La segunda caída Capítulo 31 · Hora setenta y dos #3
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Capítulo 31 · Hora setenta y dos #3

—Acabas de admitir el punto dieciséis.

—No.

—Sí.

—Admití contacto.

—Admitiste que pusiste una mano en el hombro, que lo apartaste y que cayó inmediatamente.

—No fue inmediatamente.

—Has dicho que sí.

—No sé cuánto pasó.

—Otra vez.

—Fueron segundos.

—¿Cuántos?

—No sé.

—¿Llegaste a caminar hacia Lía?

—Di un paso.

—Antes eran dos o tres.

—No importa.

—Importa todo.

Me senté frente a ella.

—Fue defensa propia.

Celia me miró.

La frase no parecía haber salido de mí.

—¿Ahora?

—Me agarraba.

—Hasta hace un minuto era un accidente sin intervención.

—No recordaba el movimiento.

—Lo has recordado después de verlo representado por la policía.

—Porque encajó.

—Claro que encajó. Lo construyeron para eso.

—Pero ocurrió.

Mi abogada cerró los ojos.

—No sé qué hacer contigo.

—Defenderme.

—¿De cuál versión?

—De la verdad.

—¿Cuál?

—Que Damián me agarró. Que yo intenté soltarme. Que lo aparté. Que cayó.

—¿Y la escultura?

—No la utilicé.

—¿La tenías en la mano?

—No.

—¿La tocaste en el descansillo?

—Sí.

La respuesta salió baja.

Celia abrió los ojos.

—¿Cómo?

—Estaba en el suelo. Me agaché. La moví para acercarme a Damián.

—¿Con qué mano?

—La derecha.

—¿Por eso las partículas?

—Sí.

—¿Tenía sangre?

—No lo recuerdo.

—¿Lo golpeaste con ella?

—No.

—¿La empujaste contra su cabeza?

—No.

—¿La lanzaste?

—No.

—¿Cómo terminó abajo?

—Cayó durante el segundo movimiento.

—¿La tocaste antes de la primera caída?

—No.

—¿Completamente segura?

—Sí.

Mi abogada me observó.

—Mañana no declares.

—Pero necesitamos explicar el movimiento.

—Lo acabas de explicar delante de Leire.

—Entonces la jueza sabrá que no fue intencionado.

—La fiscal dirá que has pasado del accidente a la defensa propia solo después de que demostraran una intervención externa.

—Porque no podía recordar.

—No vuelvas a decir eso.

—Es verdad.

—No. Es una fórmula que ya no te cree nadie.

Me levanté y caminé hasta la ventana.

El patio interior estaba oscuro.

—¿Volveré a prisión?

—Es posible.

—¿Por cuánto tiempo?

—No lo sé.

—¿Y Lía?

—No la verás.

La respuesta llegó sin suavidad.

—No pueden quitarme a mi hija por apartar a un hombre que me agarraba.

—No si creen que fue eso.

—Lo fue.

—¿Y por qué escribiste «tiro y cae» antes de llamar?

—Porque fue así.

Celia se quedó quieta.

Yo también.

La frase había salido completa.

Sin corregir.

—Entonces el dictado no se equivocó —dijo.

—Omitió que tiraba de mi brazo.

—Pero la relación era correcta.

—Tiré. Cayó.

—Sí.

—Y después cambiaste el texto.

—Porque parecía que lo había empujado.

—Ahora admites que lo apartaste con la mano.

—No para tirarlo.

—Pero sabías, antes de llamar, que tu movimiento estaba unido a la caída.

No respondí.

Celia se acercó.

—Por eso dijiste «yo no lo empujé» antes de que nadie te acusara.

—Porque sabía que lo había tocado.

—Sí.

—Eso no es matarlo.

—No.

—Entonces todavía existe duda.

—Sobre la intención.

—Y sobre si mi movimiento causó la caída.

Mi abogada negó.

—Acabas de admitir que sí.

—Pudo influir.

—Mara.

—Damián estaba herido. La barandilla estaba rota. Había bebido. Tomó medicación. Yo lo aparté y él perdió el equilibrio. No es lo mismo que empujarlo por una escalera.

Celia me miró durante mucho tiempo.

—Esa será la última versión.

—Es la verdad.

—No me importa cómo la llames. No cambiará otra vez.

—No.

—Mañana diremos que hubo una reacción defensiva, breve y no dirigida a provocar la caída. Que Damián te retenía, que temías una nueva agresión y que el desenlace fue imprevisible.

—Sí.

—No diremos que intentaste ayudar antes de apartarlo.

—Lo intenté.

—No.

—Pero—

—No. La fiscal utilizará cada palabra para demostrar que te acercaste voluntariamente, cogiste la escultura y después empleaste fuerza. Diremos que bajaste al escuchar el primer impacto, que Damián te agarró cuando tratabas de comprobar su estado y que reaccionaste para liberarte.

—Eso ocurrió.

—La escultura cayó con él.

—Sí.

—No la levantaste.

—No.

—No la utilizaste.

—No.

—El documento fue un intento de registrar una secuencia traumática.

—Sí.

—La eliminación del audio fue accidental.

—Sí.

—Las zapatillas se guardaron para no estorbar.

—Sí.

—Y el movimiento fue defensivo.

—Sí.

Celia recogió todos los papeles.

—No añadas nada.

—No.

—No recuerdes nada.

—No.

—No expliques nada.

—No.

Mi abogada fue hacia el dormitorio.

Antes de entrar, se volvió.

—¿Sabes qué es lo peor?

No respondí.

—Que esta versión puede salvarte.

Cerró la puerta.

Me quedé sola.

La pantalla del televisor seguía negra.

Podía ver mi reflejo.

La mano vendada.

El hematoma amarillento.

El jersey azul.

La mujer gris del vídeo había utilizado dos manos.

Una para girar el hombro.

Otra para abrir la barandilla.

Yo solo recordaba una.

La derecha.

La palma apoyada sobre Damián.

El tejido de su camisa bajo mis dedos.

La resistencia breve de su cuerpo.

Después nada.

Menos de un segundo.

Eso era todo lo que faltaba.

El movimiento.

La fiscal lo llamaría empujón.

Celia, reacción defensiva.

Leire, decisión.

Yo lo llamaría apartarlo.

Damián no podía llamarlo de ninguna manera.

Esa era la única ventaja que seguía teniendo sobre todos nosotros.