Capítulo 34 · Día ciento veintisiete
El caso no se cerró.
Se quedó sin verbo.
La fiscal podía demostrar que yo había mentido, ocultado, corregido, eliminado, guardado, grabado y esperado. Podía colocarme en el tramo superior, en el descansillo y junto al cuerpo. Podía demostrar que mi mano había tocado la casa de bronce y que después se apoyó sobre el hombro de Damián.
No podía demostrar que lo golpeé.
No podía demostrar que lo empujé.
Y entre tocar y golpear, entre apartar y empujar, cabía una duda suficientemente grande para que nadie quisiera llevarla ante un jurado.
La resolución llegó ciento veintisiete días después de la muerte.
Celia me llamó a las nueve y seis de la mañana. Yo estaba en el apartamento donde vivía desde que me permitieron abandonar el alojamiento protegido. Dos habitaciones, cocina pequeña, ascensor y ninguna escalera dentro de la vivienda.
Una de las condiciones que había escrito meses antes.
Planta baja o ascensor.
La vida que preparé en la carpeta DESPUÉS había terminado pareciéndose bastante a la que conseguí.
Solo faltaba Lía.
—Han acordado el sobreseimiento provisional —dijo Celia.
No me felicitó.
—¿Provisional?
—La causa puede reabrirse si aparece una prueba nueva.
—No aparecerá.
Mi abogada guardó silencio al otro lado.
—¿Qué ocurre con las medidas?
—La prohibición de salir de la provincia y el control electrónico quedan levantados. Te devolverán el pasaporte. El procedimiento de familia continuará separado.
—¿Puedo verla?
—La resolución penal no modifica automáticamente el régimen.
—Pero ayuda.
—Sí.
—¿Cuánto?
—El equipo ha propuesto reiniciar visitas supervisadas la semana próxima.
Me senté.
La cocina estaba limpia. No porque hubiera aprendido a ordenar, sino porque no poseía suficientes cosas para desordenarla. Una taza. Dos platos. Tres cubiertos. La habitación de Lía permanecía preparada desde el día que alquilé el piso.
Cama blanca.
Sábanas con planetas.
Conejo nuevo, aunque sabía que ella querría el viejo.
—¿Cuándo volverá conmigo?
—No lo sé.
—Ya no estoy acusada.
—Sigues investigada si la causa se reabre. Y el juzgado de familia valora otras cosas.
—¿Qué cosas?
—La influencia sobre el relato, las fotografías, las cuentas, la promesa que hiciste durante la visita, el conflicto con Nuria.
—Nuria entró ilegalmente en mi cuenta.
—Y lo reconoció.
—Entonces no es una cuidadora neutral.
—No existe un cuidador neutral en una familia.
—Soy su madre.
—Eso tampoco te convierte en neutral.
Miré la puerta de la habitación de Lía.
—¿Qué tengo que hacer?
—Cumplir. Ir a terapia. No hablar de la causa. No preguntarle qué recuerda. No intentar que el equipo acelere los plazos.
—Cuatro meses no le parecen suficientes.
—No depende de lo que me parezca.
—Siempre responde lo mismo.
—Porque sigues haciendo la misma pregunta.
Me levanté.
—¿Qué dice exactamente la resolución?
—Que no existe base suficiente para atribuir de forma inequívoca la primera lesión a una acción tuya. Que la segunda caída pudo estar causalmente relacionada con el contacto, pero no puede excluirse una reacción defensiva, una pérdida autónoma de apoyo o una combinación de factores.
—Entonces fue un accidente.
—No dice eso.
—Dice que no pueden demostrar lo contrario.
—Eso sí.
—Es lo único que importa.
Celia tardó demasiado.
—Para el procedimiento penal.
—¿Qué más hay?
—Nada que deba decirte por teléfono.
—¿Va a venir?
—A las once.
Llegó con la resolución impresa y una caja pequeña.
La dejó sobre la mesa.
Dentro estaban mi antiguo teléfono, las llaves de la casa y el auricular derecho. Los dispositivos seguían bloqueados, pero ya no podían retenerlos indefinidamente.
—La escultura no —dije.
—Continúa depositada como evidencia.
—¿Aunque archiven?
—Provisionalmente.
—No la quiero.
—Mejor.
Celia se quitó el abrigo. Llevaba un traje gris claro y parecía haber dormido por primera vez en meses.
—¿Cuándo dejaremos de vernos? —pregunté.
—Hoy, si todo sale bien.
—¿No seguirá con familia?
—No es mi especialidad. Claudia Aguilar llevará esa parte.
—Pensaba que usted—
—He terminado.
La frase fue más seca que una despedida.
—¿Porque ya no hay caso?
—Porque no quiero estar presente cuando empieces a contar esta historia como una victoria.
—He evitado que me condenen por algo que no hice.
—Has evitado que te juzguen porque no pudieron demostrar qué hiciste.
—Es lo mismo jurídicamente.
—Solo jurídicamente.
La miré.
—Leire habla igual.
—Leire cree que te comprende.
—¿Y usted?
Celia sacó la resolución del sobre.
—Yo creo que cada vez que necesitaste una nueva explicación encontraste una que podía ser cierta.
—Porque lo era.
—No todas a la vez.
—Una versión puede ampliarse.
—La tuya se sustituyó.
—Estaba traumatizada.
—Sí.
—Tenía miedo.
—Sí.
—Damián me controlaba.
—Sí.
—Me amenazó con quitarme a Lía.
—Sí.
—Me agarró en el descansillo.
—Sí.
—Entonces ¿qué duda?
Mi abogada pasó el pulgar por el borde de las páginas.
—La misma que ha salvado tu libertad.
—Eso no responde.
—Es la única respuesta honesta que tengo.
Se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir se detuvo.
—La fiscal te ofreció una condena sin prisión.
—La rechacé.
—Porque querías recuperar a Lía.
—Porque no era culpable.
—No fue lo que dijiste primero.
—Pensé en mi hija.
—Siempre.
No supe si era una acusación.
—¿Eso es malo?
Celia abrió la puerta.
—Depende de lo que estés dispuesta a hacer en su nombre.
—No le haría daño.
—No conscientemente.
—Nunca.
Mi abogada me miró por última vez.
—No vuelvas a corregirla.
—No lo haré.
—Ni aunque diga dos veces.
—No.
—Ni aunque te mire esperando saber qué respuesta te devuelve a su lado.
—No.
Celia asintió.
No porque me creyera.
Porque ya no era su problema.
—Adiós, Mara.
—Gracias.
—No me las des.
Se marchó.
La resolución permaneció sobre la mesa.
Ciento cuarenta y tres páginas resumidas en una palabra que no significaba inocencia.
Provisional.
La leí completa.
Los peritos de la acusación sostenían que la lesión de la sien se había producido mediante una compresión activa antes de la primera caída. Los de la defensa consideraban posible que Damián, al transportar la escultura, tropezara y quedara atrapado entre el objeto y la pared.
Las dos hipótesis eran biomecánicamente compatibles.
La huella de Damián estaba bajo la sangre.
Mi huella aparecía en el borde.
Nadie podía demostrar cuándo pasó la casa de sus manos a las mías.
El segundo cabello de la base acabó siendo de Sonia.
Héctor Barcia quedó fuera cuando cámaras y testigos lo situaron a más de cien kilómetros.
La maleta roja apareció vacía en un segundo registro del garaje, encajada detrás del armario técnico y con huellas de Damián en la cremallera.
El teléfono azul tampoco llegó a sostener una acusación: la voz no superó la pericial de identificación, el fuego había destruido las huellas útiles e Iván mantuvo hasta el final que Damián se lo había entregado.
Ninguno de aquellos cabos podía llevar a otra persona hasta el descansillo. Tampoco podía llevarme a mí.
La segunda caída era todavía más sencilla y más difícil.
El contacto existió.
La intención no.
La mano sobre el hombro podía ser un empujón, un intento de sostenerlo o una reacción para liberarme. La apertura de los dedos podía deberse a mi fuerza, a la lesión de la muñeca o a la pérdida repentina de control.
Tres posibilidades.
Una muerte.
Ningún verbo seguro.
Había otra razón, formulada con menos elegancia en la resolución.
La conversación del apartamento, aquella en la que Leire me enseñó la reconstrucción y yo terminé diciendo que había apartado a Damián, no se admitía como una confesión formal: Celia había invocado varias veces mi derecho a guardar silencio y la diligencia no había sido presentada como un interrogatorio.
Podía valorarse como contexto, no como una admisión limpia.
Sin aquella conversación, las fibras del hombro y la partícula de pátina demostraban contacto. No demostraban la dirección, la fuerza ni la intención.
A las dos de la tarde, Leire llamó al portero.
No llevaba uniforme.
Subió sola.
—La resolución ya está notificada —dije.
—No vengo por eso.
—Entonces no debería estar aquí.
—Probablemente.
No la invité a pasar.
Entró de todos modos.
Miró el apartamento.
La puerta de la habitación de Lía estaba abierta. No preguntó.
—¿Qué quiere?
Sacó las llaves antiguas del bolsillo.
—Estas no estaban en la caja de su abogada. Son las del acceso trasero y el garaje.
Las dejó sobre la mesa.
—Podía haberlas enviado.
—Sí.
—¿Y?
Leire observó la resolución.
—Quería verla después de leerlo.
—¿Para comprobar si parecía aliviada?
—No.
—¿Arrepentida?
—Tampoco.
—Entonces.
La inspectora caminó hasta la ventana.
—La fiscal no recurrirá.
—Lo sé.
—Considera que un juicio débil puede terminar consolidando una absolución.
—Es sensata.
—No es la palabra que ha utilizado.
—¿Cuál?
—Inútil.
—También sirve.
Leire se volvió.
—La casa podrá desprecintarse esta tarde. Han terminado todas las diligencias.
—Voy a venderla.
—Lo imaginaba.
—No pienso criar a Lía allí.
—¿Cree que volverá pronto?
—Sí.
—El juzgado de familia no es el penal.
—Lo sé.
—La niña mantiene que escuchó dos caídas.
—Hubo dos fases.
—No ha respondido.
—No tengo que hacerlo.
Leire miró el teléfono que acababan de devolverme.
—Ya no.
—Nunca tuve que hacerlo.
—Eso también lo aprendió deprisa.
Me acerqué a la mesa.
—¿Ha venido para acusarme una última vez?
—No puedo acusarla.
—Exacto.
—Puedo decirle lo que creo.
—Ya lo ha hecho.
—Creo que Damián recogió la escultura para dársela a Ariadna.
No respondí.
—Creo que usted sabía que ella estaba fuera y que él pensaba marcharse con la memoria, la carpeta y la prueba de que había descubierto su archivo.
—Eso está en el expediente.
—Creo que abrió PRIMERA VERSIÓN porque ya había decidido que la discusión terminaría de una forma que necesitaría ser explicada.
—La jueza aceptó que utilizaba ese sistema antes.
—Sí.
—Entonces.
—Creo que Damián sostuvo la base y usted el tejado.
La habitación quedó inmóvil.
—No hay una huella completa mía en el tejado.
—Hay fragmentos.
—De aquella mañana.
—Puede.