La segunda caída Capítulo 30 · Hora sesenta y nueve #2
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Capítulo 30 · Hora sesenta y nueve #2

—Entonces ¿qué?

—Ha empezado a tener pesadillas.

—Su padre está muerto.

—Sí.

—Es normal.

—Se despierta diciendo que no quiere que nadie vuelva a levantarse.

La grabación.

Mi voz.

No intentes levantarte.

—Lo escuchó aquella noche —dije.

—Puede.

—No se lo he contado.

—No.

—Entonces no tiene que ver conmigo.

—Dice que en el sueño tú sostienes una casa pequeña.

Celia cerró los ojos.

Leire permaneció inmóvil.

—Ha visto el dibujo —dije—. La policía le mostró la escultura. La televisión también.

—Sí.

—Entonces está mezclando cosas.

—Probablemente.

—¿Por qué me lo cuentas?

—Porque cuando se despierta pregunta si tú querías que papá se quedara abajo.

La habitación perdió profundidad.

—No entiende lo que pregunta.

—Tiene siete años. Entiende algunas cosas y otras no.

—¿Qué le respondiste?

—Que no lo sabía.

—Deberías haberle dicho que no.

—¿Por qué?

—Porque soy su madre.

—Eso no responde.

—Porque no quería que Damián muriera.

Nuria me observó.

—¿No?

—No.

—¿Nunca?

—No.

—Hay una grabación donde dices que preferirías verlo muerto.

—Durante una discusión preparada por él.

—Y otra frase sobre la escalera.

—Porque estaba rota.

—Y una carpeta con una vida sin Damián.

—Una separación.

—Y una primera versión abierta antes de que cayera.

—Para registrar la discusión.

—Mara.

—¿Qué quieres de mí?

Mi hermana respiró hondo.

—Que me mires y me digas si lo empujaste.

Celia intervino inmediatamente:

—No responda.

—No estoy declarando ante la policía —dijo Nuria.

—La inspectora está presente.

Leire abrió la puerta.

—Puedo salir.

—No cambiaría nada —respondió Celia—. La conversación podría utilizarse igualmente si existe una manifestación espontánea.

—No me importa —dije.

Mi abogada se volvió.

—A mí sí.

Miré a Nuria.

—No empujé a Damián.

—¿Lo golpeaste con la casa?

—No.

—¿La cogiste en el descansillo?

—No.

—¿La tocaste?

La pregunta era más difícil.

—Pude rozarla.

—¿Lo ayudaste?

—Intenté hacerlo.

—¿Le diste la mano?

—No.

—Él te la pidió.

—Ariadna dice eso.

—Lía también.

—Lía repite cosas.

—¿De quién?

—De todos.

—¿También de ti?

—Sí.

La respuesta sorprendió a Celia.

A Nuria no.

—Entonces sabes que la has influido.

—Todos lo hemos hecho.

—Pero tú eres quien necesita que una versión te deje volver.

—Necesito que diga la verdad.

—¿Cuál?

—Que no vio nada.

—Eso es cierto.

—Entonces basta.

—Oyó.

—No vio.

—Te oyó regresar antes de la segunda caída. Te oyó decir que estabas con ella. Oyó a Damián pedirte algo. Después escuchó su cuerpo bajar.

—No sabe qué significa.

—Tú sí.

—Significa que perdió el equilibrio.

—¿Sin que lo tocaras?

—Sí.

—¿Después de que tiraras de tu brazo?

—Sí.

—¿Inmediatamente?

No respondí.

Mi hermana se acercó un poco.

—Eso es lo único que quiero saber.

—Ya lo he explicado.

—No. Has explicado que te soltaste, caminaste hacia la habitación y él intentó seguirte. Pero tu primera nota decía «tiro y cae».

—El dictado omitió palabras.

—¿Cuántas?

—No sé.

—¿Una? ¿Dos? ¿Toda la parte donde te alejabas?

—Estaba resumiendo.

—Entonces dime cuánto tiempo pasó.

—No lo sé.

—¿Un segundo?

—No.

—¿Cinco?

—Puede.

—¿Llegaste a la puerta de Lía?

—Sí.

—¿Lo viste ponerse de pie?

—No.

—¿Escuchaste pasos?

—Sí.

—¿Cuántos?

—Dos o tres.

—La escalera empieza a más distancia.

—Estaba desorientado.

—¿O no te habías alejado tanto?

Celia levantó la voz.

—Se acabó.

Nuria no apartó los ojos de mí.

—No quiero que Lía crezca pensando que una verdad suya te quitó de su lado.

—Entonces deja que vuelva.

—No puedo.

—Tú sí puedes.

—La jueza decide.

—Tú tienes la custodia provisional. Tú haces informes. Tú cuentas cómo duerme, qué dice, cuándo llora. Cada palabra tuya pesa.

—Y cada palabra tuya cambia.

—¿Qué quieres? ¿Que renuncie a ser su madre porque tienes miedo?

—Quiero que dejes de utilizar ser su madre como respuesta para todo.

—Damián iba a quitármela.

—Sí.

—Tú lo sabías.

—Parte.

—Y no me avisaste.

—Me equivoqué.

—Ahora vuelves a decidir por mí.

—Por Lía.

—No eres su madre.

La frase volvió.

La misma de la llamada.

Esta vez Nuria no guardó silencio.

—Ahora mismo soy la persona que consigue que duerma.

—Porque no me dejan estar.

—Soy la que la lleva al baño cuando se despierta diciendo que su padre sigue en la escalera. La que apaga la televisión. La que comprueba las ventanas. La que escucha cómo pregunta si decir dos veces hará que no vuelvas.

—Porque tú no le explicas que no depende de ella.

—Se lo explico cada día.

—No te cree.

—Porque tú le prometiste volver.

—Voy a volver.

Nuria cerró los ojos.

—No lo sabes.

—Sí.

—No.

—No maté a Damián.

Mi hermana abrió los ojos.

—No sé si te creo.

Aquello fue más doloroso que cualquier orden judicial.

—Entonces vete.

—Mara.

—Vete con mi hija y cuéntale otra vez que no sabes si su madre mató a su padre.

—Nunca le he dicho eso.

—No necesitas decirlo. Le basta con mirarte.

Nuria cogió su abrigo.

Celia hizo una señal a Leire para que abriera la puerta.

Mi hermana caminó hacia ella, pero se detuvo antes de salir.

—Yo escribí el archivo —dijo—. Lo admitiré ante la jueza. Si eso te ayuda a desacreditar parte de la investigación, úsalo.

—No necesito tu ayuda.

—Sí.

—No.

—Toda tu defensa consiste en demostrar que los demás también contaminamos la verdad.

La miré.

—Y acabas de hacerlo.

—Lo sé.

—Entonces ya no pueden confiar en ti como cuidadora.

El miedo apareció por primera vez en su cara.

Pequeño.

Real.

—No utilices esto para quitarme a Lía.

—Es mi hija.

—Y está segura conmigo.

—Has entrado en una cuenta intervenida y manipulado una investigación.

—Para protegerla.

—Eso digo yo de todo.

Nuria se quedó inmóvil.

Por fin había entendido.

La misma frase podía servirnos a las dos.

Celia se acercó.

—La custodia provisional será revisada si la fiscal considera que esta conducta afecta a su idoneidad. No lo decidirá Mara.

—Pero puede solicitarlo.

—Sí.

Mi hermana me miró.

—¿Vas a hacerlo?

No respondí.

—Mara.

—No sé.

—Sí sabes.

—Dependerá de lo que digas.

—¿Sobre qué?

—Sobre mí.

Celia dio un paso rápido.

—No.

—No la estoy amenazando.

—Acaba de condicionar una decisión de custodia a lo que declare.

—He dicho que dependerá.

—Es lo mismo.

Nuria me observó con una tristeza nueva.

—Damián también hablaba así.

La frase me atravesó.

—Fuera.

—Mara—

—Fuera.

Leire acompañó a mi hermana al pasillo.

Antes de cerrar, miró a Celia.

—Necesito hablar con usted.

Las dos salieron.

Me quedé sola.

No intenté escuchar detrás de la puerta.

No hacía falta.

Sabía qué estaban discutiendo.

Nuria había contaminado una cuenta intervenida, introducido una frase dentro de la investigación y utilizado información obtenida durante una visita protegida.

Celia argumentaría que su declaración sobre Lía ya no podía considerarse neutral.

Leire diría que aquello no cambiaba lo que la niña había dicho antes.

Y yo pensaría en cómo utilizarlo.

No porque quisiera.

Porque ya no sabía hacer otra cosa.

La puerta se abrió diez minutos después.

Celia entró sola.

—Nuria prestará declaración formal.

—Bien.

—No significa que pierda la custodia provisional.

—Debería.

—No.

—Ha manipulado pruebas.

—Ha creado un archivo. No ha falsificado una grabación, una fotografía ni una prueba física.

—Quería que pareciera mío.

—Dice que quería dejar una advertencia visible para los investigadores.

—Eso es peor.

—Es torpe, invasivo y potencialmente delictivo. Pero no demuestra que Lía esté en peligro con ella.

—Demuestra que está obsesionada conmigo.

—Todos en este caso lo están.

Me senté.