La segunda caída Capítulo 27 · Hora sesenta y dos #3
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Capítulo 27 · Hora sesenta y dos #3

Sentí un escalofrío.

—¿Por qué dices eso?

—Porque te agarró.

La puerta se abrió.

Nuria esperaba en el pasillo.

Lía corrió hacia ella.

No hacia mí.

Mi hermana la abrazó y me miró por encima de su cabeza.

Había escuchado la última frase.

Quizá todo.

Mónica cerró la puerta.

El reloj marcaba veintisiete minutos.

Me habían quitado tres.

—La interacción ha terminado —dijo.

—Quiero el informe.

—Se remitirá al juzgado.

—¿Qué va a poner?

—No lo redactamos delante de las partes.

—Ha visto que Lía quiere estar conmigo.

—Sí.

—Que no le he pedido que cambie nada.

Eva me observó.

—Le ha dicho que ahora acepta dos caídas.

—Porque es lo que demuestra la investigación.

—La menor no necesita conocer qué demuestra la investigación.

—Necesita saber que no estaba equivocada.

—También necesitaba comprobar que usted podía escucharla sin alterar el contenido.

—No lo alteré.

—Introdujo una distinción entre una caída y dos fases.

—Es la verdad.

—Es una teoría pericial.

—La que ustedes utilizan contra mí.

Mónica cerró su libreta.

—También le prometió que volvería con ella.

—Voy a hacerlo.

—No puede garantizarlo.

—Soy su madre.

—Eso no convierte sus deseos en decisiones judiciales.

—No es un deseo.

—Para Lía sí es una promesa.

—Necesita esperanza.

—Necesita no sentirse responsable si esa promesa no se cumple.

Celia entró en la sala. Había observado desde detrás del espejo.

No parecía enfadada.

Parecía agotada.

—Vámonos —dijo.

—¿Qué vio?

—Todo.

—Entonces sabe que no la presioné.

—Dijiste que ya no sostenías una sola caída.

—Porque sería absurdo negarlo.

—No podías hablar del caso.

—Ella preguntó.

—Te advertí exactamente que lo haría.

—¿Qué debía responder?

—Que no podíais hablar de eso.

—Lo hice.

—Hasta que dejó de bastarte.

Salimos por una puerta distinta a la de Nuria.

En el pasillo había dibujos pegados a las paredes. Familias de palitos, casas, soles, animales. Ninguna escalera.

—¿Suspenderán las visitas? —pregunté.

—Probablemente recomendarán contactos muy limitados y siempre supervisados.

—Pero no la prohibición total.

—No lo sé.

—Lía me necesita.

—También necesita poder contar lo que recuerda sin vigilar tu cara.

—No vigilaba mi cara.

—No apartó los ojos de ti.

—Porque me quiere.

—Porque teme hacerte daño.

La puerta exterior se abrió.

El aire frío me golpeó.

Celia me condujo hasta el coche.

—¿Oíste lo que dijo al final? —pregunté.

—Sí.

—Damián no quería que me fuera. Me agarró para impedirlo.

—O para pedirte ayuda.

—No.

—Ariadna dice que extendió la mano.

—Ariadna miente.

—Lía acaba de decir que te agarró porque no quería que te fueras.

—Exacto.

—No que te atacara.

—¿Qué diferencia hay cuando alguien no te deja marcharte?

Celia abrió la puerta del coche.

—En un juicio por homicidio, mucha.

Me senté.

No arrancó inmediatamente.

Sacó el teléfono.

Tenía un mensaje.

Lo leyó dos veces.

—¿Qué ocurre?

Guardó el aparato.

—La policía ha terminado de revisar la segunda cuenta.

Sentí que el cuerpo se preparaba antes que mi cabeza.

—Solo había fotos.

—También encontraron la carpeta DESPUÉS.

No respondí.

—Dijiste que no existía otra carpeta oculta.

—No recordaba que siguiera allí.

—¿Qué contiene?

—Cosas para separarme.

—Mara.

—Un plan.

—¿Para irte?

—Sí.

—¿Cuándo lo creaste?

—Hace meses.

—Lo modificaste la noche de la muerte.

Miré por la ventanilla.

El patio del centro familiar estaba vacío. El tobogán seguía mojado. Detrás de una de aquellas paredes, Lía probablemente le contaba a Nuria que yo iba a volver.

—¿Qué modificación? —pregunté.

Celia desbloqueó el teléfono.

—Un documento de texto.

—No sé cuál.

—Se llama PRIMERA VERSIÓN.

El nombre me resultaba familiar.

No debía.

—¿Qué dice?

Mi abogada no me mostró la pantalla.

Lo leyó.

—«Damián bebe. Discusión. Me agarra. Cae hasta el rellano. Intento ayudar. Vuelve a caer. Llamo. Lía estaba conmigo».

No respiré.

—¿A qué hora se creó?

—Veintitrés cincuenta y siete.

Durante la espera.

Antes de llamar al 112.

—No lo escribí.

—La cuenta estaba abierta en tu teléfono.

—Damián conocía la contraseña.

—Estaba en el suelo.

—Ariadna.

—Fuera.

—Alguien entró.

—Mara.

—No recuerdo escribirlo.

—Se creó con dictado de voz.

La palabra descanso apareció en mi cabeza.

No la dije.

—¿Hay audio?

—Solo la transcripción automática.

—Entonces pudo entender mal.

—No entendió mal la secuencia.

—Yo estaba intentando ordenar lo que había ocurrido.

—Antes de llamar a emergencias.

—Estaba en shock.

—Escribiste una versión.

—Escribí lo que pasó.

—No. Escribiste «Lía estaba conmigo» cuando acababas de volver del descansillo.

—Estaba cerca.

—Y llamaste al archivo PRIMERA VERSIÓN.

—La aplicación puso el nombre.

—No.

El coche continuaba detenido.

Vi a Nuria salir por la puerta principal con Lía de la mano.

Estaban lejos.

Más de cien metros.

Lo suficiente para respetar la orden.

Lía miró hacia el aparcamiento.

No podía verme detrás del cristal oscuro.

—Mara —dijo Celia—. ¿Cuántas versiones pensabas necesitar?

Mi hija subió al coche de Nuria.

La puerta se cerró.

—Solo una —respondí.

Celia arrancó.

—Entonces ¿por qué la llamaste primera?