Capítulo 29 · Hora sesenta y seis #3
—¿Ser su madre es un problema?
Olmedo mantuvo la voz baja.
—Ser la investigada por la muerte de su padre y la persona de la que más depende emocionalmente crea un conflicto que no puede ignorarse.
—No fui yo quien lo creó.
—No estamos resolviendo eso ahora.
—Todo depende de eso.
—Siéntese.
No lo hice.
Celia me agarró del brazo.
—Mara.
—¿Puedo escribirle?
—No por ahora —respondió la jueza.
—¿Puede enviarme dibujos?
—Serán valorados por el equipo.
—¿Puedo saber cómo está?
—A través de su hermana y de su abogada.
—Nuria no me cuenta todo.
—Eso deberá resolverlo con ella sin incluir mensajes para la menor.
—¿Cuánto tiempo?
—La medida se revisará cuando se complete la evaluación infantil y, en cualquier caso, dentro de siete días.
—Siete días.
—Como máximo para la revisión, no necesariamente para levantarla.
—Para Lía es una semana.
—Lo sé.
—No, usted sabe contarla. No sabe lo que significa.
La jueza cerró el expediente.
—La comparecencia ha terminado.
Salimos por el mismo corredor.
El periodista seguía junto a las máquinas. Se levantó en cuanto nos vio.
—¿Se mantiene en libertad?
Celia caminó más rápido.
—¿Le han prohibido ver a su hija?
No respondí.
—¿La carpeta DESPUÉS era un plan para huir?
Las puertas del ascensor tardaban demasiado.
—¿Creó una coartada antes de la caída?
Celia pulsó el botón otra vez.
—No hará declaraciones.
El periodista se acercó.
—Mara, ¿qué significa primera versión?
Las puertas se abrieron.
Entramos.
Antes de que se cerraran, respondí:
—La primera versión es la que cuenta quien llega antes.
El periodista levantó el teléfono.
Celia me miró.
—¿Por qué?
—No he hablado del caso.
—Acabas de darle un titular.
—Ya lo tenían.
El ascensor descendió.
—Mantienes la libertad —dijo.
—No puedo ver a Lía.
—La medida se revisará.
—Una semana.
—Quizá antes.
—No.
—Mara.
—No la levantarán mientras Lía siga diciendo dos veces.
Mi abogada no respondió.
—Eso es lo que quieren —continué—. Que hable sin verme hasta que su recuerdo sea más importante que yo.
—Su recuerdo no compite contigo.
—Para ellos sí.
—Para ti también.
La miré.
—No.
—Toda esta investigación comenzó porque necesitabas que dijera una caída.
—Porque estaba confundida.
—Ya sabemos que no.
—Sabemos que hubo dos movimientos. No que entendiera lo que escuchó.
—Entendió más que tú admitiste.
Las puertas se abrieron en el aparcamiento.
Leire estaba junto al coche.
No podía ser casualidad.
—¿Qué quiere? —preguntó Celia.
—Hablar con usted.
—Hágalo por teléfono.
—No sobre el caso.
La inspectora miró hacia mí.
—Sobre la seguridad de Lía.
Me detuve.
—¿Qué ocurre?
Celia levantó una mano.
—A través de mí.
Leire sacó una fotografía.
La verja del colegio.
Había un papel pegado junto a la entrada.
La imagen estaba tomada desde lejos, pero podía leerse.
PREGÚNTALE A LA NIÑA CUÁNTAS VECES.
Sentí que el suelo desaparecía durante un segundo.
—¿Cuándo?
—Esta tarde.
—¿Lía lo vio?
—No. La dirección lo retiró antes de la salida.
—¿Nuria?
—Ha sido informada.
—Quiero hablar con ella.
—Puede hacerlo.
—¿Quién lo puso?
—La cámara muestra a una persona con gorra y mascarilla. No ha sido identificada.
—¿El mismo del hotel?
—En el hotel no hubo nadie.
—Alguien envió la fotografía de Damián.
—Sí.
—Y ahora esto.
—Sí.
—¿Es una amenaza?
—Es presión.
—Contra una niña.
—Contra su testimonio.
Celia cogió la fotografía.
—¿La fiscal cree que mi clienta tiene relación?
—No existe indicio.
—Dígalo claramente.
Leire me miró.
—No creo que Mara haya colocado el papel.
—¿Ariadna?
—Estaba declarando cuando apareció.
—¿Iván?
—Sigue bajo control judicial.
—¿Nuria?
—No.
—¿Entonces quién?
—Alguien que conoce detalles filtrados.
—Media ciudad.
—Sí.
Me acerqué.
—Tienen que cambiarla de colegio.
—No puede decidirlo usted ahora.
—Soy su madre.
—Nuria está valorándolo con el centro.
—Nuria no decide sola.
—La custodia provisional le permite tomar medidas urgentes.
—Quiero verla.
—No puede.
—Solo para saber que está bien.
—La jueza acaba de resolver.
—Entonces llévela detrás de un cristal. No hablaré. No me verá.
Leire negó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque si alguien está intentando presionarla, debemos reducir movimientos y exposición.
—¿Dónde está?
—No puedo decírselo.
—Sé dónde vive Nuria.
—Lía no está allí.
El miedo cambió de forma.
—¿Qué?
—La policía ha recomendado un traslado temporal.
—¿Adónde?
—No se le comunicará hasta asegurar el lugar.
—Soy su madre.
—También es una persona investigada cuyo teléfono, cuentas y ubicación han sido filtrados repetidamente.
—No voy a hacerle daño.
—No he dicho eso.
—Entonces dígame dónde está.
—No.
Me lancé hacia ella.
No para golpearla.
Para coger la fotografía.
Celia me sujetó antes. Leire no retrocedió.
—Quíteme las manos —dije.
—Mara.
—Quiero saber dónde está mi hija.
—Está con Nuria y está segura —respondió la inspectora.
—No me basta.
—Tendrá que bastarle.
—No.
—No convierta esto en otro incumplimiento.
La amenaza estaba allí.
No pronunciada.
La entendí.
Me aparté.
—¿El papel tiene huellas?
—No útiles.
—¿Impresora?
—Común.
—¿Cámaras de la calle?
—Las estamos revisando.
—¿La persona era hombre o mujer?
—No puede determinarse.
—¿Altura?
—Aproximadamente un metro setenta.
—Ariadna mide más.
—Sí.
—Nuria mide eso.
Celia cerró los ojos.
—Deja de acusar a tu hermana.
—No la acuso.
—Has vuelto a hacerlo.
—Solo intento pensar.
Leire guardó la fotografía.
—Ese es el problema.
—¿Qué?
—Que cada vez que tiene miedo necesita que alguien sea culpable antes de tener pruebas.
—Alguien ha puesto ese papel.
—Sí.
—Entonces alguien es culpable.
—De pegarlo.
—Y de amenazar a Lía.
—Eso se investigará.
—Mientras ustedes investigan, ella está escondida sin su madre.
La inspectora sostuvo mi mirada.
—Quizá ahora mismo estar sin usted sea lo que más la protege.
La frase me hizo avanzar otra vez.
Celia se interpuso.
—Se acabó.
Leire abrió la puerta de su coche.
—Mañana a las nueve debe comparecer.
—Lo sé.
—No intente contactar con el colegio, con la niña ni con terceros que puedan transmitir mensajes.
—No soy idiota.
—No. Ese nunca ha sido el problema.
Se marchó.
En el coche, Celia llamó a Nuria desde el manos libres.
Mi hermana tardó cuatro tonos.
—¿Está bien? —pregunté antes de saludar.
—Sí.
—¿Dónde estáis?
—No puedo decírtelo.
—Soy su madre.
—La policía me ha pedido que no lo haga.
—La policía no manda en nuestra familia.
—Ahora sí.
—Ponme con ella.
—No.
—Solo quiero escuchar su voz.
—La orden prohíbe contacto.
—Han dejado una amenaza en el colegio.
—Por eso.
—Necesita saber que estoy bien.
—Mara, ahora mismo está viendo una película.
—¿Cuál?
Mi hermana tardó.
—No puedo decirte eso.
—El título de una película no revela la ubicación.
—No sé qué cosas utilizas después para reconstruirlo todo.
La frase dolió más que la de Leire.
—¿Tú también?
—No sé quién está filtrando información.
—No soy yo.
—No he dicho que lo seas.
—Pero no me dices ni qué está viendo.
—Porque no quiero que vuelvas a convertir una pregunta sobre Lía en una discusión sobre el caso.
—No estoy hablando del caso.
—Siempre estás hablando del caso.
—Dile que la quiero.
—No puedo.
—Nuria.
—No puedo.
—Entonces dile que la tía está con ella y que mamá—
La llamada terminó.
Celia había pulsado el botón.
—¿Por qué ha colgado?
—Estabas intentando pasar un mensaje.
—Decir que la quiero.
—La jueza lo ha prohibido.
—La jueza no puede prohibirme quererla.
—No lo ha hecho.
—Solo expresarlo.
—Temporalmente.
Golpeé el salpicadero con la palma.
La herida se abrió bajo la gasa.
Apareció una pequeña mancha roja.
Celia miró mi mano.
—No hagas eso.
—¿También está prohibido?
—Estás dejando sangre en mi coche.
La frase nos dejó calladas.
Sangre.
Siempre sangre.
Sobre una escultura.
Dentro de un bolsillo.
En una palma.
En el descansillo.
Incluso una gota nueva podía convertirse en una explicación vieja.
Mi abogada sacó un pañuelo de la guantera.
—Presiona.
Lo hice.
—La carpeta completa nos ha salvado hoy —dijo.
—No me ha salvado.
—Sigues libre.
—Lía está escondida.
—Está protegida.
—De mí.
—De quien puso el papel.
—Y de mí.
Celia arrancó.
—Ahora no distingues una cosa de la otra.
Miré el pañuelo.
La sangre empezaba a atravesarlo.
—Porque nadie me deja acercarme lo suficiente para distinguir nada.
Regresamos al apartamento.
Había dos agentes en la entrada. Revisaron el coche, la bolsa y el pasillo. Uno permaneció en la puerta mientras entrábamos.
Sobre la mesa seguía el ordenador con DESPUÉS abierto.
Celia cerró todas las ventanas.
Antes de apagarlo, vi una carpeta que no recordaba.
No figuraba en la lista anterior.
TERCERA VEZ.
—Espere.
Mi abogada detuvo la mano.
—¿Qué?
Señalé la pantalla.
—Esa carpeta no es mía.
Celia se inclinó.
—¿Estás segura?
—Sí.
—No voy a abrirla.
—Puede contener algo sobre Lía.
—Precisamente por eso no vamos a tocarla.
Llamó a Leire.
La inspectora regresó acompañada por Cid menos de veinte minutos después. El técnico aisló el ordenador y abrió la carpeta desde una copia forense.
Solo había un archivo de texto.
Fecha de creación: aquella tarde.
Mientras yo estaba en el juzgado.
Título:
CUANDO LO CUENTE POR TERCERA VEZ.
Contenido:
La primera fue lo que oyó.
La segunda, lo que le hicieron recordar.
La tercera será lo que su madre necesite.
Nadie habló.
—Yo no escribí eso —dije.
Cid revisó los datos.
—Se creó desde una sesión remota.
—¿Qué dispositivo?
—Todavía no lo sabemos.
—Alguien entró en mi cuenta.
—Sí.
—La misma persona que puso el papel.
—Puede.
—Entonces me están incriminando.
Leire leyó el texto otra vez.
—No necesariamente.
—Habla de mí.
—Habla de Lía.
—Dice que yo necesito una versión.
—Sí.
—¿Quién sabe lo que dijo durante la visita?
—El equipo. Su abogada. El juzgado. Nuria.
—Y usted.
—Sí.
—Ariadna no.
—En principio, no.
—Iván tampoco.
—No.
Celia miró al técnico.
—¿La sesión puede proceder de la policía?
Cid negó.
—No desde esta ruta.
—¿Del centro familiar?
—Hay que analizarlo.
—¿De Nuria? —pregunté.
Leire me miró.
—Su hermana no tiene las claves.
—Damián las conocía.
Nadie respondió.
Damián estaba muerto.
Por primera vez, su ausencia no parecía una certeza suficiente.
—Podía haber programado algo —dije.