La segunda caída Capítulo 28 · Hora sesenta y cuatro #2
80%

Capítulo 28 · Hora sesenta y cuatro #2

—No puedo declarar por ti sobre lo que pensabas.

—Diga que estaba en shock.

—Lo diré.

—Que quería ordenar la secuencia.

—Sí.

—Que corregí el dictado porque entendió mal.

—Sí.

—Que el título significaba primer borrador.

—Sí.

—Entonces basta.

Celia se sentó enfrente.

—Hay una pregunta que no puedo responder.

—¿Cuál?

—¿Por qué necesitabas un borrador antes de llamar al 112?

—Porque sabía que iban a acusarme.

—¿Por qué?

—Porque era su esposa.

—Eso no basta.

—Habíamos discutido.

—Eso no lo sabía nadie.

—Carmen podía haber oído.

—No sabías que había llamado.

—Conocía a Carmen.

—Sigue sin bastar.

—Damián me había agarrado. Yo estaba allí. Había dos caídas. La escultura estaba abajo. Ariadna e Iván podían aparecer. Todo parecía horrible.

—No sabías que la escultura sería considerada un arma.

—Tenía sangre.

—¿La viste?

—Sí.

La palabra salió demasiado rápido.

Celia no se movió.

—Hasta ahora dijiste que no te fijaste.

—La vi cuando bajé.

—¿Antes o después de crear el documento?

No lo sabía.

—Antes.

—Entonces ¿dónde estaba?

—Cerca de Damián.

—No bajo la consola.

—No.

Mi abogada respiró lentamente.

—La policía sostiene que alguien la movió después del impacto.

—Pudo rodar.

—¿Durante los catorce segundos?

—No sé.

—¿La tocaste al bajar?

—No.

—Ayer admitiste que pudo rozarte la palma en el descansillo.

—En el descansillo, sí.

—¿La viste allí con sangre?

—No.

—¿Cuándo la viste con sangre por primera vez?

—Abajo.

—¿Antes de escribir?

—Sí.

—Entonces te arrodillaste, comprobaste a Damián, viste la escultura ensangrentada, cruzaste hasta la cocina y comenzaste a dictar en menos de catorce segundos.

—La hora está mal.

—No.

—Entonces no recuerdo el orden.

—Eso es lo que tendrás que decir.

—Parecerá peor.

—Porque es peor.

Me levanté.

—No me ayuda que hable así.

—No intento ayudarte a sentirte mejor.

—¿Y a qué intenta ayudarme?

—A no entrar en una sala convencida de que una explicación imposible se vuelve posible solo porque la repites.

—No es imposible.

—Físicamente, sí.

—¿Ahora también es forense?

—Sé contar hasta catorce.

El timbre sonó.

No esperábamos a nadie.

Celia se levantó de inmediato. Miró por la mirilla.

Leire.

No estaba sola.

Vega sostenía una carpeta y otro agente esperaba junto al ascensor.

—¿Tienen orden? —preguntó Celia a través de la puerta.

—Notificación y comunicación de diligencias —respondió Leire.

—Mi clienta no declarará.

—No he venido a interrogarla.

Celia abrió.

Leire entró. Vega permaneció fuera.

La inspectora dejó un documento sobre la mesa.

—La jueza ha autorizado una inspección complementaria del teléfono y de las cuentas. La fiscal solicita nueva comparecencia a las diecisiete horas.

—Ya estamos informadas —dijo Celia.

—Hay otro resultado.

No miré a mi abogada.

Miré la carpeta.

—¿Qué?

Leire sacó el informe técnico.

—El documento PRIMERA VERSIÓN no se creó directamente dentro de la carpeta DESPUÉS.

—¿Entonces?

—Se creó en borradores y se movió después.

—No cambia nada.

—La hora sí.

Celia cogió el informe.

—¿Qué hora?

—El archivo se creó a las veintitrés cincuenta y cuatro y cincuenta y nueve segundos.

Antes de la primera caída.

—No —dije.

—La hora que vimos correspondía a la última modificación visible.

—Eso es imposible.

—El primer borrador fue eliminado y restaurado por el sistema de recuperación.

—¿Qué contenía?

Leire me observó.

—Solo el título.

El apartamento se quedó en silencio.

—¿Escribió «primera versión» antes de que Damián cayera? —preguntó Celia.

—No.

—El registro indica que sí —dijo Leire.

—La aplicación estaba abierta. Pudo crear un archivo vacío.

—Con ese nombre.

—Podía ser de otra cosa.

—¿De qué?

—De la separación.

—¿Un borrador para su abogada?

—Sí.

—¿Dónde está el texto?

—No llegué a escribirlo.

—Y menos de dos minutos después utilizó el mismo documento para describir la muerte.

—Porque estaba abierto.

Leire abrió el historial completo.

23:54:59 — Documento creado.

Título: PRIMERA VERSIÓN.

23:55:16 — Primera secuencia de impacto.

23:55:18 — Activación del asistente.

23:55:25 — Fin del clip conservado.

23:56:50 — Segunda secuencia de impacto.

23:57:04 — Inicio de dictado.

Las horas estaban colocadas una debajo de otra.

No había espacio entre ellas para una explicación.

—¿Qué iba a escribir a las once cincuenta y cuatro? —preguntó Leire.

Celia respondió:

—No declarará.

—Quiero que me lo diga —insistí.

Mi abogada se volvió.

—No.

—Era un borrador.

—¿De qué? —preguntó la inspectora.

—De lo que iba a contarle a un abogado si Damián intentaba obligarme a firmar.

—¿Por qué lo tituló versión y no separación, demanda o Damián?

—Porque no sabía cómo empezar.

—¿Dónde estaba él en ese momento?

—En la escalera.

—¿Arriba?

—Sí.

—¿Y usted?

—Con Lía.

—El teléfono registró el título desde la cocina.

—Podía hacerlo a distancia.

—No tenía activado el asistente.

—Entonces bajé antes.

Celia golpeó la mesa.

—Mara.

La palabra me detuvo.

—¿Bajó a la cocina antes de la primera caída? —preguntó Leire.

—Sí.

—Nunca lo había dicho.

—No importaba.

—¿Vio a Damián?

—En el pasillo.

—¿Llevaba la escultura?

—No.

—¿Discutieron?

—Ya estábamos discutiendo.

—¿Creó el documento mientras él subía?

—Sí.

—¿Para registrar lo que ocurría?

—Para escribir después.

—¿Por qué PRIMERA VERSIÓN?

—Porque iba a contar todo desde el principio.

—¿Qué era el principio?

No respondí.

Leire recogió el informe.

—La fiscal sostendrá que creó la estructura de su relato diecisiete segundos antes del primer impacto.

—Un título no es una estructura.

—No.

—No hay texto.

—No.

—Entonces no prueba nada.

—Prueba que la idea de una versión existía antes de la caída.

—Todo el mundo tiene una versión de una discusión.

—No antes de que termine.

Celia abrió la puerta.

—Fuera.

Leire guardó el informe.

—Nos veremos a las cinco.

—Mi clienta se acogerá a su derecho a no declarar.

La inspectora caminó hacia la salida.

Antes de cruzar, se detuvo.

—Hay algo que no entiendo, Mara.

—No responderá —dijo Celia.

—No es una pregunta jurídica.

—En su boca todas lo son.

Leire me miró.

—Si el documento era para registrar la discusión, ¿por qué no escribió lo que Damián estaba diciendo?

No contesté.

—Y si era para un abogado —continuó—, ¿por qué lo guardó en una carpeta llamada DESPUÉS?

La puerta se cerró.

Celia permaneció de espaldas.

—No sabía que el sistema conservaba el primer título —dije.

Mi abogada se volvió lentamente.

No había sorpresa en su cara.

Solo cansancio.

—Eso no es lo que deberías haber dicho.

—¿Qué?

—No has dicho que el informe esté equivocado.

—No lo está.

—Entonces creaste el documento antes de la caída.

—Sí.

—¿Por qué?

—Ya se lo he explicado.

—No.

—Era para la separación.

—No.

—Para anotar lo que Damián hiciera.

—No.

—¿Qué quiere escuchar?

Celia se acercó.

—La razón por la que una mujer abre una carpeta llamada DESPUÉS y crea un documento titulado PRIMERA VERSIÓN diecisiete segundos antes de que su marido empiece a caer por una escalera.

—Fue una coincidencia.

Mi abogada me miró.

Aquella palabra ya no servía.

Habíamos utilizado demasiadas.

—¿Sabías que iba a caer? —preguntó.

—No.

—¿Habías colocado la escultura?

—No.

—¿Manipulado la barandilla?

—No.

—¿Le diste más zolpidem?

—No.

—¿Lo hiciste subir?

—No.

—¿Le dijiste algo para que se acercara al borde?

—No.

—¿Entonces por qué?

Me senté.

Sobre la mesa seguía la cronología.

Documento.

Primera caída.

Voz.

Segunda caída.

Dictado.

Llamada.

Todo colocado en orden.

Una historia que parecía escrita antes de suceder.

—Porque Damián siempre conseguía contar primero —dije.

Celia esperó.

—En cada discusión. Con Nuria. Con Melero. Con Ariadna. Antes de que yo pudiera explicar nada, él ya había preparado una versión donde era razonable y yo estaba loca. Esa noche sabía que iba a hacerlo otra vez. Abrí el documento para no dejar que decidiera lo que había ocurrido.

—Todavía estaba vivo.

—Sí.

—No había caído.

—No.

—¿Qué pensabas que iba a ocurrir?

—Que iba a amenazarme. Que intentaría hacerme firmar. Que después llamaría a Jorge y diría que yo había perdido el control.

—¿Y por qué DESPUÉS?

—Porque era lo que iba a necesitar cuando se marchara.

—¿De casa?

—Sí.

Celia se sentó frente a mí.

—¿O cuando muriera?

—Cuando se marchara.

—¿Estás segura?

—Sí.

—¿Completamente?

—Sí.

Mi abogada cerró los ojos.

—No vuelvas a hablar hasta la comparecencia.

—No voy a declarar.

—No hables conmigo tampoco.

La frase dolió.

—Es su trabajo.

—Mi trabajo es defender lo que me cuentas, no descubrir después que cada palabra tiene una versión anterior guardada en una nube.

Se levantó y fue hacia la cocina.

Abrió un armario.

Lo cerró.

No buscaba nada.

Solo necesitaba alejarse.

Miré otra vez el informe.

23:54:59 — Documento creado.

Diecisiete segundos.

No era tiempo suficiente para planear una muerte.

Pero sí para reconocer que se acercaba algo.

Damián estaba al principio del tramo superior cuando abrí el archivo.

Había vuelto la cabeza.

Me había visto con el teléfono.

—¿Qué haces? —preguntó.

—Nada.

—Siempre estás haciendo algo.

Después miró hacia la habitación de Lía.

Luego hacia mí.

Y sonrió.

No una sonrisa grande.

La pequeña.

La que utilizaba cuando acababa de decidir qué versión de mí iba a contar después.

Yo escribí el título.

Primera versión.

No porque supiera que iba a caer.

Porque aquella vez no pensaba permitir que hablara primero.

El problema era que, diecisiete segundos más tarde, Damián ya no necesitó contar nada.

Y la primera versión se convirtió en la única que podía salvarme.