La segunda caída Capítulo 29 · Hora sesenta y seis #4
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Capítulo 29 · Hora sesenta y seis #4

Cid revisó la pantalla.

—No es un envío programado. Es una creación remota de hoy.

—Alguien utilizó una contraseña suya.

—La cambiamos después de la intervención.

—Entonces alguien de la policía.

Leire no reaccionó.

—O del juzgado —añadí.

—No acuse sin pruebas.

—Usted lleva tres días haciéndolo.

La inspectora guardó silencio.

Cid comenzó a copiar registros.

La frase seguía en la pantalla.

La tercera será lo que su madre necesite.

No era una amenaza de muerte.

Era peor.

Alguien no quería hacerle daño a Lía.

Quería que todos creyeran que yo ya se lo había hecho.

Me acerqué al ordenador.

—No pienso cambiar lo que recuerda.

Leire me observó.

—Ya lo intentó.

—No.

—La corrigió desde la primera noche.

—Porque estaba confundida.

—Después validó las dos caídas cuando supo que la pericial las admitía.

—Porque quería que dejara de creer que había hecho algo malo.

—Y ahora sabe que una tercera versión podría liberarla o condenarla.

—No necesito una tercera versión.

—¿Entonces por qué alguien utiliza esas palabras?

—Para parecerse a mí.

—¿Quién?

Miré a Celia.

A Cid.

A la inspectora.

Al agente de la puerta.

Todos conocían ya el caso.

Todos conocían mi forma de hablar.

Todos habían escuchado que una historia salía bien a la tercera.

—Cualquiera —dije.

Leire negó lentamente.

—No.

—¿Por qué?

—Porque esa frase no estaba en los informes.

La habitación quedó inmóvil.

—¿Cuál?

—Lo de la tercera vez.

—Lía lo dijo durante la visita.

—Esa parte no se incorporó todavía al expediente. El informe provisional solo habla de promesas, correcciones e información pericial.

—Entonces lo escucharon detrás del espejo.

—El equipo y su abogada.

Celia se puso rígida.

—¿Está insinuando algo?

—No.

—Acaba de reducirlo a cuatro personas.

—También estaba Mara.

Todos me miraron.

—Yo estaba en el juzgado cuando se creó.

—La sesión remota podía haberse preparado antes.

—Cid acaba de decir que no era programada.

—Podía compartir acceso con alguien.

—No.

—Utilizar otro dispositivo.

—Los tienen todos.

—Eso creíamos del auricular.

—No.

—De la segunda cuenta.

—No.

—De la carpeta ANTES.

—No.

—De DESPUÉS.

—Basta.

Mi voz resonó en el apartamento.

Leire se quedó quieta.

—Yo no escribí eso.

—De acuerdo.

—No le pedí a nadie que lo hiciera.

—De acuerdo.

—No necesito que Lía cambie su versión.

La inspectora miró el texto.

—Eso todavía no lo sé.

Cid retiró el ordenador.

Se lo llevarían para analizar la intrusión.

Antes de salir, Leire se detuvo junto a mí.

—Quien creó ese archivo conoce la frase de la visita.

—Sí.

—Y sabe que la tercera versión importa.

—No existe.

—Todavía.

—Deje de decir esa palabra.

La inspectora abrió la puerta.

—A las setenta y dos horas casi todo existe ya, Mara.

—¿Y qué falta?

Leire miró mi mano sangrando bajo el pañuelo.

—Que alguien decida cuál de todas las versiones va a sobrevivir.

Se marchó.

La puerta volvió a cerrarse.

Celia y yo permanecimos en silencio.

—¿Cree que fui yo? —pregunté.

Mi abogada no respondió enseguida.

—Creo que no pudiste crear el archivo desde ese ordenador mientras estabas en la sala.

—No es lo que he preguntado.

—Es lo que puedo sostener.

—Siempre lo mismo.

—Sí.

Me acerqué a la ventana.

En el patio interior, una mujer regaba plantas en el edificio de enfrente. No podía verme a través del cristal oscuro.

—Lía dijo que una historia sale bien a la tercera —murmuré.

—Hablaba de una exposición del colegio.

—Lo sé.

—¿Utilizaste alguna vez esa frase con ella para otra cosa?

—No.

—¿Segura?

—Sí.

—¿Completamente?

—Sí.

Celia recogió el pañuelo manchado de sangre.

—Entonces alguien la escuchó hoy.

—Sí.

—Alguien que estaba detrás del espejo.

—Sí.

—Eva. Mónica. Personal técnico. Tú. Yo.

—Y Nuria, en el pasillo.

—No sabemos cuánto oyó.

—Oyó lo último.

—Quizá más.

La miré.

—¿Cree que mi hermana está haciendo esto?

—No.

—Pero puede sostener que estaba allí.

—Mara.

—Solo digo que pudo escuchar.

—Hace tres horas acusaste a una empleada del hotel. Después a Ariadna. A Iván. A la policía. Ahora a Nuria.

—Alguien lo hizo.

—Sí.

—Y no fui yo.

Celia se sentó.

—Entonces deja que lo investiguen.

—Mientras esconden a mi hija.

—Precisamente para protegerla.

—Si fue Nuria, está con ella.

Mi abogada levantó la vista.

Había encontrado la única frase capaz de asustarla.

—No tienes ninguna prueba.

—Tampoco de que no fuera.

—No llames a nadie.

—No tengo teléfono.

—No intentes salir.

—Hay agentes fuera.

—No busques otra forma.

—¿Qué forma?

Celia sostuvo mi mirada.

—Siempre encuentras una.

Fue a la cocina a buscar otro pañuelo.

Yo me quedé junto a la ventana.

La carpeta DESPUÉS había demostrado que planeaba una vida sin Damián.

Eso me había mantenido libre.

La carpeta TERCERA VEZ demostraba que alguien planeaba una versión sin mí.

No sabía quién.

No sabía para qué.

Solo sabía que Lía estaba escondida en algún lugar, contando una historia a adultos que apuntaban cada cambio.

La primera vez había dicho que su padre cayó dos veces.

La segunda había dicho que dejaría de decirlo para que yo volviera.

La tercera todavía no existía.

Y, por primera vez desde la muerte de Damián, no era yo quien podía decidir cómo empezaría.