La segunda caída Capítulo 30 · Hora sesenta y nueve
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Capítulo 30 · Hora sesenta y nueve

Nuria escribió la tercera versión.

No el relato.

La amenaza.

La frase dentro de mi cuenta, la carpeta creada mientras yo estaba en el juzgado y aquel texto que parecía haber nacido para demostrar que alguien conocía mi manera de hablar.

La primera fue lo que oyó.

La segunda, lo que le hicieron recordar.

La tercera será lo que su madre necesite.

Leire regresó al apartamento a las ocho y cuarto de la noche. No llevaba a Cid ni una carpeta llena de fotografías. Entró sola, cerró la puerta y pidió a Celia que apagara el teléfono autorizado.

—Está intervenido —dijo mi abogada.

—No quiero que esta conversación salga de aquí todavía.

—¿Es una diligencia formal?

—No.

—Entonces no debería estar hablándole a mi clienta.

—No vengo a preguntarle nada.

Miré a la inspectora.

—¿Han encontrado el dispositivo?

—Sí.

—¿De quién era?

Leire no respondió inmediatamente.

Celia se levantó del sofá.

—No tiene que escuchar esto ahora.

—Sí.

—Mara.

—Quiero saberlo.

La inspectora dejó una hoja sobre la mesa. No era un informe pericial. Era una captura del registro de acceso.

La sesión se había iniciado desde un ordenador portátil conectado a una red doméstica. Debajo aparecía la dirección, parcialmente ocultada.

Reconocí la calle.

—Nuria.

Leire asintió.

No sentí sorpresa.

Sentí una confirmación.

Como si una parte de mí hubiera esperado que todos terminaran traicionándome en el orden correcto.

—¿Está detenida?

—No.

—Entró ilegalmente en mi cuenta.

—Ha reconocido que lo hizo.

—Creó una prueba falsa dentro de una investigación.

—No se considerará prueba contra usted.

—Ya la leyeron. Ya me preguntaron por ella. Ya estuvo dentro de una copia forense.

—Se dejará constancia de su origen.

—¿Y no la detienen?

—Su hermana no intentó atribuirle un delito concreto ni obtener un beneficio económico. La fiscal decidirá si su conducta tiene relevancia penal.

—Si lo hubiera hecho yo, estaría esposada.

Leire no lo negó.

—¿Cómo entró? —preguntó Celia.

—Mara había iniciado sesión en el portátil de Nuria meses atrás. El navegador conservaba un token de acceso. La modificación de la contraseña no cerró todas las sesiones antiguas.

—¿Por qué revisó la cuenta?

La inspectora me miró.

—Dice que buscaba fotografías de Lía.

Me reí.

Una sola vez.

—Mentira.

—Eso tendrá que explicarlo ella.

—¿Dónde está?

—En comisaría.

—Quiero verla.

—No se lo recomiendo.

—No le he pedido una recomendación.

Celia se interpuso.

—¿La señora Sanz puede hablar con su hermana según las medidas vigentes?

—Sí, mientras no utilicen la conversación para transmitir mensajes a la menor ni comentar su testimonio de forma que pueda llegarle.

—Toda esta conversación trata sobre el testimonio de Lía —dije.

Leire se quitó el abrigo.

—Precisamente por eso debe decidirlo con cuidado.

—Quiero verla.

—Nuria ha pedido hablar con usted.

Aquello me detuvo.

—¿Por qué?

—No me lo ha dicho.

—Entonces llévenos.

—No hace falta trasladarla. Está esperando abajo.

Celia me miró.

—¿La ha traído aquí?

—Lía está en otro lugar, acompañada por una agente y una profesional del equipo infantil. La dirección de este apartamento seguirá reservada.

—Pero Nuria ya la conoce.

—Ha venido en un vehículo sin recorrido visible y no lleva teléfono.

—Todos tienen más protección que yo —dije.

Leire abrió la puerta.

Nuria estaba en el pasillo.

No parecía una mujer que acabara de confesar una intrusión informática. Parecía mi hermana después de tres noches sin dormir. Llevaba el cabello recogido de cualquier manera, un abrigo marrón y la misma ropa con la que había visto a Lía salir del centro familiar.

Entró.

No intentó abrazarme.

Leire permaneció junto a la puerta.

—¿Quiere que estemos presentes? —preguntó Celia.

—Sí —respondimos Nuria y yo al mismo tiempo.

Mi hermana miró la mesa.

La hoja con su dirección.

El pañuelo manchado de sangre.

Los documentos de la comparecencia.

—No quería que pareciera que habías escrito tú el archivo.

—Lo creaste dentro de mi cuenta.

—Sabía que la policía lo vería.

—Exactamente.

—Quería que lo vieran.

—Entonces querías que pareciera mío.

—Quería que entendieran lo que estabas haciendo con Lía.

El nombre de mi hija cambió el aire de la habitación.

—No sabes lo que estaba haciendo.

—Estuve en el pasillo.

—No dentro.

—Oí suficiente.

—¿Qué?

—Que le prometiste volver. Que le hablaste de las dos caídas. Que discutiste con la psicóloga. Que cada vez que Lía decía algo que te asustaba, encontrabas una forma de contestarle sin parecer que la corregías.

—No estaba corrigiéndola.

—Le dijiste que la reconstrucción admitía dos fases.

—Para que supiera que no estaba equivocada.

—Tiene siete años.

—Y todos la tratan como si fuera una grabadora.

—Tú la tratas como si fuera la única persona capaz de abrirte la puerta.

Me levanté.

—No vuelvas a decir eso.

Nuria no retrocedió.

—Es verdad.

—Yo no necesito que Lía mienta.

—Necesitas que deje de decir algunas cosas.

—No.

—Desde la primera noche.

—Estaba confundida.

—No. Tú estabas asustada.

—Es lo mismo cuando tu hija acaba de ver a su padre muerto.

—No lo vio morir.

—Gracias a mí.

La frase salió con una dureza que no pretendía.

Nuria se quedó inmóvil.

Celia dio un paso.

—No continuemos por ahí.

—¿Gracias a ti? —preguntó mi hermana.

—La mantuve en su habitación.

—Después de decirle que estabas con ella cuando no era verdad.

—Estaba a pocos metros.

—En el descansillo.

—Eso ya lo he explicado.

—Lo explicaste cuando encontraron el audio.

Leire no se movía.

No tomaba notas.

No le hacía falta.

Todo lo que decíamos terminaría en algún lugar aunque fingiera que aquella conversación no era formal.

—¿Qué viste en mi cuenta? —pregunté.

Nuria miró a Celia.

—Las fotografías.

—¿Qué fotografías?

—Las de ANTES.

—No tenías derecho.

—Eran fotos que yo misma te había enviado.

—Algunas.

—La rodilla de la mudanza. El labio de antes de conocer a Damián. La muñeca del gimnasio.

—No pensaba utilizarlas.

—Les pusiste su nombre.

—Porque se parecían a cosas que me había hecho.

—No.

La palabra fue limpia.

—Tú no estabas en casa.

—Me contabas todo.

—No todo.

—Lo suficiente para saber cuándo mentías.

Sentí un calor inmediato en el rostro.

—Damián me agarraba.

—Sí.

—Me empujó.

Nuria tardó.

—Quizá.

—Me tiró del pelo.

—Eso nunca me lo dijiste antes de que muriera.

—Porque me daba vergüenza.

—Me contaste que revisaba tus cuentas, que te humillaba, que dormía con Ariadna y que te amenazaba con utilizar las firmas. ¿Pero te daba vergüenza decir que te tiraba del pelo?

—Las víctimas no cuentan todo en orden.

—No estoy diciendo que no te hiciera daño.

—Parece exactamente eso.

Nuria bajó la voz.

—Estoy diciendo que después de que muriera empezaste a necesitar que cada herida hubiera sido suya.

—Porque nadie cree el daño que no deja marca.

—Entonces utilizaste marcas de otros días.

—No las entregué.

—Las preparaste.

—Para el divorcio.

—¿Y si las hubieras necesitado?

No respondí.

Mi hermana asintió lentamente.

—Eso pensé.

—No sabes lo que habría hecho.

—No. Ese es el problema. Ya no sé qué habrías hecho.

Celia intervino:

—Nuria, acceder a la cuenta y crear un archivo para condicionar la investigación es una conducta muy grave.

Mi hermana la miró.

—¿Más grave que todo lo que había dentro?

—No es usted quien decide cómo debe interpretarse.

—Todos lo hacen. La policía, la fiscal, los periodistas, ella.

Me señaló.

—Yo solo quería dejar algo que no pudiera corregir.

—¿Por qué esas palabras? —preguntó Leire.

Era la primera vez que hablaba desde que Nuria había entrado.

Mi hermana se volvió hacia ella.

—Porque Lía dijo que una historia salía bien a la tercera.

—Hablaba de una tarea escolar.

—Lo sé.

—Entonces deformó una frase de la niña para acusar a su madre de manipularla.

—Para advertirles.

—¿De qué?

—De que Mara no necesita pedirle que mienta. Le basta con hacer que Lía crea que la verdad puede perderla.

No pude permanecer quieta.

Me acerqué hasta quedar frente a mi hermana.

—¿Le has dicho eso a Lía?

—No.

—¿Has hablado con ella de lo que recuerda?

—Intento no hacerlo.

—¿Intentas?

—Pregunta todo el tiempo.

—¿Y qué respondes?

—Que debe contar la verdad.

—¿Qué verdad?

—La suya.

—Eso también es influir.

—No le digo cuántas veces cayó.

—Pero sabe qué respuesta esperas.

Nuria apretó la mandíbula.

—No quiero que cambie nada para protegerte.

—Y yo no quiero que cambie nada para complacerte a ti.

—No tiene que complacerme.

—Te ha visto mirar cada vez que habla de mí. Te ha oído discutir con la policía. Te ha escuchado decir que yo podía haber hecho algo terrible.

—Nunca lo dije delante de ella.

—¿Estás segura?

Mi hermana guardó silencio.

—¿Completamente? —pregunté.

Celia pronunció mi nombre.

No aparté los ojos de Nuria.

—Te gusta hacer eso —dijo ella.

—¿Qué?

—Devolver las mismas preguntas. Las mismas palabras. Como si repetirlas hiciera que todos estuviéramos igual de confundidos.

—Tú has entrado en mi cuenta.

—Sí.

—Has creado una carpeta para que la policía creyera que yo manipulaba a mi hija.

—No quería que lo creyeran. Quería que lo vieran.

—Es lo mismo.

—No.

—¿Y el papel del colegio?

—No fui yo.

—Puedes demostrarlo.

—Estaba con Lía y dos agentes.

Leire asintió.

—Su coartada está comprobada.

—¿La fotografía del hotel?

—Tampoco.

—¿Las filtraciones?

—No.

—¿Cómo sabemos que no mientes?

Nuria me miró como si la pregunta la hubiera golpeado.

—No lo sabemos.

—Exacto.

—Eso querías escuchar, ¿verdad?

—Quiero saber quién intenta separarme de mi hija.

—No necesitas ayuda para eso.

La frase quedó entre las dos.

—¿Qué significa?

—Que cada vez que podrías callarte, hablas. Cada vez que podrías entregar algo, lo escondes. Cada vez que aparece una prueba, recuerdas un poco más. No es Leire. No es la fiscal. No soy yo. Eres tú.

Avancé.

Celia se interpuso antes de que pudiera acercarme más.

—Basta.

—No iba a tocarla.

—Entonces aléjate.

Lo hice.

No por Celia.

Porque Leire estaba observando mis manos.

—¿Por qué pediste hablar conmigo? —pregunté.

Nuria miró hacia la ventana.

—Porque no quiero que te enteres por un informe.

—¿De qué?

No respondió.

El miedo llegó antes de la explicación.

—¿Qué ha dicho Lía?

—Nada nuevo sobre la caída.