cercano. El borde contra la sien. Damián pierde el equilibrio y cae hasta el rellano.

—Eso no ocurrió.

—Después usted baja.

—No.

—Él sigue vivo. La agarra. Intenta levantarse.

—No.

—Y entonces ocurre la segunda caída.

—No.

—La segunda es la que puede explicar como defensa.

Celia me tomó del brazo.

—Nos vamos.

Leire no alzó la voz.

—La primera no.

Caminamos hacia el ascensor.

No miré atrás.

—Mara —dijo.

Seguí andando.

—La segunda caída puede salvarla.

Las puertas se abrieron.

Entramos.

Antes de que se cerraran, Leire terminó:

—La primera es la que la condena.

El ascensor descendió.

Celia sostenía la carpeta contra el pecho.

No dijo nada hasta llegar al aparcamiento.

—No la golpeé.

—No hables.

—La escultura cayó con él.

—No hables.

—Damián pudo cogerla.

—No hables.

—Ariadna había estado en casa dos días antes.

—Basta.

La voz de mi abogada rebotó contra el hormigón.

Me callé.

Entramos en el coche.

Celia dejó la carpeta en el asiento trasero como si temiera que pudiera mancharla.

—La jueza ha mantenido la libertad —dije.

—Sí.

—Entonces el informe no es concluyente.

—No.

—Seguimos teniendo duda razonable.

—Estamos en instrucción.

—Pero no pueden demostrar quién tenía la escultura.

—No.

—Entonces no pueden condenarme.

Mi abogada puso las manos sobre el volante.

—Todavía no estamos en un juicio.

—Siempre me dice eso cuando algo me favorece.

—Porque es verdad.

—¿Qué haremos?

—Estudiar el informe. Buscar otro perito. Atacar la cronología de la lesión. Sostener que Damián transportaba el objeto o que lo golpeó durante el inicio de la caída.

—Bien.

—Y tú no volverás a recordar nada.

—No hay nada más.

Celia giró la llave.

El motor arrancó.

—¿Completamente segura?

Miré el parabrisas.

La salida del aparcamiento estaba delante.

Una rampa.

Una luz blanca al final.

—Sí.

El coche empezó a avanzar.

La primera caída.

Damián arriba.

La casa de bronce entre mis manos.

No.

El premio sobre la consola.

Damián subiendo.

Yo con el teléfono.

Primera versión.

No.

La discusión.

Su sonrisa.

La carpeta.

Lía al fondo.

No.

No había nada más.

Eso era lo que debía permanecer cierto.

La segunda caída tenía un hombro, un agarre y un gesto defensivo.

La primera solo tenía una herida y un objeto que cualquiera podía haber tocado.

Sin testigos.

Sin audio completo.

Sin una mano visible.

Sin el punto exacto donde la intención empezaba.

Leire podía creer que sabía qué había ocurrido.

La fiscal podía escribirlo.

La jueza podía sospecharlo.

Pero la primera caída había sucedido antes de que nadie empezara a mirar.

Y lo que nadie ve no se convierte en verdad solo porque encaje.