Capítulo 30 · Hora sesenta y nueve #3
—¿La jueza sabrá que oyó la visita?
—Sí.
—Entonces su relato sobre cómo reaccionó Lía queda contaminado.
—En parte.
—Todo queda contaminado cuando me perjudica a mí.
—No funciona así.
—Claro que sí. Ariadna miente, pero la creen en parte. Nuria entra en mi cuenta, pero la creen en parte. Lía mezcla cosas, pero la creen en parte. Yo cambio una frase y todo lo mío se convierte en mentira.
—Porque eres la investigada.
—Y también la única que estaba allí.
Celia dejó su bolso.
—Exactamente.
La forma de decirlo me hizo levantar la vista.
—¿Qué?
—Nuria ha cometido una estupidez que nos ayuda jurídicamente. El archivo TERCERA VEZ queda neutralizado. Podemos cuestionar cualquier información que haya circulado desde el centro familiar y reforzar que la memoria de Lía está siendo presionada por todos los adultos.
—Entonces es bueno.
—Para tu defensa, sí.
—¿Y qué más importa?
Mi abogada no respondió.
—Celia.
—Importa que tu primera reacción haya sido pensar cómo quitarle la custodia.
—Es mi hija.
—Importa que hayas intentado condicionar lo que Nuria declarará.
—No la amenacé.
—Utilizaste una consecuencia como palanca.
—Ella hizo lo mismo conmigo.
—Eso no lo mejora.
Me levanté.
—¿De qué lado está?
—Del que impida que te destruyas mientras intento defenderte.
—No necesito que me juzgue.
—No. Para eso ya hay demasiadas personas.
—Entonces no lo haga.
Celia abrió la carpeta de la defensa.
Sacó la copia del documento PRIMERA VERSIÓN.
—La declaración de Nuria va a debilitar parte del relato infantil. Pero no cambia esto.
—El dictado se equivocó.
—Ni el auricular.
—No grababa.
—Ni tu sangre en la escultura.
—De la mañana.
—Ni el título creado antes de la caída.
—De la separación.
—Ni los noventa y cuatro segundos.
—Damián cayó solo.
—Sí.
La respuesta llegó demasiado rápido.
—¿Sí qué?
—Que esa seguirá siendo la defensa.
—No parece convencida.
—No necesito estarlo.
—Siempre vuelve a lo mismo.
Celia guardó el documento.
—Leire quiere realizar una última reconstrucción mañana por la mañana.
—No.
—No necesita tu participación.
—¿Entonces por qué me lo cuenta?
—Porque después quiere hablar contigo.
—No declararé.
—Lo sé.
—¿Qué reconstrucción?
—La segunda caída.
—Ya la hicieron.
—Con maniquíes.
—¿Y ahora?
Mi abogada tardó.
—Con una persona de altura y peso similares a los de Damián, sujeta por arnés. Quieren medir la posición de las manos, el alcance desde los peldaños superiores y el movimiento necesario para que pierda el equilibrio desde el descansillo.
—Buscan el punto dieciséis.
—Sí.
—No lo encontrarán.
—Eso esperamos.
—No existe.
—Eso defendemos.
Me acerqué a la ventana.
La mujer del edificio de enfrente ya no regaba las plantas. Todas las luces estaban apagadas.
—Nuria quiere que crea que puedo haberlo hecho.
—Nuria quiere proteger a Lía.
—De mí.
—De la incertidumbre.
—Es lo mismo.
—No.
—Para una madre sí.
Celia recogió las hojas que seguían sobre la mesa.
—Intenta dormir.
—No puedo.
—Mañana será largo.
—¿Cuánto falta?
—Para qué.
—Para las setenta y dos horas.
Mi abogada miró el reloj.
—Tres horas.
El límite que la policía repetía desde el principio.
Setenta y dos horas.
El tiempo suficiente para que una casa dejara de ser una casa.
Para que una hija se convirtiera en testigo.
Para que una hermana entrara en una cuenta privada y colocara una acusación dentro.
Para que una mentira tuviera tantas correcciones que ya nadie recordara la frase original.
—¿Qué ocurre cuando se cumplan? —pregunté.
—Nada automático.
—Leire dijo que a las setenta y dos horas casi todo existe.
—Leire habla así para asustarte.
—¿Y lo consigue?
Celia guardó silencio.
—¿Cree que encontrarán el movimiento?
—No lo sé.
—Yo sí.
—Claro.
—No pueden encontrar algo que no ocurrió.
Mi abogada se dirigió al dormitorio.
—Duerme.
—Celia.
Se detuvo.
—Nuria ha dicho que no sabe si me cree.
—Lo he oído.
—¿Y usted?
No se volvió.
—Mañana sabremos si sigue importando.
Entró en la habitación y cerró la puerta.
Me quedé en la sala.
No encendí ninguna pantalla.
No había teléfono.
No había ordenador.
No quedaba ninguna cuenta donde pudiera escribir lo que estaba pensando.
A las once y cincuenta y cinco, se cumplieron las setenta y dos horas desde la primera caída.
No ocurrió nada.
Ningún agente llamó a la puerta.
Ninguna jueza dictó una resolución.
Ningún archivo apareció dentro de una nube.
Solo escuché el frigorífico, una tubería detrás de la pared y mi propia respiración.
Pensé en Nuria.
En su portátil abierto.
En la frase escrita para que la policía la encontrara.
Había utilizado una mentira para proteger a Lía de mis mentiras.
Eso era lo que creía.
Eso era lo que diría.
Y por primera vez desde que murió Damián, alguien había hecho exactamente lo mismo que yo sin necesitar que se lo enseñara.
A las doce y tres llamaron a la puerta.
Tres golpes.
Celia salió del dormitorio.
Leire esperaba en el pasillo.
No llevaba abrigo.
Tampoco carpeta.
—¿Qué ocurre? —preguntó mi abogada.
La inspectora me miró.
—Hemos encontrado el movimiento.
Nadie respiró.
—¿Cuál? —pregunté.
Leire sostuvo mi mirada.
—El que faltaba.