La segunda caída Capítulo 27 · Hora sesenta y dos #2
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Capítulo 27 · Hora sesenta y dos #2

—Una puerta.

—Ya veo.

—Tú estás fuera.

—¿Y tú?

—Dentro.

—Puedo llamar.

—No tienes llave.

—Podemos hacer otra.

—La tía tiene.

No debía competir con Nuria.

No debía prometer.

No debía pedirle que eligiera.

—Me alegra que la tía esté cuidándote —dije.

Lía dejó el lápiz.

—Mentira.

—No.

—No te gusta la tía.

—La quiero.

—Pero te enfadas con ella.

—Las hermanas se enfadan.

—Dijiste que no era mi madre.

La llamada.

Había escuchado.

O Nuria se lo había contado.

—Eso no debía oírlo.

—Lo oí.

—Me equivoqué al decirlo.

Mónica anotó otra vez.

—¿La tía puede ser mi madre si tú no vuelves?

La pregunta me partió por dentro.

—No.

La respuesta salió antes de cualquier norma.

Eva se acercó.

—Mara.

—No. Soy su madre.

—No estamos hablando de sustituirla.

—Ella sí.

Lía me miraba.

—No voy a desaparecer —dije.

Celia me había prohibido prometer.

No me importó.

—¿Vas a volver a casa?

—Voy a volver contigo.

—¿Cuándo?

—Pronto.

—Mara —advirtió Eva.

—No sé el día. Pero voy a volver.

Lía bajó la voz.

—¿Aunque diga la verdad?

La pregunta dejó de ser infantil.

No por las palabras.

Por el miedo con que las dijo.

—Siempre tienes que decir la verdad.

—La tía dice eso.

—Tiene razón.

—Pero si digo que estabas en la escalera, no vuelves.

Mónica miró a Eva.

Yo mantuve las manos sobre las rodillas.

—No depende de ti.

—Sí.

—No.

—La tele dijo que soy la testigo.

—No veas la televisión.

—La vi antes de que la tía la apagara.

—No eres responsable de lo que ocurra.

—Tú dijiste que estaba contigo.

La habitación se volvió más blanca.

—No podemos hablar de eso —dije.

—Pero lo dijiste.

—Lía.

—Cuando volviste.

No debía corregirla.

No debía decir que estaba en la puerta, que eran pocos pasos, que seguía siendo estar con ella, que una madre podía encontrarse en el pasillo y en la habitación al mismo tiempo para una niña asustada.

—Lo importante es que cuentes lo que recuerdas —dije.

—¿Aunque sea malo?

—Aunque sea difícil.

—¿Y si me equivoco?

—Puedes decir que no sabes.

—Tú dices que no sabes cuando sí sabes.

La frase no fue una acusación.

Era algo aprendido.

Una conclusión pequeña.

Exacta.

—A veces los adultos tardamos en entender lo que recordamos.

—Papá se cayó dos veces.

Mónica dejó de escribir.

Eva no intervino.

Esperaban.

—Eso es lo que recuerdas —dije.

—Sí.

—Entonces puedes decirlo.

—Pero tú dices una.

—Ya no.

El silencio fue inmediato.

Celia me había dicho que no hablara de los hechos.

Eva había dicho que no corrigiera.

Yo acababa de hacer ambas cosas.

—¿Qué significa «ya no»? —preguntó la especialista.

—La reconstrucción indica que pudo haber dos fases.

—Eso no debe comunicárselo a la niña.

—Ella ya lo sabe.

—No por la investigación.

—Lo escuchó.

Lía me miraba con una atención absoluta.

—Entonces fueron dos —dijo.

—No lo sabemos.

—Acabas de decir que sí.

—He dicho que pudo.

—Mara —intervino Eva—. Vamos a detener esta conversación.

—No estoy cambiando su recuerdo.

—Está introduciendo información nueva.

—La policía lleva dos días haciéndolo.

—No delante de ella.

—La televisión sí.

Mónica se puso de pie.

—Quizá sea conveniente terminar.

Miré el reloj de la pared.

Habían pasado diecinueve minutos.

—Faltan once.

—La evaluación puede concluir antes.

—Me concedieron treinta.

—Condicionados al bienestar de Lía.

—Está conmigo.

—Está angustiada.

—Porque ustedes la obligan a hablar de su padre.

—Ha sido ella quien lo ha mencionado.

—Porque necesita hablar conmigo.

Lía se levantó.

Pensé que iba hacia Eva.

Volvió a abrazarme.

La rodeé con los brazos.

Esta vez no lloré.

—No quiero irme —dijo.

—Yo tampoco.

—Entonces no te vayas.

—No depende de mí.

—Siempre dices eso.

Tenía razón.

Damián decidía.

La policía decidía.

La jueza decidía.

Eva decidía.

Nuria decidía.

Yo solo podía explicar después por qué las decisiones de los demás habían terminado pareciéndose a las mías.

—Escúchame —dije.

Celia me había advertido que no utilizara esa frase.

La utilizaba Damián antes de dar una orden.

—No tienes que cuidar de mí.

—Sí.

—No.

—Si digo algo malo, lloras.

—Puedo llorar y seguir queriéndote.

—¿Y vuelves?

—Sí.

—¿Aunque diga dos veces?

Sentí la mirada de todos.

El espejo.

Las cámaras.

La libreta de Mónica.

La expresión de Eva.

—Aunque digas lo que recuerdes.

Lía apretó la cara contra mi cuello.

—Ya no voy a decirlo.

El cuerpo se me quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Lo de dos veces.

—No, cariño.

Mónica se acercó.

—No tienes que cambiar nada.

—Quiero que mamá vuelva.

—Una cosa no depende de la otra —dijo Eva.

—Sí.

—No.

—La tele dijo.

—La televisión se equivoca muchas veces.

Lía levantó la cabeza.

—Entonces voy a decir una.

Nadie habló.

Yo necesitaba responder.

Cualquier silencio podía convertirse en aceptación.

Cualquier palabra, en influencia.

—No digas una ni dos por mí —dije—. Di lo que recuerdes.

—No quiero recordar.

—Está bien.

—No —intervino Eva con suavidad—. No pasa nada por recordar. Podemos ayudarte para que no dé tanto miedo.

Lía me miró.

—Tú también dijiste que no recordabas.

—Sí.

—Y después recordaste.

—Sí.

—¿Cómo?

La pregunta parecía sencilla.

No lo era.

—Escuché cosas. Vi cosas. Pensé.

—¿Lo contaste muchas veces?

—Sí.

—La tía dice que cuando cuentas algo muchas veces te acuerdas mejor.

No sabía que Nuria dijera eso.

No sabía si era cierto.

—A veces —respondí.

—¿Cuántas?

—No hay un número.

—Tres.

La palabra llegó de otro lugar.

—¿Por qué tres? —preguntó Eva.

Lía se encogió de hombros.

—Mamá dice que una historia sale bien a la tercera.

El corazón golpeó con tanta fuerza que pensé que el micrófono lo recogería.

—¿Cuándo te lo dijo? —preguntó Mónica.

—Cuando practicábamos lo del colegio.

El alivio llegó demasiado rápido.

—Era una exposición —expliqué—. Tenía que contar una historia delante de la clase.

—Mara, deje que responda ella —dijo Eva.

—Sobre los planetas —continuó Lía—. La primera vez olvidaba Marte. La segunda decía Saturno antes. La tercera salió bien.

Mónica anotó.

Una anécdota normal.

Una madre ayudando a su hija con una tarea.

Nada más.

—¿Mamá ha practicado contigo lo que ocurrió con papá? —preguntó Eva.

—No.

—¿Te ha pedido que lo cuentes de una forma?

—Dice que fue una vez.

—Eso fue antes —dije.

Eva levantó la mano.

—Mara.

—Ahora dice que puede que fueran dos —añadió Lía.

Las dos profesionales se miraron.

Había ocurrido en menos de treinta minutos.

Mi hija había entrado diciendo que recordaba dos caídas y saldría sabiendo que la policía también creía que hubo dos fases.

No había cambiado el recuerdo.

Lo había validado.

Quizá era peor.

—Vamos a terminar —dijo Mónica.

—Faltan minutos —respondí.

—No continuaremos.

—Solo quiero despedirme.

—Puede hacerlo.

Me arrodillé frente a Lía.

Le arreglé el pelo detrás de las orejas. Tenía una pequeña costra junto a la ceja, seguramente de rascarse.

—¿Qué te pasó?

—Nada.

—¿Te caíste?

Lía miró a Eva.

La pregunta había dejado de ser inocente.

—Me golpeé con la cama.

—¿La tía te puso algo?

—Sí.

—¿Te duele?

—No.

La abracé otra vez.

—Te quiero.

—Yo más.

—Eso es imposible.

Era una frase antigua.

Nuestra.

Durante un segundo volvimos a estar en casa, antes de Damián, antes de la escalera, antes de que cada palabra necesitara una autorización.

—Voy a portarme bien —susurró.

—No tienes que portarte de ninguna manera para que vuelva.

—No voy a decir cosas malas.

—No hay cosas malas si son verdad.

—¿Aunque te hagan daño?

No supe responder.

Eva se acercó.

—Es hora.

Lía recogió el conejo del suelo.

Antes de salir se volvió.

—Mamá.

—¿Sí?

—Papá no quería que te fueras.