Capítulo 31 · Hora setenta y dos
El movimiento no estaba en el audio.
Estaba en la sangre.
Leire no quiso explicarlo en el pasillo. Esperó a que cerráramos la puerta del apartamento y pidió permiso para utilizar el televisor. Celia se colocó delante de mí antes de responder.
—¿Tiene una orden para practicar alguna diligencia?
—No necesito que Mara participe.
—Entonces puede comunicar el resultado mañana.
—La fiscal solicitará una comparecencia urgente a primera hora.
—Acabamos de terminar una.
—Esto es nuevo.
—Todo es nuevo cuando quieren volver a encerrarla.
Leire sostenía una memoria externa en la mano. No llevaba carpeta, pero aquello era peor. Las carpetas contenían palabras. Una memoria podía contener cualquier cosa.
—Quiero verlo —dije.
Celia se volvió.
—No.
—Ha venido a enseñármelo.
—Ha venido a observarte mientras lo ves.
La inspectora no lo negó.
—No tiene que responder —dijo—. Ni hacer comentarios.
—Nunca tengo que hacerlo hasta que empiezo.
—Mara.
—Quiero verlo.
Mi abogada cerró los ojos durante un instante.
—No hablarás.
—No.
—Ni explicarás.
—No.
—Ni corregirás la reconstrucción.
—No.
Celia miró a Leire.
—Continúe.
La inspectora conectó la memoria al televisor.
Apareció nuestra escalera.
No una fotografía.
Una imagen tridimensional construida con miles de puntos.
El salón, el tramo inferior, el descansillo y los peldaños superiores estaban representados con una precisión que volvía irreales las cosas verdaderas.
Podía girarse la casa, atravesar las paredes y observar la escalera desde lugares donde nunca había existido una persona.
Leire movió la imagen hasta situarnos sobre el descansillo.
—Las primeras fotografías se tomaron con el cuerpo todavía en la planta baja y con parte de la escena contaminada por las maniobras sanitarias —explicó—. El levantamiento posterior permitió separar marcas que inicialmente parecían un único patrón.
Celia permanecía de pie.
Yo me senté en el borde del sofá.
La imagen se acercó a la barandilla.
Apareció la sangre de Damián en la cara interior del pasamanos. No era una mancha redonda. Era una línea irregular, más gruesa al principio y fina al final.
—La mano derecha se apoyó aquí —dijo Leire—. La dirección de la transferencia va de abajo arriba.
—Intentó levantarse —dije.
Celia me miró.
Habían pasado menos de treinta segundos.
—No vuelvas a hablar.
Leire continuó como si no me hubiera oído.
—La muñeca derecha estaba lesionada, pero conservaba movilidad. El patrón indica que cargó peso sobre esa mano. Los dedos avanzaron aproximadamente nueve centímetros antes de cerrar el agarre.
En la pantalla apareció una mano digital sobre la barandilla.
Después una figura con la altura y el cuerpo de Damián.
Estaba de rodillas.
Una pierna doblada bajo el cuerpo.
El pie derecho, todavía calzado, apoyado cerca del inicio del tramo inferior.
El izquierdo, solo con el calcetín, situado detrás.
—La marca de la rodilla y la impresión parcial del calcetín nos permiten aproximar la posición —dijo Leire—. No estaba orientado hacia el tramo inferior.
La figura miraba hacia arriba.
Hacia mí.
—Eso ya lo sabíamos —dijo Celia.
—Sabíamos que había intentado incorporarse. No hacia dónde.
Leire giró el modelo.
Damián quedaba frente a los peldaños superiores. La escalera inferior empezaba a su derecha, casi detrás de él.
—Desde esta posición —continuó—, una pérdida súbita de equilibrio produce tres resultados principales: caída hacia atrás sobre el descansillo, desplazamiento lateral contra la pared o descenso parcial con la cadera golpeando los primeros escalones.
—¿Parcial? —preguntó Celia.
—El cuerpo no adquiere la orientación ni la velocidad necesarias para reproducir las lesiones del tramo inferior.
—El especialista anterior admitió una segunda caída accidental.
—Con una posición distinta.
—¿Por qué la cambian ahora?
Leire amplió la huella del calcetín.
Una mancha tenue, alargada, con una zona más oscura cerca de la punta.
—Esto se interpretó inicialmente como una impresión estática. El nuevo tratamiento revela un arrastre de cuatro centímetros hacia el tramo superior.
—¿Qué significa?
—Que Damián estaba impulsándose hacia Mara.
La figura digital se movió.
La rodilla subió.
La mano derecha tiró de la barandilla.
El pie izquierdo avanzó.
Damián intentaba levantarse mirando hacia arriba.
—O seguirla —dije.
Celia no necesitó corregirme.
Su cara bastó.
Leire pausó el movimiento.
—Sí. Podía intentar pedir ayuda, impedir que se marchara o seguirla. La intención no puede determinarse con una huella.
—Entonces ¿qué han encontrado? —preguntó mi abogada.
La inspectora cambió la imagen.
Apareció la camisa de Damián.
Fotografiada desde atrás.
En la zona del hombro izquierdo había una franja oscura que no había visto en las primeras imágenes. No era sangre abundante. Parecía una sombra irregular sobre la tela azul.
—La camisa se analizó de nuevo después de recuperar partículas de bronce en la mano de Mara —explicó—. Encontraron fibras grises y una transferencia hemática muy débil en el hombro.
—Mi clienta llevaba un camisón gris y realizó maniobras de reanimación —dijo Celia.
—Las compresiones fueron sobre el pecho.
—Los sanitarios giraron el cuerpo.
—Sí.
—Mara también pudo tocarle la espalda al intentar moverlo.
—Dijo que no lo hizo.
—Ha ofrecido explicaciones incompletas. Eso no permite fechar cada fibra.
—No.
Leire amplió la fotografía.
Las fibras grises aparecían atrapadas bajo una arruga de la camisa, cerca de la costura del hombro.
—La transferencia se produjo mientras la tela estaba sometida a presión —dijo—. No cayó simplemente encima.
—¿Con qué intensidad?
—No puede cuantificarse.
—¿Una mano apoyándose?
—Sí.
—¿Un abrazo?
—También.
—¿Un intento de sujetarlo para que no cayera?
—Es posible.
—Entonces sigue sin demostrar un empujón.
—La fibra sola no.
Leire volvió al modelo tridimensional.
La figura de Damián estaba orientada hacia arriba.
Añadió una segunda silueta.
Más pequeña.
La mía.
Dos peldaños por encima.
Llevaba el brazo izquierdo extendido. Damián sujetaba la manga.
La representación no tenía rostro.
Aun así, sabía que me miraba.
—Las fibras bajo las uñas de la mano izquierda de Damián, la posición del hematoma y el audio permiten reconstruir un agarre —dijo Leire—. Él estaba abajo. Mara, arriba. Damián utilizó la mano derecha para levantarse y la izquierda para sujetarla.
—Eso coincide con la declaración —respondió Celia.
—Hasta aquí.
La imagen comenzó a moverse.
La silueta de Mara tiró del brazo.
Damián perdió momentáneamente el apoyo de la mano izquierda, pero la derecha continuó cerrada sobre la barandilla. Su cuerpo se desplazó hacia arriba y después cayó sobre la rodilla.
No hacia el tramo inferior.
La simulación se repitió con más fuerza.
Mismo resultado.
Tercera vez.
La silueta se alejaba subiendo.
Damián soltaba la tela, quedaba inclinado y terminaba apoyado contra la pared.
—Son simulaciones —dijo Celia—. No personas.
—También hicimos pruebas con un especialista sujeto por arnés.
Apareció un vídeo.
La escalera real.
Un hombre de complexión similar a Damián llevaba casco, protecciones y un arnés unido a dos cables. Se colocó en el descansillo, de rodillas, con la mano derecha en la barandilla. Otra persona, vestida con un mono gris, permanecía dos peldaños más arriba.
El hombre sujetó la manga.
La mujer tiró.
Él se desequilibró hacia ella.
Repitieron.
Más rápido.
Esta vez cayó de lado, pero el arnés lo detuvo antes de golpearse.
Nunca hacia abajo.
—Que una recreación no lo consiga no significa que sea imposible —dijo Celia.
—No.
—Damián estaba herido, medicado, había bebido y tenía una muñeca lesionada.
—Incluimos esas limitaciones reduciendo la fuerza de agarre y el apoyo.
—No pueden reproducir un traumatismo craneal.
—No.
—Ni la desorientación.
—No.
—Entonces el ensayo tiene un valor limitado.
—Por sí solo.
Leire cambió de archivo.
Apareció la barandilla desde arriba.
La mancha de la mano derecha de Damián terminaba de manera abrupta. Junto al final había cuatro pequeñas líneas de sangre, separadas entre sí, como arañazos.
—Los dedos se cerraron —dijo la inspectora—. Después se abrieron.
—Podía perder la fuerza.
—Sí.
—La muñeca estaba lesionada.
—Sí.
—Entonces cayó.
—La apertura no fue progresiva.
Celia se cruzó de brazos.
—Explíquelo.
—Cuando una persona pierde fuerza, los dedos dejan de ejercer presión de manera gradual. La transferencia se alarga o se debilita. Aquí encontramos cuatro marcas cortas hacia el exterior.
Leire reprodujo una animación.
Los dedos de la figura digital se separaban de la madera de golpe.
No porque dejaran de agarrar.
Porque algo los desplazaba.
—¿Qué podría hacerlo? —preguntó Celia.
—Un movimiento brusco del cuerpo.
—Una convulsión.
—No hay indicios.
—Un espasmo.
—Es posible.
—La barandilla cediendo.
—El desplazamiento registrado fue lateral, no descendente.
—¿Registrado cómo?
Leire señaló una pequeña astilla levantada bajo el pasamanos.
—La uña del índice dejó una marca fresca en la madera al salir hacia fuera.
—¿Y?
—La mano no se abrió porque el cuerpo cayera. El cuerpo empezó a caer después de que la mano se abriera.
El silencio llenó el apartamento.
—¿Cómo puede saber el orden? —preguntó Celia.
—La sangre del dedo se deposita sobre una zona de madera que después recibe una transferencia del antebrazo durante el giro. Primero salen los dedos. Después el brazo cruza.
—Eso sigue sin decir qué abrió la mano.
—No.
Leire avanzó el vídeo de la reconstrucción.
Esta vez la mujer vestida de gris no se limitaba a retirar su manga.
Apoyaba una mano sobre el hombro del hombre.
La otra cerca del antebrazo derecho.
Un movimiento corto.
No un golpe.
Una torsión.
El hombro giraba hacia el tramo inferior mientras el brazo se separaba de la barandilla.
El cuerpo adquiría la orientación correcta.
El arnés se tensó.
El hombre quedó suspendido sobre los primeros peldaños.
—Ese es el movimiento —dijo Leire.
Nadie habló.
La inspectora repitió el vídeo.
La mujer gris inclinándose.
Una mano en el hombro.
La otra abriendo o desplazando el brazo.
Un giro breve.
Menos de un segundo.