La segunda caída Capítulo 31 · Hora setenta y dos #2
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Capítulo 31 · Hora setenta y dos #2

Damián orientado hacia abajo.

—No hay prueba de que Mara colocara las manos así —dijo Celia.

—Hay fibras de su camisón en el hombro.

—Y ninguna huella identificable en la manga.

—La tela no conserva huellas dactilares útiles.

—¿Hay sangre de Mara allí?

—Una cantidad mínima, mezclada con la de Damián.

—La mano de mi clienta sangraba.

—Sí.

—Pudo intentar sujetarlo.

—Sí.

—Entonces el mismo patrón que usted interpreta como un empujón puede proceder de un intento de evitar la caída.

Leire dejó el vídeo detenido justo antes de que el arnés se tensara.

—Si intentaba evitarla, la presión tendría la dirección contraria.

—En una situación real no se empuja ni se tira de forma perfecta.

—No.

—Podía colocar la mano en el hombro, notar que él caía y apretar sin conseguir detenerlo.

—Sí.

—¿Entonces?

—La mano derecha.

—¿Qué ocurre con ella?

—Mara declaró que Damián le sujetaba el brazo izquierdo.

—Sí.

—Para que él soltara la barandilla, alguien tuvo que desplazar su mano derecha o provocar una rotación suficiente para arrancarla.

—Pudo soltarla solo.

—La marca de la uña indica que intentó conservar el agarre.

—Hasta que no pudo.

—Exacto.

Celia se acercó a la pantalla.

—¿Existe una lesión en la mano de Damián compatible con que otra persona separara sus dedos?

—No.

—¿Marcas en su antebrazo?

—Varias, pero pueden proceder de la caída.

—¿ADN de Mara bajo la muñeca derecha?

—No concluyente.

—¿Algún testigo que viera el movimiento?

—No.

—¿Audio de contacto?

—Solo el roce.

—Entonces han encontrado un movimiento necesario, no quién lo produjo.

Leire me miró.

—Solo había dos personas en el descansillo.

—Eso afirma la investigación —dijo Celia.

—Ariadna estaba fuera.

—Y admite que no vio el instante.

—Iván estaba lejos.

—Sí.

—Lía estaba en la habitación.

—Sí.

—Queda Mara.

Mi abogada apagó el televisor.

La pantalla se volvió negra.

Nuestro reflejo sustituyó a la escalera.

—No queda Mara —dijo—. Queda una hipótesis biomecánica que no puede excluir una pérdida de fuerza, una desorientación, una reacción involuntaria ni un intento fallido de ayuda.

—No creo que quisiera ayudarlo.

—Su creencia no es una prueba.

—No.

Leire seguía mirándome en el reflejo.

—Pero ya no creo que Damián cayera solo.

Celia retiró la memoria del televisor.

—Nos veremos ante la jueza.

—Sí.

—Mi clienta no declarará.

—Eso sería lo más prudente.

—No necesito sus consejos.

La inspectora cogió el dispositivo.

—Hay otra cosa.

Mi abogada soltó el aire.

—Por supuesto.

—El movimiento permite establecer desde qué posición se produjo la segunda caída.

—Ya lo ha explicado.

—Mara estaba más cerca de Damián de lo que ha declarado.

—¿Cuánto?

—Como máximo, un peldaño por encima.

—Ariadna la sitúa dos o tres.

—Ariadna observaba desde un ángulo parcial.

—Exacto.

—La transferencia del hombro requiere alcance.

—Mi clienta mide un metro setenta y tres. Puede alcanzar desde dos peldaños.

—No con el codo flexionado como indica la dirección de las fibras.

—No pueden saber cómo tenía el codo.

—La abrasión de la palma sí.

Miré mi mano vendada.

—¿Qué tiene que ver?

—La zona sin pátina de la escultura y la distribución de partículas muestran que la sujetó con la mano derecha. La lesión se abrió durante un deslizamiento.

—Por la mañana —dijo Celia.

—O en el descansillo.

—Seguimos igual.

—No.

Leire abrió una fotografía en su teléfono.

La casa de bronce.

En la base aparecía una pequeña línea de sangre.

La mía.

—La transferencia en el hombro de Damián contiene, además de fibras grises, una partícula de la misma pátina.

Sentí que el suelo se alejaba.

—Eso puede transferirse desde mi mano —dije.

Celia cerró los ojos.

Ya había vuelto a hablar.

—Sí —respondió Leire—. Si tocó la escultura y después el hombro.

—Entonces intenté sujetarlo.

—Puede.

—No demuestra que lo golpeara.

—No.

—Ni que lo empujara.

—No por sí sola.

—Entonces no han encontrado el punto dieciséis.

La inspectora guardó el teléfono.

—Hemos encontrado una mano de Mara sobre el hombro de Damián en el instante anterior a la segunda caída.

—Han encontrado una partícula —dijo Celia.

—En una transferencia por presión.

—Que puede proceder de un intento de ayuda.

—Sí.

—Entonces deje de presentarlo como una acción homicida.

Leire me observó.

—Eso depende de lo que hizo la otra mano.

El apartamento quedó en silencio.

—¿Qué otra mano? —pregunté.

—La izquierda.

—Damián me sujetaba.

—Sí.

—Entonces estaba tirando de mi brazo.

—Sí.

—No podía utilizarla para empujarlo.

—No.

—¿Entonces?

La inspectora señaló mi hematoma.

—Su brazo izquierdo estaba atrapado. Su mano derecha había tocado la escultura y después presionó el hombro de Damián.

—Para apartarlo.

La frase salió antes de que pudiera detenerla.

Celia se volvió hacia mí.

Leire no parpadeó.

—¿Apartarlo de qué? —preguntó.

—De mí.

—Dijo que solo tiró del brazo.

—Eso recordaba.

—Mara —dijo Celia.

—Me agarraba. Estaba sangrando. Intentaba levantarse. Yo quería volver con Lía.

—¿Puso la mano sobre su hombro? —preguntó Leire.

Mi abogada se interpuso.

—No responderá.

—Ya lo ha hecho.

—Ha formulado una explicación hipotética.

—No sonaba hipotética.

—No importa cómo sonara.

La inspectora no apartaba los ojos de mí.

—¿Lo empujó para que la soltara?

—No.

—¿Lo apartó?

—No sé.

—Acaba de decirlo.

—He dicho que podía hacerlo.

—Ha dicho «para apartarlo».

—Porque es una posibilidad.

—¿La recordó al ver el vídeo?

—No.

—¿Como recordó la escultura al encontrar partículas?

—No.

—¿Como recordó las zapatillas cuando apareció la huella?

—Basta —dijo Celia.

Leire continuó:

—¿Puso la mano derecha sobre el hombro de Damián?

No respondí.

—¿Sí o no?

—No declarará.

—Mara.

—Me estaba agarrando.

La frase no era una respuesta.

Lo era.

—¿Lo empujó? —preguntó.

—Quería que me soltara.

Celia cerró los ojos.

La inspectora permaneció inmóvil.

—Eso tampoco responde.

—No quería que cayera.

Las palabras salieron solas.

No porque fueran verdad.

Porque eran las únicas que quedaban.

—¿Lo empujó? —repitió Leire.

Miré la pantalla apagada.

La mujer gris.

El hombro.

La mano separándose de la barandilla.

El cuerpo girando.

Menos de un segundo.

—Le puse la mano encima —dije.

Celia se llevó los dedos a la frente.

—¿Dónde?

—En el hombro.

—¿Con qué intención?

—Apartarlo.

—¿Con qué fuerza?

—No sé.

—¿Se movió?

—Sí.

—¿Hacia el tramo inferior?

—No lo pensé.

—¿Cayó inmediatamente?

—Perdió el equilibrio.

—¿Después de que usted lo empujara?

—Después de que intentara soltarme.

—No es lo mismo.

—Estaba asustada.

—¿Le separó la mano derecha de la barandilla?

—No.

—¿La golpeó?

—No.

—¿La empujó con el antebrazo?

—No.

—Entonces ¿cómo se abrió?

—Al girar.

—Porque usted presionó el hombro.

—Para que me soltara.

—Y cayó.

—Sí.

La palabra quedó en la habitación.

Celia se sentó.

No por cansancio.

Como si las piernas hubieran dejado de sostenerla.

Leire habló más despacio.

—¿Lo empujó por la escalera?

—No.

—Acaba de admitir un empujón.

—No hacia la escalera.

—¿Hacia dónde?

—Hacia un lado.

—El lado era el tramo inferior.

—No lo vi.

—Vivía en esa casa.

—Estaba mirando su cara.

—¿Qué hizo cuando empezó a caer?

No respondí.

—¿Intentó agarrarlo?

—Sí.

—¿Con qué mano?

—La derecha.

—La misma que tenía sobre su hombro.

—Sí.

—¿Alcanzó la camisa?

—No.

—¿La barandilla?

—No.

—¿Gritó?

—No sé.

—¿Pidió ayuda?

—Lía estaba arriba.

—¿Por qué no llamó inmediatamente?

—Estaba en shock.

—¿Por qué escribió una versión?

—Porque sabía cómo parecía.

—¿Por qué borró el movimiento?

—No lo borré.

—«Tiro y cae» se convirtió en «intento ayudar».

—El dictado estaba mal.

—Pero ahora admite que lo apartó y cayó.

—No quise tirarlo.

Leire se quedó en silencio.

La frase que esperaba ya estaba allí.

No necesitaba nada más.

Celia se levantó de golpe.

—La conversación ha terminado. Cualquier manifestación se ha producido sin lectura de derechos, fuera de una diligencia formal y después de que la inspectora afirmara expresamente que no venía a interrogar.

—La señora Sanz conoce sus derechos.

—No basta.

—Su abogada estaba presente.

—Y he indicado repetidamente que no respondería.

—Respondió de forma espontánea.

—Después de una reconstrucción diseñada para provocar una reacción.

Leire recogió la memoria.

—La fiscal solicitará que declare ante la jueza.

—No lo hará.

—Entonces incorporaré lo que acaba de decir.

—Lo impugnaré.

—Por supuesto.

Me puse de pie.

—No lo empujé para matarlo.

Celia se volvió.

—Cállate.

Era la primera vez que me hablaba así.

Obedecí.

Leire abrió la puerta.

—Eso ya no es lo que necesitamos decidir esta noche.

—¿Qué necesitan? —pregunté.

Mi abogada me agarró del brazo.

La inspectora miró la venda de mi mano.

—Si fue una reacción para liberarse.

Después miró el lugar donde Damián había dejado el hematoma.

—O si utilizó el agarre para explicar un movimiento que ya había decidido hacer.

Salió.

La puerta se cerró.

Celia permaneció inmóvil.

Yo podía escuchar mi respiración.

El frigorífico.

El ascensor alejándose.

—No lo empujé hacia la escalera —dije.

Mi abogada levantó una mano.

—No hables.

—Necesita saberlo.

—No.

—Fue un gesto.

—No.

—Me estaba agarrando.

—No hables.

—Solo quería apartarlo.

—Mara.

—Perdió el equilibrio.

Celia golpeó la mesa con la palma.

—¡Cállate!

La palabra resonó.

Después no quedó nada.

Mi abogada respiró varias veces antes de sentarse.